Citado en documental: ¿Porqué los puertorriqueños tiran basura en sus playas?

27 may

Jesús García Salazar, comunicador y productor del docuemental: ¿Por qué los puertorriqueños tiran basura en sus playas? / Foto Chabeli Ortiz Mattei

Documental producido por el joven mexicano Jesús García Salazar, quien visito a Puerto Rico como parte de su participación en el Proyecto Vital.

El video es una síntesis de la Investigación social-periodistica para “Proyecto Vital, Líquido Esencial de la Vida”.  

Este trabajo académico intenta, desde su visión de visitante, dar una explicación a la conducta del puertorriqueño que atenta contra sus playas.

Entrevistado por Jesús García Salazar para el documental ¿Por qué los puertorriqueños ensuctiran basura en sus playas? / Foto Vivien Mattei

Para acceder al documental en Youtube 

Pena de muerte: Herramienta de gobernanza.

13 may

 Por Gary Gutiérrez para la asmablea anual de la Coalición Puertorriqueña Contra la Pena de Muerte 2012

Pena de muerte: Herramienta de gobernanza.

 

La segunda mitad del siglo XXI aparenta ser una caracterizada por un alza en la violencia social y criminal, así como en la represión estatal.

Como bien explico el profesor Cepeda hace unos instantes,  procesos sociales excluyentes como el coloniaje, cuyas expresiones incluyen el racismo y el machismo, así como la violencia económica que implica el capitalismo pueden ser vistos como las bases para una violencia que en los pasados tres años parece exacerbada por la implementación en Puerto Rico de un nuevo capitalismo llamado neoliberal (Gutiérrez, 2012).

Cuando viene a ofrecer alternativas y posibles soluciones a esta violencia que vive el País, es interesante como los políticos profesiones ignoran todo el saber criminológico de los pasadas décadas en incluso el conocimiento producido por los sociólogos de la desviación y se refugian en nociones de castigo desacreditadas hace más de cien años, entre ella la pena de muerte.

Por ejemplo el discurso del primer ejecutivo colonial de turno en Puerto Rico propone como alternativas las mismas estrategias de control y vigilancia que se vienen implementando sin éxito en la isla por los pasados cuarenta años como poco.  Es decir más castigos, penas más altas, la rendición de por parte de la ciudadanía de los derechos civiles y la entrega a los fedéreles de la jurisdicción sobre la violencia en la isla.  Esta federalización, claro está, con el propósito de evadir las protecciones constitucionales locales y abrir la posibilidad a la imposición de la pena de muerte. 

Al tomar este acercamiento, el inquilino de La Fortaleza  cumple con las características típicas de los políticos estadounidenses de las pasadas cinco décadas, quienes según Jonathan Simon en su libro Governing Through Crime (2007) buscan ganar el favor del electorado conservador creando un ambiente de miedo en torno a la criminalidad y ofreciendo como alternativas las medidas de castigo que hacen resonancia en la mente de ese poderoso sector electoral.  

Bajo esta visión, el Estado en Puerto Rico, específicamente algunas de sus agencias,  exigen el  “derecho” a monopolizar el uso legítimo de la violencia como herramienta para “proteger” el “orden” social e imponer el respeto a la Ley.  Lo más triste es que esa violenta respuesta estatal para atacar la violencia social o criminal, aparenta contar en la segunda década del siglo XXI con el aval de crecientes sectores de la ciudadanía, sobre todo de la población que  participa de los procesos electorales que para fines de los políticos es la que cuenta. Observando este fenómeno, parecería que durante  los pasados años en Puerto Rico se reproduce un fenómeno que se desarrolló en Estados Unidos después del 1980, cuando se estructuró un nuevo orden político y social en torno al control de la criminalidad violenta.

Bajo este nuevo orden, en nombre de controlar esa violencia criminal producto de las mismas medidas neoliberales que hoy se imponen en la isla, la sociedad permite el desarrollo de un poder institucionalizado, una especie de “barbarismo organizado” como alternativa a esa violencia criminal (Simon, 2007; Young, 2003)

La administración colonial actual, dirigida por un gobernador autodenominado como republicano, conservador y heredero de las medidas impuestas en Estados Unidos en la década del 1980, se dejar ver como un ejemplo típico de la llamada gobernanza mediante el crimen que describe Simon (2007).  El uso de medidas “anticrimen” con el fin de adelantar otras agendas, el desarrollo de sistemas de control y vigilancia, los discursos y metáforas del crimen y la justicia criminal en otras áreas del quehacer social como son las escuelas y edificios públicos; así como el convertir la criminalidad en un asunto estratégico que  justifique cualquier acción , no importa lo injusta o anticonstitucional que sea después que la misma se proyecte como un intento de proteger a las “personas decentes”; es parte desde está estrategia que Simon (2007) cataloga como gobernanza mediante el crimen.

