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El Blog de Gary Gutiérrez

Observador, documentador, fotógrafo callejero, bloguero y comunicador social. Tamibén fondero, abusador de cafeína e iconoclasta aspirante a ácrata

#Iphonegraphy: Calle Sol, Ponce, Puerto Rico


Peñuelas USA: Ventana a un futuro fascistoide


Por Gary Gutiérrez / Fotos tomadas de Voces de Sur

“Sí. Definitivamente”

Así contestó el oficial policiaco Carlos Miranda Soto cuando la periodista Michelle Estrada Torres le preguntó si el Estado tiene la autoridad para decidir dónde protestan los ciudadanos.

Además de la ignorancia que la respuesta denota, las expresiones del policía que nunca se leyó a Fusté apuntan a una mentalidad fascistoide, terminó que en ingles se define como crypto-fascist.

Estos términos definen a personas cuyo pensamiento encarna las doctrinas del totalitarismo fascista sin necesariamente ser fascistas o entender los que es el fascismo.

Según definición.de, “[e]l fascismo se basa en un Estado todopoderoso que dice encarnar el espíritu del pueblo. La población no debe, por lo tanto, buscar nada fuera del Estado, que está en manos de un partido único. El Estado fascista ejerce su autoridad a través de la violencia, la represión y la propaganda (incluyendo la manipulación del sistema educativo).”

Aun cuando regularmente se vincula al fascismo a una economía dirigida por un estado que controla o nacionaliza los medios de producción, algunos pensadores como Gaetano Salvemini apuntan a que en el fascismo los contribuyentes terminan pagando por los errores de la empresa privada. Entiéndase, la socialización de los costos y la privatización de la ganancia.

Si se toma lo anterior como premisa válida, podemos ver como lo que está ocurriendo en Peñuelas se revela como una especie de ventana al futuro que aspira la clase política del país.

No es solo un futuro dónde, con la bendición de la clase política que se divide en dos partidos con más o menos la misma visión de mundo, el aparato económico se consolide desde el Estado para el beneficio en unas pocas manos. Fueron estos los que a nombre del pueblo tomaron prestados el dinero que se distribuyó entre el capital privado y que ahora pretenden que todos y todas paguemos.

Ese futuro incluye que la violencia del Estado, encarnado en la Policía, se levante como regente único del espacio público y el quehacer social. Sirviendo así de muro de protección para la empresa privada y el servil estamento político.

Claro uno pudiera decir, ese no es el futuro, es el presente.

Sin embargo, los héroes y heroínas de Peñuelas demuestran que ese futuro todavía no se consolida.

Peñuelas, como la Universidad, demuestra que todavía hay sectores que no están dispuesto a entregarse y seguir ciegamente las órdenes que, socolor de la autoridad del Estado, quieren imponer por la violencia fascistoides como Miranda Soto.

Es de esa forma que Peñuelas desenmascara la burocrática clase política del país, dejando claro que, si van a ser facistoide, tendrán que hacerlo abiertamente y enfrentar el juicio de la historia.

Salud y resistencia

Peñuelas: el sistema funcionando perfectamente


Por Gary Gutiérrez / Foto tomada del Periódico La Perla del Sur

La imagen es familiar.

Vecinos de las comunidades de Peñuelas, entre los que se cuentan muchos ancianos y mujeres, siendo empujadas, atropellados, reprimidos y arrestados por militarizados agentes policiacos que se supone cobran para proteger la ciudadanía.

El delito parece ser utilizar el espacio público para exigir reparación de los agravios que entienden el estado comete contra ellos. Es decir, ejercer el derecho que les es garantizado en la primera enmienda de la Constitución del país del cual son ciudadanos.

Paralelamente al ejercicio de este derecho, los y las ciudadanas que ocupan el espacio público de su comunidad están exigiendo el derecho a autogobernarse, como se supone que pase en una democracia. Después de todo, la institución básica que se supone represente a esta comunidad, el Municipio de Peñuelas, prohíbe por ley que en esa jurisdicción se deposite cenizas producto de la quema industrial de carbón.

¿Cuáles son los agravios?

