Por Gary Gutiérrez: presentado ante el capítulo de Amnistía Internacional de UPR-Cayey

 

CayeyA diferencia de otras conversaciones, no voy a girar esta en torno al pensamiento de gigantes como; Young, Wacqant, Ferrell, Simon, Chomsky, West, Carlos Rivera Lugo, Dora Nevares, Villa,u otros. Hoy quiero partir del pensamiento de uno de los suyos, un estudiante universitario como ustedes. Después de todo, quién mejor que ustedes para conocer y explicar lo que realmente pasa en las calles.

Su nombre Emmanuel, y era un estudiante subgraduado de Trabajo Social en la Caribbean University de Ponce, que sin saber dónde se metía, se matriculó en mi clase de Delincuencia Juvenil porque no encontró otra electiva en su concentración. Así que a manera de tributo académico al “copy & paste”, me atrevo leer ante ustedes una versión, editada por cuestión de tiempo, de la introducción del ensayo con que el joven contestó la pregunta: ¿Cómo usted ve al menor delincuente en Puerto Rico?,

En su trabajo Emmanuel comienza diciendo: “Aun recuerdo cuando tenía 17 años y anhelaba cumplir los 18 para trabajar e irme de mi casa. El pensamiento de irme de mi casa era provocado por la rebeldía de esta etapa. Tenía claro que quería trabajar para costearme mis necesidades materiales y no depender de mi madre.

Cuando cumplía le edad comencé a buscar trabajo, aquí, allá, por todas partes. Recuerdo que llevé resumé hasta los pueblos limítrofes, desesperado por conseguir ese trabajo. Durante tres años continué en las mismas, llevando resumé todas las semanas a diferentes establecimientos, tiendas, restaurantes de comida rápida, supermercados, entre otros.

Durante esos tres años en que no me llamaron de ningún trabajo, creció en mi la rebeldía, los pensamientos negativos, y la frustración, que no es otra cosa que ese sentimiento provocado por la incapacidad de no poder realizar algo por algún factor externo que te lo impide. Aprendí a recortar y de esa manera me buscaba el peso recortando en mi casa a los muchachos del barrio. Cuando llegaba la temporada de quenepas, vaciaba el árbol de mi casa y las vendía en las luces o en algún punto estratégico del casco urbano. Obviamente esas chiripas no me daban para lo que yo quería, que era comprarme un carrito, la ropa de moda, los tenis del momento, etc.

Pero en la comunidad donde me crie, cerca hay un barrio con alta incidencia criminal conocido como La Cantera. Allí los jóvenes varones tenían otra forma de buscarse el peso, “vendían drogas”. Crecí viendo como los muchachos del barrio que bregaban en el punto. tenían los carritos más bonitos, los ‘bling bling”, los tenis más caros y las nenas más lindas.

Luego de tres años, finalmente me llamaron y me preguntaron si todavía me interesaba un trabajo solicitado meses atrás. Contesté que si y lo primero que me dijo el individuo fue: “mañana tienes entrevista en las oficinas generales en el pueblo de Carolina”. Como tenía los recursos pude llegar y me dieron el empleo. Luego me requirieron documentos como carta de buena conducta, prueba de dopaje, certificado médico entre los que recuerdo. Yo tuve los recursos para obtener todo lo que el empleo requería. Aunque me vi tentado, en mi hogar tuve el ejemplo, la enseñanza y la educación que junto a mi determinación y fuerza de voluntad evitaron que me involucrara en el narcotráfico.

Ahora, yo tuve los recursos y un hogar ejemplar para no caer en este negocio, pero y los que no corren la misma suerte que yo.

Muchos recurren a la venta de drogas, a velar el punto o hacer “mandaos”. De la boca de ellos se escucha que en ningún lado le dan trabajo y que la única opción es vender droga. A esta situación hay que sumarle el discrimen si tienes tatuajes o pircings. Incluso conozco algunos que viven en un residencial público y en sus resumé anotan una dirección diferente, usan la de algún familiar o amigo. Recuerdo cuando el profesor dijo que la cultura dominante va a criminalizar a la subculturas porque desconfía de ellas.”