Durante las pasadas décadas por ejemplo, los informes de situación del Estado en Puerto Rico, dedican gran parte de sus contenidos a denunciar, explicar y proponer llamadas  soluciones contra el crimen.  Si bien el asunto aparentó ser prioritario en las propuestas presentadas por los pasados tres gobernadores coloniales, no es menos cierto que el tema de la criminalidad tuvo un papel estelar en los informes sobre la situación del País que el actual administrador colonial presentó a las cámaras entre el 2009 al 2012. En algunos casos, como en el informe del 2012, el tema de la criminalidad constituyó más del veinte y cinco por ciento (25%) del contenido de la alocución ante la legislatura colonial y donde el propio gobernador admite el fracaso de su administración cuando viene a manejar la llamada criminalidad.

 

“…nadie—y menos yo—puede estar satisfecho con los niveles de violencia e inseguridad que siguen azotando a nuestras familias y nuestras comunidades, y en particular el número de asesinatos.” (Fortuño, 2012, p. 11)

 

Interesantemente en esas cinco páginas, el político no incluye conceptos como pobreza, exclusión o desarrollo sostenido de las comunidades,

Lo que aparenta ser más interesante, es que las contestaciones y críticas a este discurso por parte de los partidos de oposición, terminan inconscientemente reproduciendo la misma gobernanza mediante el crimen al usar la misma arenga  electoral que critican al incúmbete y proponiendo como alternativa su mismo discurso de miedo, control y vigilancias.

Por ejemplo en el caso de Puerto Rico, el principal partido de oposición demostró  la importancia que para ellos tiene el tema de la “criminalidad” cuando  abrió su campaña en vía a las elecciones de noviembre de este año con la presentación de un documento que llamó “Plan Anticrimen”.  Si bien el documento comienza admitiendo que la criminalidad no es un fenómeno aislado de los problemas de educación, economía y salud y haciendo un llamado a  que “…para ganar la batalla contra la delincuencia, hay que transformar la cultura, la economía, la salud, el andamiaje completo que ordena nuestra vida pública” (García-Padilla, 2012, p. 2); no es menos cierto que la palabras pobreza y exclusión tampoco está en ninguna parte del documento. De igual manera es notable que, aun cuando habla de crear empleos como alternativas al narcotráfico,  la ausencia de conceptos que apunten al desarrollo sustentable de las comunidades y de empresas comunales o familiares deja ver la reproducción acrítica del mismo discurso conservador que permea en la isla por los pasados cuarenta años.

En nuestro gobierno todos los esfuerzos estarán dirigidos a promover una cultura de responsabilidad cívica, apoyada en los principios de la Responsabilidad, el Orden, la  Disciplina, y la Solidaridad. (García-Padilla, 2012, p. 3)

 

Con sólo mirar la aspiración estipulada en la cita anterior, se nota el discurso conservador que termina construyendo el problema de violencia social, que tiene su origen en otros aspectos socioculturales,  como mera criminalidad y proponiendo más control, represión y castigo como alternativa para hacer respetar el orden social. De esta forma termina imponiendo y no cuestionando el orden social existente que al fin y a la postre, como todo orden excluyente,  termina produciendo violencia social (Simon, 2007; Young, 2003).  