Hace más de dos décadas, tras negociaciones secretas los -supuestos- representantes electos del pueblo de Puerto Rico, firmaron un acuerdo que obligaba a la compra de la energía que se produciría en una planta de generaría energía quemando carbón. Tecnología que desde aquel entonces está siendo descartada por sucia en la mayoría de los países avanzados del mundo, incluyendo Estados Unidos.

En ese acuerdo inicial, la compañía productora quemadora del carbón se comprometía a sacar de la Isla el residuo de su operación. Es decir, las cenizas resultantes de la quema.

Cenizas que según a quién usted le pregunte pueden o no ser dañinas a la salud y pueden o no ser material para uso en construcción o relleno. Pero esa es otra discusión, pues, después de todo si algo tiene la industria carbonera internacional, es dinero para comprar “la ciencia” que necesiten.

Como la lucha en Peñuelas, este escrito no es una discusión científica. Es una discusión política en torno a si las comunidades tienen o no derecho al autogobierno.

Basado en el mencionado acuerdo firmado “en confidencialidad” y que obligaba a la quemadora de carbón a llevarse las cenizas, se construyó y eventualmente comenzó a operar la planta de generar electricidad quemando carbón.

Tras varios años operando y sacando de la isla las cenizas resultantes, la quemadora enfrentó problemas en la disposición fuera de Puerto Rico de los residuos de su operación. Otros países cancelaron, por las razones que fueran, los acuerdos para recibir estos despojos. Por esta razón que se alegó entonces que estaba en peligro la operación de la férvida industria en Puerto Rico.

Ante la situación, nuevamente en secreto, el gobierno de turno asume como suyo el problema del manejo de estos residuos y enmienda el contrato permitiendo el depósito en la Isla de los residuos industriales.

Ante este nuevo escenario, y ejerciendo su derecho al auto gobierno, decenas de municipios aprobaron leyes que prohíbe el manejo, transporte, uso o disposición en sus jurisdicciones de los residuos de la quema de carbón. Esto sin importar si los mismos son beneficiosos o peligrosos.

La controversia en torno a estas medidas llegó ante la Corte de Apelaciones de Estados Unidos, tribunal que tiene injerencias en Puerto Rico por virtud de la relación colonial entre ese país y Puerto Rico. Contrario a lo que parece ser la tradición estadounidense, donde se le reconoce a las autoridades locales la capacidad de aumentar las protecciones mínimas impuestas por los estados o el gobernó federal, la Corte invalidó las ordenanzas. Es una decisión que para los legos como yo no se entiende, pues partiendo de la lógica usada por el tribunal, los condados y municipios no tienen autoridad para reglamentar o prohibir, como lo hacen, la pornografía, el consumo de alcohol o las horas de comercio, por ejemplo.

Claro, esta decisión en contra de los municipios no es de extrañar si se parte de la premisa de que la principal tarea de la Corte Federal en Estados Unidos es la viabilidad del libre comercio interestatal.

Decisión o no de la corte, los vecinos de Peñuelas no se amedrentaron y continuaron en pie de lucha, protegiendo su derecho a decidir sobre su comunidad.

Ante esta situación y por el apoyo que los y las peñolanas recibieron de otros sectores del país, en aparente intento de lavar su imagen frente a los y las peñolanas, los políticos electos de la región, incluyendo a los de acumulación radicaron proyectos de ley que se vendieron ante la opinión pública como para la protección de la comunidad pero, que terminaron validando las posturas y definiciones que sobre las cenizas tiene la quemadora de carbón.

Es así como estos políticos profesionales, representantes, senadores y el propio gobernador colonial, son los responsables de lo que pase o pueda pasar en Peñuelas. Los primeros por permitir que le aguaran el proyecto que terminó validando el cambio de contrato que firmara la anterior administración y que permite que los residuos se queden en la Isla. Ni siquiera le votaron en contra como protesta a los cambios.


Igualmente, responsable es el gobernador colonial por firmar la ley y tratar de venderlo como una solución salomónica.

En resumen, con esta medida la actual administración se hace cómplice de la anterior y demuestran al servicio de quien están,  socializando los costos del manejo del material residual de la quema del carbón mientras mantiene privatizadas las ganancias de esa operación.

Nada que nuevamente el sistema parece estar funcionado a la perfección, dejándonos en la situación que se describen en las coplas del viejo Atahualpa Yupanqui cuando dice:

“Las penas y las vaquitas se van por la misma senda;

Las penas y las vaquitas se van por la misma senda;

las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas;

las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas.”