Si se leen con atención el ensayo de Emmanuel, el mismo surge como un pliego acusatorio contra el sistema neoliberal que se viene desarrollando en la isla por las pasadas décadas y que, si bien vio su máxima expresión durante el cuatrienio pasado (Gutiérrez 2012), sí madura como pinta, parece que de forma más sutil y elegante continuará vigente por lo menos durante lo que queda de este.

Es ese neoliberalismo salvaje, el que utilizado sus aparatos ideológicos produce el orden social en que se desarrolla la historia de Emmanuel. Un orden que condena a miles de jóvenes a que, desde la pobreza y el subdesarrollo del sur global, aspiren a comprar los símbolos de éxitos impuesto desde el norte por la cultura del varón, blanco, propietario, alegadamente heterosexual y cristiano (Gutiérrez 2012) . Es decir, es un orden bulímico, como lo llama Jock Joung (2007), que incluye a todos por igual en el consumo de los símbolos materiales y emocionales construidos como exitoso, mientras excluye a gran parte de la población de los medios legales y los empleos dignos para que pueda costearse ese consumo. Como bien ilustra la historia de este estudiante, este proceso es uno que termina produciendo un ser humano frustrado o desvalorizado que pudiera ver en la violencia una forma de empoderarse ilusoriamente o construir la ilegalidad, sobre todo al ilegalizado narcotráfico, como el único medio para integrarse al mundo de consumo capitalista que se le impone desde el poder (Presdee 2001).

A pesar de que de primera intención, el proceso descrito anteriormente aparenta ser uno de exclusión solamente económica, la realidad es más compleja que eso. Algunos sociólogos como Presdee (2001) y Young (2007) explican que este sentimiento de exclusión está basado en el sentimiento de no poder experimentar las emociones y la intensidad que según los medios de comunicación masiva, incluyendo tanto la televisión, los video juegos como el cine, le dan valor a la vida de los seres humanos.

Esta forma de verse marginado, la explicó magistralmente en su charla “Breaking Good”, el compañero profesor de la Universidad Interamericana en Ponce, Ángel Pagán (2013). Hace unos días, el ahora profesor de filosofía compartió con mis estudiantes las experiencias que le llevaron a terminar frente a un juez, de espalda a un padre que nunca lo rechazó, pero que con su llanto le dejó saber claramente que se sentía defraudado. La charla de Pagan explica como en la década de 1970, siendo parte de una familia trabajadora, de esas que en el país definimos como clase media, el se sentía excluido. Tenía lo que necesitaba, casa, ropa y hasta tenía un padre que lo amaba tanto que ni siquiera le rechazó al verlo esposado en aquel tribunal. Sin embargo cuenta como sentía que no tenía ningún valor, pues su vida era aburrida y lejana de lo que se supone era la vida según se veía en la televisión y el cine. Compartiendo sus experiencias, cuenta como desde el aburrimiento de su cotidianidad, sentía la necesidad de usar la ropa que vestían los de “Miami Vice”. Él quería sentir el “rush” de vivir esa vida excitante de noches en discotecas, bebidas, mujeres que veía en NYPD Blues. Cosas que su realidad de clase trabajadora solo le permitía soñar.

Sin embargo una tarde se le dio, todo cambió según contó Pagan.

Ya había tenidos sus corridas en la ilegalidad y conocía el erótico placer de jugar con lo prohibido. Ese día, tirando “guiritas” solo en la cacha, se acercó un carro y desde su interior escucho una voz que gritó ¡Angelo!. Cuando miró, solo vió el brillo de un 357 aniquela’o que lo alumbraba, como se decía en aquel entonces cuando alguien apuntaba con un arma. “¿Te cagaste, pendejo?”, le grito riendo desde detrás del revolver su pana Julio. Minutos más tarde, detalló Pagán, cuando Julio le dejó empuñar aquel arma, sintió lo que el tanto había buscado.