 Como si hasta aquí el alegado discurso crítico de la oposición política  no fuera lo suficientemente conservador, al mirar las soluciones propuestas por estos, es decir el uso de la fuerza represiva para “detener el flujo de armas ilegales y drogas, combatir la violencia contra la persona, reducir la delincuencia en las comunidades y mejorar las instituciones de seguridad las mismas”,  el mismo se revelan como un discurso simplista para sacar ganancia del miedo que según Simon (2007) mueven electoralmente a la conservadora clase electoral.  Un discurso tan conservador que como alternativa al narcotráfico propone  “activar inteligentemente la Guardia Nacional para mejorar sustancialmente la deficiencia de seguridad en los puertos y los muelles de la isla.” (García-Padilla, 2012, p. 11)

En fin que uno con la llamada “mano dura” y el otro con la supuesta  “mano inteligente”, los políticos profesionales perecen que terminan construyendo una imagen de la violencia como una de criminalidad producto de individuos endemoniados, desajustados o sin valores que deben ser reprimidos a cualquier costo pues terminaran destruyendo la fibra moral de la sociedad.  Un discurso que es recogido y reproducido acríticamente por los medios de comunicación de la Isla y por la opinión pública que tiene acceso a esos medios.  De esta manera los criminales no son vistos como lo que realmente son en mayoría. Individuos producto de una sociedad capitalista, donde la marginación y la  falta de empleos adecuadamente remunerados les niega el acceso a un nivel de vida cómodo en el mundo capitalista y al principal valor social que es el lucro y la búsqueda de riqueza material (Young, 2003).

Como se dijo antes, este discurso aparenta ser comprado acríticamente por la población en general, creando un clima de opinión que aparenta mal definir el problema de violencia social, que sufre Puerto Rico producto de la exclusión, como un problema de criminalidad producto de individuos depredadores de los ciudadanos de bien, contra quienes sólo funcionan medidas “punitivas” o “correctivas” mayores.  Es decir que la mayoría de la población, aún los propios sectores marginados, parecen  no reconocer su propia problemática y reproducen la definición y las soluciones de los problemas que les llegan desde el poder de la sociedad. Un poder que en el caso de Estados Unidos, y por ende en Puerto Rico, es varón, blanco, propietario, heterosexual y cristiano conservador que ve con suspicacia e incluso criminaliza lo que sea femenino, negro, pobre, homosexual y no cristiano (Young, 2003; West, 2001). De esta manera queda fuera de ese discurso del poder,  y de la supuesta crítica que le hacen a ese poder,  el hecho de que la violencia que se experimenta socialmente es inherente al propio orden social excluyente que se  impone desde un régimen político colonial, así como de la construcción machista de la sociedad y sobre todo de la organización capitalista de la economía.  Es un orden social basado en la violencia como bien exclusivo de unos pocos que criminalizan cuando el pueblo echa mano de la misma (Gutiérrez, 2012). Después de todo el “poder” del Estado para criminalizar acciones  es constitucionalmente casi infinito (Simon, 2007).

A pesar de la amplia documentación que vincula la violencia social y los procesos de exclusión a la violencia y la criminalidad, tanto los políticos, como muchos académicos de la Isla, todavía prefieren comprar las definiciones positivistas que apuntan a que el problema de la desviación, la criminalidad y la violencia están en individuos o individuas que por razones fisiológicas, sicológicas o sociales no aprendieron a comportarse adecuadamente y por eso tiene que ser reprimidos y rehabilitados para que “se centren” y ocupen el espacio asignados para ellos en la sociedad y en el sistema de producción (Villa, 2008; Wacquan, 2009; Young, 2003). O peor aún, algunos políticos locales compran la absurda aberración que los sectores más conservadores de la derecha estadounidense  hacen del pensamiento clásico y alegan que la criminalidad y violencia que sufre el país es producto de individuos que no pueden controlar su naturaleza pecaminosa, débil y hedonista. Estos sectores apuntan a que el criminal lo que necesita es castigo severo y público para que aprenda a controlarse (Joung, 2003).  Aun cuando se admitiera que estas explicaciones positivistas o conservadoras pudieran explicar una pequeña porción de la llamada criminalidad, sería absurdo pensar que la gran mayoría de los sectores marginados y excluidos en una sociedad delinquen porque son inadaptados sociales o porque son “malos por naturaleza” (Gutiérrez, 2012).