 

 

Protestar, ¿cuándo fue legal?


Originalmente publicado en La Pupula.

Convocado tanto por el amigo Ángel Comas como por esta organización Todos Somos Pueblo para que hable o reflexione sobre la criminalización de la protesta, comparezco ante ustedes, para intentar provocar o forzar una discusión en torno a ese “metarrelato” que nos sostiene que eso de “protestar es un derecho”

Mi acercamiento a este tema de la protesta y su criminalización solo lo puedo hacer desde un limitado saber dónde me siento más cómodo, la criminología. Digo limitado pues es un saber que, desde su surgimiento, lejos de intentar resolver el crimen como nos han hecho creer, lo que ha sido es una herramienta del sistema hegemónico para legitimar el reprimir y castigar “al otro”, es decir a quién no se someta. No obstante, esa realidad ideológica, gracias al surgimiento durante las pasadas décadas de una rama de la criminología que se hace llamar “crítica”, el saber criminológico sí nos permite adentrarnos en las formas en que el poder en una sociedad construye la ley y el orden para beneficio propio, y no para la protección de todos los sectores sociales.

Si partimos entonces desde ese saber llamado criminología crítica para reflexionar sobre la criminalización de la protesta, lo primero que debemos entender entonces es cómo el poder define eso de protestar y para quiénes lo definió. En el caso nuestro, en Puerto Rico, ese poder no solo es uno colonial, es caracterizado por ser blanco, varón, propietario y de apariencia heterosexual y cristiana.

Así y partiendo de lo anterior, antes de adentrarnos a cómo se criminaliza la protesta, me parece lógico echar un vistazo al llamado “derecho a protestar”. Pues cuando uno mira tanto los documentos fundacionales de Estados Unidos como estado-nación, así como sus leyes, ese derecho no aparece detallado en ninguna parte. Más bien parecería que la protesta es una actividad tolerada por los poderes hegemónicos y sus herramientas, y no una verdadera garantía.

Movido por lo anterior recurro entonces a mis amigos abogados y juristas para que me expliquen el origen de esa narrativa que apunta a que todos y todas tenemos “el derecho a protestar”. Según los letrados y doctores consultados, al parecer eso que llamamos “derecho a protestar” es en realidad producto de las interpretaciones que los juristas, jueces y académicos hacen de la primera enmienda de la Constitución estadounidense, donde se “garantizan” la libertad de expresión, de asociación y del derecho a exigirle al estado la reparación de agravios. Esta explicación me levanta más interrogantes que las que me aclara pues, al fin y al cabo, ese “derecho a protestar” parecería que siempre está definido por una elite social que en muy pocas ocasiones tiene necesidad de levantarse y pararse frente al sistema. Pero claro, ¿acaso esa no es una característica de todo ese saber que llamamos “el Derecho”?

Así y partiendo de lo anterior, al hablar de criminalizar la protesta me parece que la primera pregunta debiera ser si en la práctica, esta actividad realmente es un derecho de todos y todas o es solo un privilegio, que siempre y cuando se mantenga domesticado, es permitido como válvula de escape para que no reviente el sistema. Al decir domesticado, me refiero a lo que explica el amigo nicaragüense y académico residente en Arizona, Luis Fernández cuando habla de los que protestan ordenadamente, solo dónde y cuándo las autoridades lo permiten.

Digo, en la práctica, pues al mirar la historia vemos que las verdaderas protestas, esas que buscaban cambios reales, siempre fueron contestadas con la violencia del estamento privado o público.  Para constatar lo anterior, solo hay que mirar la forma en que los aparatos represivos, privado primero y luego los estatales, contestaron los reclamos que, ilegalizada la esclavitud, surgieron sobre todo en los estados industrializados del norte de Estados Unidos. De eso pueden dan fe los anarquistas mártires de Chicago, los obreros masacrados por la Carnegie Steel Company y hasta los veteranos de la Primera Guerra Mundial que en la década del 1920 ocuparon el frente de la Casa Blanca para exigir sus beneficios como excombatientes. Los primeros muertos a manos de la policía y el sistema de justicia, los segundos acribillados por los hampones contratados por uno de los “filántropos” que ayudo a forjar la capitalista cosmovisión estadounidense y los últimos atropellados por sus excompañeros de armas que obedeciendo las órdenes de un joven oficial llamado MacArthur, no dejaron estaca en pared del contestario campamento.