“Mientras giraba apuntando a todo lo que se movía a mi alrededor me sentía poderoso, valioso, listo para hacerme respetar como en las películas” narró Pagán con la pausada voz de aquellos que ya bajaron y regresaron de los infiernos. El profesor Pagán no contó los detalles de como llegó a estar parado ante aquel juez. Asumo que aquel 357, tuvo algo que ver en ese asunto. Pero lo que sí dejó claro Ángel, es que el orgasmo de poder experimentado cuando empuño aquella arma, es de lo que realmente se trata el crimen, la criminalidad y lo criminal. (Pagan, 2013)

Partiendo de la elocución de Ángel podemos entender entonces que la bulimia social de la que nos habla Young (2007) no se trata necesariamente de exclusión económica. Los chavos son solo un medio para alcanzar las emociones y el poder que los medios nos venden como lo normal y lo necesario. Es decir cuando los vecinos de Emmanuel venden droga, no es solo para llenar sus necesidades económicas, las reales o las creadas. También se trata de reclamar esas cosas a la que nos dijeron tenemos derechos. Dignidad, respeto, igualdad, oportunidades y todo lo demás que el discurso de la modernidad nos define como los “derechos humanos” y que, según ese discurso moderno, se supone todos y todas tengamos, aun cuando para muchos solo son alcanzable mediante la violencia social o política.

Es de aquí que surge mi hipótesis que apunta a que la violencia social y la criminalidad que sufre el País puede ser el resultado del orden neoliberal excluyente que a mediado del siglo pasado desarrolló Milton Friedman y que luego se convertiría en dogma del sector más conservador de la política estadounidense y puertorriqueña. Como en todos sitios donde se implementó este neoliberalismo, el resultado es que grandes sectores de la población no se sienten representado o incluidos en el Estado (Klein 2008; Rivera Lugo 2004), por lo que debemos entender, no sienten que tienen esos Derechos de los que hablan aquellos pensadores de la modernidad Que, de paso, no debemos olvidar que eran varones, blancos, propietarios y alegadamente heterosexuales cristianos.

Ante esta percibida ilegitimidad de un Estado no representativo, en el caso de Puerto Rico parece que se pueden identificar tres respuestas por parte de los que se sienten excluidos.

La mayoría de la gente no hará nada y comprando el discurso electoral esperará el espacio para escoger entre dos partidos similares que, como explica el español Miguel Amorós (2012), representan los mismos intereses, mientras dan la impresión de que el sistema es democrático. Esta mayoría son los que el sistema vé como buenos ciudadanos, respetuosos de la ley y sobre todo “humildes”.

Por otro lado, los sectores más conscientes de la sociedad responden al excluyente proceso, organizando estructuras políticas, comunales o económicas (Rivera Lugo, 2004; Wackant 2009). De esta manera vimos cómo durante el cuatrienio pasado, las comunidades se organizaron para hacer frente a proyectos que las sacrificaban como parte del proceso de crear espacios de ganancia económica para los sectores más rico del País. Igualmente vimos a los jóvenes de la Universidad de Puerto Rico, casi todos de clase media y media alta educados, organizarse para defender sus espacios ante la posibilidad de que los mismos se pusieran directamente al servicio del poder económico. Otro ejemplo de cómo estos sectores más conscientes canalizan las frustraciones que el sistema les produce, es el surgimiento de los nuevos partidos políticos que durante las pasadas elecciones trataron de romper el bipartidismo que parece castrar el proceso electoral en la Isla .

Sin embargo, no todos tiene los recursos para responder, organizarse y exigir legalmente un espacio donde ganarse la vida dignamente. Es mi hipótesis que en Puerto Rico, enormes sectores marginados se las tienen que buscar, como bien describe Emmanuel, para sobrevivir y sentirse incluidos consumiendo o para experimentar las emociones que definen la felicidad y el exito, como lo habló Pagán. Es decir tiene que “bregar” en trabajos marginales o precarios como recortar en sus casas, mecanear en el patio, hacer uñas o trenzas, vender quenepas o piratear DVD. Labores que pueden rayar en la ilegalidad al no cumplir con los reglamentos y permisos impuestos por el Estado (Presdee, 2001; Rivera Lugo, 2004; Wackant 2009).