De hecho, la propia historia de Estados Unidos da fe que, desde su creación, la función primaria de eso que llamamos “la policía” era mantener un orden social para garantizar el espacio de producción al naciente capital industrial. Esos cuerpos que hoy llamamos “policías” no son otra cosa que el desarrollo de gangas de hampones contratadas por los poderosos para velar por los ganados que viajaban caminando desde las grandes planicies hasta Chicago, para buscar cimarrones que escapaban el horror de la esclavitud, o para poner en su sitio a los obreros que se integraban a los nuevos sindicatos de trabajadores. Gangas o compañías de seguridad privada que, si bien al principio eran costeadas por el capital privado, al entrar el siglo veinte fueron socializadas dejando que fuera el dinero público quien sufragar el costo de mantener “el orden”. Claro el orden que como dije antes, en el contexto estadounidense de la época, se traduce como la organización social necesaria para el desarrollo y crecimiento del capitalismo industrial.

Para quienes se preguntan por qué estoy abordando este tema desde Estados Unidos, les contesto que, para mí, la cultura del manejo del disenso y la protesta en Puerto Rico pasada la invasión estadunidense son reflejos de esos procesos. ¿Acaso las protestas de los y las obreras en la isla durante el siglo veinte no corrieron la misma suerte que las de sus proletarios hermanos del norte?

Entonces, si al mirar la historia nos damos cuentas de que en la práctica, tanto en nuestro país y sobre todo en el país que nos ocupa militarmente desde el 1898, la protesta nunca ha sido vista realmente como legal, tenemos que preguntarnos de que se está hablando al decir “criminalización de la protesta”.

Bueno como nos ilustra Chomsky, durante el siglo veinte el estamento del sistema evolucionó a uno que, para legitimarse como poder hegemónico, trata de no usar la represión directa y prefiere, usando lo que los posmarxistas llaman el aparato ideológico, convencernos de hacer lo que ellos necesitan pensando que es una decisión propia. Así que la necesidad del látigo del mayoral, o la macana del oficial, son menos necesarias. Por otro lado, los procesos de organización, educación alterna y las luchas de esos sectores vistos como “el otro”, junto al surgimiento de nuevos medios de comunicación que trajeron a nuestros hogares la brutalidad con que el estamento puede responder, desarrollaron grados de sensibilidad que hace más difícil justificar esas brutalidades.

Ante esta situación, el estado como herramienta del poder económico se ve obligado a justificar y legitimar de alguna manera que dos hampones de doscientas libras empujen y golpeen a una estudiante que “protesta de una forma no aceptable”. Y para eso el concepto de “protestar en forma aceptable” o “domesticada” es medular.  Como ilustra el ya mencionado amigo, Luis Fernández, ante la imposibilidad de suprimir o prohibir abiertamente la protesta, pues como ya vimos el desarrollo de la sensibilidad y la evolución del derecho obligan a ser tolerante a la misma, el estamento genera el discurso de que “el protestar es legítimo” siempre y cuando siga las instrucciones y no cree demasiadas molestias a los demás, al resto de la sociedad y sobre todo al capital. Entiéndase, que el ruido no moleste los actos oficiales, que no se interrumpa el tránsito, o la entrada a un centro comercial. De que pasa cuando no se cumple con esos requisitos nos pueden dar cátedra los héroes y las heroínas de Peñuelas, Salinas y la UPR entre otros tantos.

De esa lógica de protestar ordenada o domesticadamente surgen dos subjetividades. Es decir, dos tipos de protestantes o disidentes. Los que son ordenados y siguen las reglas protestando cómo, dónde y cuándo el orden mande o permita; y por otro lado los y las pelúas revoltosas que no negocian o reconocen a las autoridades que les quieren ayudar a protestar de forma civilizada. Esto es importante pues esta lógica de “reglamentar las protestas” y de que hay “unos irresponsables” que no entienden cómo es que se debe protestar ordenadamente, sirve de base para legitimar medidas que se presentan, y se nos venden, como una forma de “organizar” adecuadamente las manifestaciones y las protestas. Es decir, espacios designados, el no uso de caretas, el nivel del ruido adecuado, la reducción de las molestias que esas actividades produzcan a otros. Si fuera por eso parámetros el estado debiera prohibir un sinfín de actividades religiosas y culturales, pero eso es harina de otro costal. En la realidad lo que buscan estas medidas es ser base legal para que, cuando el estado lo decida, se desate legítimamente la represión directa sobre el disenso.

De ese proceso de reglamentación y represión del disenso surgirán, nuevamente a mi juicio, dos resultados claros. Por un lado, la prohibición de facto de la protesta pues llega el momento en que la única forma de cumplir con todos los requisitos es quedándote en casa y protestar por Facebook, cosa que también puede funcionar, pero eso es tema de otra conversación. El otro resultado de esas medidas que buscan “organizar” las protestas y de la represión que con ella se legitima, es el llamado efecto de congelamiento o “chilling effect”.  Es decir que las protestas y los grupos que las organizan sean vistos como revoltosos, restándole credibilidad y apoyo entre “la gente decente”. Ambos procesos terminarán así en la desmovilización de la protesta y el disenso, pero más importante aún, en la despolitización de las posibles respuestas ciudadanas a los abusos del estado y la industria privada. Es decir, el proceso termina evitando que la protesta tenga como objetivo el cambio político real, cosa que es lo que el estamento le interesa.

En resumen, que la discusión no debiera ser cómo este gobierno o el anterior quieren criminalizar la protesta. La pregunta debiera ser ¿cuándo fue que la protesta fue legal? De ahí entonces, me parece que el verdadero reto es discutir esa autoridad o ese poder “de policía” que en la práctica le hemos reconocido casi incuestionadamente al estado.

Un verdadero derecho a protestar no puede emanar, de libertades, derechos e igualdad pensada para las elites estadounidenses compuestas por los varones, blancos, ricos, heterosexuales y cristianos.  En un sistema verdaderamente democrático, el derecho verdadero a protestar debe partir del poder real de los gobernados sobre sus gobernantes. Lo contrario es la simulación en que vivimos, donde se termina legitimando el uso de la fuerza para garantizar el orden de opresión de unos pocos sobre el resto de nosotros y nosotras.

Salud y resistencia.


*Ponencia presentada en el marco de la vigilia convocada por la organización Todos Somos Pueblo en la Plaza de las Delicias de Ponce, 29 de junio 2017.

Entre el Congo Belga o Detroit; Puerto Rico, USA


Por Gary Gutiérrez:

La tarde de sábado no podía ser más típica en la Librería El Candil, ese maravilloso espacio creado por Tamara y Luz Nereida.

Mientras algunos se insertaban entre los anaqueles en busca de sus próximas lecturas, otros estimulábamos la tertulia con café, cerveza, o cavita para el calor.

Entre los sospechosos usuales, es decir Pedro Malavet, José Raúl Cepeda y David Lao, se encontraba Guillermo Irizarry, profesor asociado de cultura y literatura en la Universidad de Connecticut, que este verano vino a visitar la familia que todavía mantiene en la Ciudad Señorial.

Tras los saludos reglamentarios y como es usual en El Candil, la conversación se fue enfocando en los temas de política, economía, etc.  Fue ahí que, con su usual naturalidad y elegancia, Guillermo disparó la pregunta; ¿qué crees que ocurrirá en Puerto Rico?

Por alguna razón, la cotidiana pregunta del amigo Irizarry me estremeció como un golpe a la cabeza, mientras miraba con mi usual pesimismo el deterioro de la Ciudad que se abría frente a mí a través de las vitrinas de la librería.

No encontraba que decir.

En medio de lo que pareció un eterno silencio, vinieron a mi mente las imágenes de dos programas de la serie Parts Unkown del chef y antropólogo silvestre Anthony Bourdain: El Congo Belga y Detroit

En el primer programa Bourdain explica el proceso histórico mediante el cual la antigua colonia de Bélgica llego a la crisis que todavía vive.

Si se mira ese proceso, es fácil ver que aun cuando se diferencia de la historia de Puerto Rico por los niveles de brutalidad burda y violencia, las etapas y los resultados parecen ser muy parecidos.