Otros, sobre todo aquellos que encarnan las características que en el capitalismo llevan al éxito, pero que por su condición de excluidos económicos se les dificulta el desarrollo de empresas legales, terminan integrándose a la ilegalizada empresa capitalista que es el narcotráfico. De está forma generarán los ingresos no solo para sobrevivir económicamente, sino también para embriagarse en el erotismo de lo prohibido y de sentirse poderoso (Pagan, 2013; Ferrell, J., Hayward, K & Young, J. 2008, Wackant 2009).

Es en este sentido que me parece que, lejos de ser el problema, en muchas de nuestras comunidades el ilegalizado narcotráfico se construye como la solución al problema de marginación, aburrimiento y exclusión, tanto económica y social como emocional. Es decir, para muchos el mercado negro producto de la absurda ilegalización no es necesariamente un problema, sino más bien es una solución a su exclusión antes descrita.

Por tanto, y repito es mi hipótesis, la inserción al narcotráfico y la criminalidad pueden ser vistos como un discurso contestatario de aquellos que sin tener la consciencia política responden “bregando” como pueden ante la sociedad que los excluye, los condena a mirar desde afuera las emociones de una vida excitante, mientras les niega las promesas del discurso ese de que todos tenemos los mismos Derechos. Así, el narcotráfico y la ilegalidad puede verse entonces como la respuesta de aquellos quienes se niegan a ocupar humildemente los espacios de pobreza y aburrida sumisión a que el sistema les condena. Así estos sectores, probablemente de manera inconscientemente, le hacen frente a un sistema, que como describió Emmanuel, les condena a ser un pobre que espera estoicamente y humildemente por años para ver cuando le toque un trabajo precario que ni siquiera debiera llamarse empleo. Más importante, un sistema que les condena a un estatus social de subciudadano o subciudadana para quienes eso de “los derechos” es solo un discurso de panfleto o algo que le leen a los detenidos en la televisión.

Si se toma esta hipótesis como correcta, se puede inferir entonces que cualquier iniciativa que no incluya la reorganización social desde el verdadero reconocimiento de los Derechos Humanos para todos y todas, una mejor distribución de los recursos económicos y la integración de todos y todas a procesos, sociales, políticos y económicos verdaderamente democráticos, solo será un parcho y no una alternativa a la violencia y criminalidad que hoy en nuestro País termina cobrando unas mil vidas al año y que el sistema define como un mero problema de individuos sin valores.

 

Referencias:

 

Amorós, J. (2012) Salida de Emergencia. Logroño: Pepitas de Calabaza Ed..

Ferrell, J., Hayward, K & Young, J. (2008) Cultural Criminology: an invitation. London: Sage.

Gutiérrez, G. (2013) “Del Coloniage a la Sociedad de Ley y Orden: violencia sistemática en Puerto Rico” en Sonia M. Serrano Rivera, Registros Criminológicos contemporáneos (pp. 51 – 81) San Juan: Situm.

Klein, N. The Shock Doctrine, New York City: Picador.

Pagán, A. (2013) Breaking Good. Charla presentada el 1 de octubre ante estudiantes y facultad de la Universidad Interamericana de Puerto Rico, Recinto de Ponce.

Pesdee, M. (2001) Cultural Criminology and the Caranval of Crime. New York City: Routledge.

Rivera Lugo, C. (2004) “Ni Una Vida Más para la Toga” en La Rebelión de Edipo y otras insurgencias jurídicas(pp. 137-154). San Juan, Ediciones Callejón

Young, J. (2007) The Vertigo of Late Modernity. London: Sage.

Wackant, L. (2009) Prison of Poverty. Boston: Beacon.

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