La primera parte del siglo veinte se caracterizó por un coloniaje brutal que puso el territorio africano al servicio de la economía metropolitana. Más tarde, a mediados del pasado siglo, el enclave surgió como un patio de recreo para los ricos y famosos con lujos, hoteles y amenidades.  Luego, cuando la Central de Inteligencia castró el avance del pensamiento libertario que se encarnó en la figura de Patrick Lumumba, Estados Unidos y Bélgica instauraron un gobierno títere que endeudo al país para costear los privilegios que, como casta política, ostentaban.

Con solo dos ejemplos Bourdain deja claro cómo hoy, mientras la naturaleza reclama la infraestructura desatendida por varias décadas, y múltiples facciones políticas controlan a fuego y metralla la vida del pueblo, gran parte de los congoleses parece vivir en una lucha por la sobrevivencia diaria en espera de que la antigua metrópolis regrese y restaure el orden.

La visita a una antigua estación experimental agrícola belga y la inspección de la estación ferroviaria más importante del país, ahora en desuso, documentan como decenas de empleados llevan décadas sin cobrar, batiéndose contra el tiempo para mantener las facilidades lo mejor posible, en espara de que alguien, en alguna parte, decida enviar el dinero y la orden para operar nuevamente.

El otro programa, no menos deprimente para mí, documenta la visita del mediático chef a la ciudad estadounidense de Detroit. Allí, al igual que en Puerto Rico, el surgimiento de una corrupta clase política llevó al otrora centro de la industria automotriz mundial a la bancarrota.

A diferencia de los congoleses, que no tenían a dónde mudarse, la respuesta de los habitantes de Detroit fue la migración. Primero se fueron los blancos con dinero y poder adquisitivo, luego los afroamericanos hijos de aquellos que a mediados del siglo veinte se mudaros al norte para escapar del régimen de Jim Crow que sufrían en el sur.

Así la ciudad se fue despoblando y perdiendo sus instituciones.

Según documenta el programa, aquellos que, por valientes o por pobres, decidieron quedarse, sobreviven desde una especie de marginalidad institucionalizada. Ocupan para vivienda edificios abandonados, rescatan lotes baldíos desarrollando huertos, o crean grupos comunales para enfrentar y resolver los problemas de mantener la poca infraestructura que le queda a la ciudad. Igualmente, se organizan para desarrollar pequeñas empresas, legales o no, que den servicios y suplan necesidades.

Fue así que, tras la eterna pausa en la que recordé lo antes detallado, miré al amigo Guillermo y contesté su pregunta desde mi usual cinismo:  “hermano creo que las alternativas para el país se reducen a ser el Congo Belga o a ser Detroit, no creo que nos quede de otra”.

Ya el tiempo dirá, salud y resistencia…

#Iphonegraphy: #cat 


Pensando tras el plebiscito… en La Pupila


Pensando tras el plebiscito

Por Gary Gutiérrez-Renta/la Pupila

Mientras el poder financiero aparenta buscar la permanencia de la relación colonial entre Puerto Rico y Estados Unidos como forma de mantener un espacio de excepción fiscal bajo la bandera estadounidense, el estamento político partidista del país insiste en mantener una discusión política basada en los mismos referentes de los pasados cien años.

Referentes que no solo fracasaron en la empresa de que los y las puertorriqueñas alcancen la soberanía que por derecho internacional  tienen todas las naciones, sino que fracasaron en el desarrollo de una economía sustentable para los y las habitantes de la Isla.

En ese mundo alterno en el que se mueve la improductiva y dependiente clase política partidista de la Isla, todos los sectores -anexionistas, colonialistas e independentistas-  insisten en una hueca y vacía retórica que pretende manejar los problemas de la Isla desde el discurso emocional que, empaquetado de diferentes formas, no deja de ser poco menos que folklorismo político encarnado en cancioncitas publicitarias, logos, banderas, y ahora en memes y mensajes de redes sociales.

Por un lado, la estadidad resolverá nuestros problemas con un tsunami de dinero y bienandanzas que nos llegará desde la tierra prometida de miel y leche en el norte. Por el otro, la actual relación es un pacto que nos brinda lo mejor de los dos mundos. Finalmente, la independencia, aunque sea con un rey, pues es un derecho y es la única aspiración digna para los pueblos.Esos referentes les son invisibles a los jóvenes que, para no aceptar nuestra responsabilidad generacional sobre ellos, descartamos etiquetándolos con sellos como “millennial”, es decir irresponsables y enajenados sin futuro.

Pues a esos “millennial”, a esas nuevas generaciones hijas del mundo digital quienes desde una economía colonial aspiran a llenar las necesidades de consumo del primer mundo en el siglo XXI partiendo de una realidad fiscal del 1930, nuestros discursos políticos no les interesan.

Para ellos y ellas esas diatribas partidistas son entretenimiento y distracción para los viejos que siguen creyendo que los políticos profesionales les representan y se interesan en sus problemas. Por eso no responden a sus llamados, por eso no les interesan sus actividades, por eso están hartos de que, cuando se unen, los reduzcan a sumarse al coro de cotorras cuya función es repetir la línea establecida por el partido. Claro, a saber quién carajo es “el partido”.

Por supuesto, es fácil descartar a los “millennial” pues se niegan a seguir las fracasadas directrices de las generaciones que controlan el proceso social del país.  Sin embargo, mientras el estamento sigue revolcándose en el mismo excremento político discursivo que generan las actuales situaciones socio económicas, muchos de esos jóvenes, desde su digital mundo paralelo, están creando sus nuevos referentes y sus trincheras de lucha.

Mientras las generaciones “adultas” pierden el tiempo con fútiles e ilusorios ejercicios electorales, con luchas leguleyas para que el poder que les excluye y oprime se auto condene, o con discursos que validan la explotación como camino a que se repartan las riquezas, esos “millennial” están organizando huertos comunales en las avenidas, creando mercados artesanales o agrícolas en la marginalidad, están gritando en el silencio de las paredes citadinas, están en la universidad generando el único discurso realmente contestatario que se escucha.

Por supuesto, también hay otros que, sin saberlo, al darse de baja de los discursos de explotación terminan reproduciéndolo. Ahí los que terminan en el narcotráfico y otras actividades ilegalizadas.

El punto de esta arenga no es otro que el llamar la atención a que, si se quiere buscar soluciones reales al orden social fracasado en el país, no podemos seguir mirando al estamento político. Ellos son el problema y dejan claro que no pueden ser la solución.  Claro, tampoco se trata de enderezar el país sin atender la relación colonial, que ya se dijo es base del mencionado y fracasado orden social. Este escrito trata de llamar la atención al hecho de que esa solución al problema colonial -sea la que sea que usted endose- tiene que venir como parte de unas alternativas de organización socio económicas claras y definidas y no como un evangelio mítico que por obra y gracia de la divinidad resolverá nuestros problemas. Es decir, seguir pensando que solo cambiando o modificando la relación con Estados Unidos se enderezará el universo y se solucionarán todos los problemas, es el cuento que nos trajo aquí y no puede ser la solución.

Tal vez la razón por la baja participación en el pasado plebiscito es que, aun cuando el pueblo no está claro para donde tenga que ir, ya entendió que la ruta por la que viene caminando no es la correcta.

Ya el tiempo dirá, salud y resistencia.

#Iphonegraphy: líneas callejeras


Ley, orden y pobreza: el fascismo a la boricua


Por Gary Gutiérrez Renta/ orginalmente publicado en LaPupila.net

Al mirar las medidas que se imponen en el país como forma de control social y criminalización de la protesta, mi mente se refugia en el pasado.

Crecí en plena guerra fría. La instalación de una base de misiles en Cuba por parte de la Unión Soviética en medio del aumento de influencias estadounidense en Europa cuando apenas contaba con cinco años de edad, y la avanzada Tet en Vietnam cuando celebraba mis primeros diez, dan fe de que crecí en medio de la confrontación militar entre el capitalismo privado y el de estado (que llamaban comunismo).

Claro está, la imagen que tenía de esos y otros eventos fue el resultado de ese montaje ideológico producido por el aparato de inteligencia estadounidense y difundido al mundo mediante los medios de comunicación como el cine y la televisión, empaquetados como “cultura pop”.

Por supuesto, también tuvimos los tiempos de contra-cultura: esas luchas por los derechos de las otredades étnicas, raciales, religiosas y de género. También fue época de luchas por la descolonización y solidaridad entre esas naciones emergentes.

En aquél entonces, en mi vecindario de “clase media”, entiéndase familias trabajadoras y pequeños comerciantes, la imagen era clara. Los comunistas eran los malos pues te hacían trabajar sin paga, te quitaban tus propiedades y restringían tus libertades.

Sin embargo, pasado más de medio siglo, en la actualidad puertorriqueña no son los comunistas quienes nos quitan nuestros ahorros, embargan nuestras casas y ahora nos quieren reducir las libertades para evitar que el pueblo se levante en defensa de sus patrimonios materiales y sociales.

Desde este marco de saqueo, se llamó a la recordación del Primero de Mayo con una propuesta de manifestación masiva que llamaron “Paro Nacional”.
Si bien la convocatoria fue para el primer lunes de mayo, tres días antes, el último viernes de abril, el administrador colonial apareció frente al país para dejar claro su compromiso con “la ley y el orden”. Asumo que se refería al orden que nos despoja de nuestros recursos y a la ley que lo permite, pero él sabrá.

Observando la ofensiva mediática, pensaba en cómo los manejadores del imberbe político preparaban el escenario para imponer medidas represivas y reafirmar así la imagen de su gobierno ante la conservadora masa electoral puertorriqueña.
El plan resultó magistral.
Unos cuantos incidentes aislados, que en cualquier parte del mundo llamado civilizado no conllevarían penas mayores de unos cuantos dólares, se sacaron de proporción al nivel de que hasta las agencias represivas estadounidenses intervinieron para acusar a una joven de supuestamente haber intentado quemar el emblemático edificio central del principal banco comercial de la Isla.

Las imágenes fueron “virales” y sirvieron de lubricante para empujar las medidas que terminan criminalizando cualquier protesta que al gobierno no le guste o moleste.

Medidas penales que legitiman el uso del costoso aparato represivo del estado como herramienta terrorista. Suena fuerte, pero partiendo de las definiciones del término “terrorismo de estado”, es lo que es. Nuestra historia lo confirma: dos jóvenes llevados por el estado para ser ejecutados extrajudicialmente en un paraje del centro de la isla; el que la policía se hiciera de la vista larga mientras el exilio cubano campeara por su respeto; que la policía hostigara a los patronos para que reportaran o despidieran empleados independentistas, son algunos ejemplos de ese terrorismo de estado.

Como si este proceso no fuera suficientemente preocupante, para los que observamos desde el contexto social el fenómeno de lo que llaman criminalidad, la situación es más compleja.

Si algo demuestra la historia, y los administradores coloniales lo deben saber, es que el uso de los aparatos represivos del estado siempre va a generar una respuesta por parte de quienes reciben el impacto de la bota gubernamental.

En las décadas del 50 y 60 del siglo pasado, la respuesta del pueblo afroamericano fue la organización política a diversos niveles. Dos décadas más tarde, cuando la represión por parte de las policías locales y federales desarticularon por medio de la violencia legal e ilegal esos movimientos sociales y políticos que daban coherencia a la comunidad, surgieron como respuesta “organizaciones” que, con ayuda del gobierno y financiadas por la venta de narcóticos, ocuparon los espacios sociales y económicos en las comunidades.

Hay quienes van más lejos y apuntan a que este proceso fue uno pensado para criminalizar los pobres que tenían capacidad para levantarse contra el sistema mientras se enriquecía y fortalecía al complejo industrial correccional como institución esclavista legalizada.

Mirando desde esa experiencia, y lo que ocurre en estos momentos en Puerto Rico, uno tiene que por lo menos cuestionar las intenciones de los burócratas y políticos de oficio cuya descripción encaja perfectamente con el fascismo que dominó Europa durante las décadas del 30 y 40 del siglo pasado.

Es más espeluznante cuando a este fenómeno se le suma el corte de religioso extremista que aparenta dominar el liderato legislativo actual. Después de todo, y tomando prestada la expresión de Harry Sinclair Lewis: “Cuando el fascismo llegue a Estados Unidos, será envuelto en la bandera y portando una cruz”.

Al parecer la premisa también es válida para el territorio colonial de Puerto Rico.

Salud y resistencia…

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