La realidad aparenta ser entonces que los políticos reproducen estos discursos de castigo, mano dura e incluso sobre la pena de muerte,  pues el no hacerlo es por un lado, admitir que el país no tiene un problema de criminalidad, sino que sufre de un problema de violencia social, criminal o no, que es una respuesta por parte de la población marginada a los violentos problemas de exclusión que se derivan del bulímico proceso neoliberal que ellos mismo imponen, muchas veces sin ni siquiera entenderlo (Joung, 2003; Villa, 2008; Wacquan, 2009).  Es decir que estos políticos tendrían que admitir que eso que llamamos crímenes es una forma contestaria en la que algunos excluidos se revelan negándose a ocupar el espacio de pobreza que el capitalismo le asigna. Mientras que por otro lado, como bien ilustra Simon (2007), cada vez son más los políticos que asumen el discurso punitivo que incluye la pena de muerte, pues creen que este tiene mucha resonancia en la llamada clase media que es la que más participa de los procesos electorales y que se autoconstruye como víctima indefensas ante  las demonizadas clases subproletarias. El resultado es una especie de simbiosis donde si bien las clases más bajas son las principales víctimas de este proceso, no es menos cierto que las llamadas clases medias se transforman, no por el crimen, sino por el miedo al crimen. Un pánico que influye en decisiones diarias de donde vive, como vive, donde educa sus hijos, donde y como consume, donde se recrean, pero sobre todo como vota en las elecciones. Un miedo que es a su vez utilizado, manipulado y acervado por los políticos.

Si partimos de que en el Puerto Rico del siglo XXI se dan las condiciones que Simon vincula con en la sociedad estadounidense de las pasada décadas, es decir que la clase media se autoconstruye como una víctima a ser protegida a cualquier costo social o legal por el Estado, esto, como explica Simon (2007), representa entonces un peligro para la democracia pues esa visión de “víctima” contiene una carga emocional desde donde se analizan las situaciones, y en muchos casos va socavando la solidaridad y responsabilidades necesarias en una sociedad democrática.  En ese tipo de sociedad el político se tiene que  proyectar como “fiscal “, un modelo de autoridad política sin importar la falta de responsabilidad democrática que eso implique.  Es en este contexto que la retorica electoral se redirige a una identificada con las víctimas del crimen y más peligroso aun con la “sed de venganza” de estas. Una de las herramientas más comunes de ese proceso en Estados Unidos es la pena de muerte, pues regularmente este castigo se dirige contra “monstruos” productos de pánicos morales que son fáciles de demonizar  y a quien la clase media y alta que votan ve como plagas de cuya exterminación depende la sobrevivencia de la sociedad.

Esa mentalidad antes descrita  aparenta entonces ser clave para poder analizar  el respaldo electoral que tienen en Estados Unidos, y que en Puerto Rico pudiera estar ganando,  la pena de muerte.  Según Simon (Simon, 2007) una vez centro de controversia entre los políticos de la derecha o la izquierda, desde la década del 1990, la pena de muerte es vista como agente aglutinador entre estas dos  facciones política. A pesar de la opinión de juristas en torno a lo cruel y bárbaro que puede ser la pena capital, el miedo entre la población que se auto define como víctimas del crimen sigue siendo citado en sus discursos por los políticos. Esto porque aun cuando la percepción es que la mayoría de los electores o están a favor de la misma o aun cuando no estén a favor de la misma, tampoco tendrían  problema con que el estado elimine a un “criminal”, más aun si a este se le imputa una “aberración” como la pedofilia. Es decir, que no importa pues al fin y al cabo a quien van a ejecutar es “al otro”.

En conclusión, este trabajo sólo pretende ser un llamado a ustedes para que tomen conciencia de que en los tiempos que vivimos, probablemente son una de las pocas líneas de defensa entre la democracia y el fascismo social que representa el neoliberalismo. Son ustedes una de esas fisuras sociales que según John Holloway (2010) mantienen el sentido de dignidad en la excluyente sociedad neocapitalista.

Una sociedad que va eliminando para muchos sectores sociales las alternativas legítimas para ganarse la vida mientras bulímicamente les incluye en las falsas necesidades de consumo. Una sociedad que una vez margina a esos sectores, les facilita el criminalizarse prohibiendo acciones sin víctimas como el consumo de sustancias. Una hipócrita sociedad que una vez te criminalizas desata contra ti la violencia del estado, incluyendo su poder de matarte para usarte como chivo expiatorio y como slogan de campaña electoral para generarle miedo a los que se creen mejor que tu y que participan en las elecciones.

Amigos y amigas, al mirar la batalla que como grupo les toca enfrentar en el futuro próximo viene a mi mente aquella única mujer que mantuvo su visión mientras el resto se quedo ciego en la novela del Novel  portugués.  Espero que puedan crecerse ante el reto, y que como aquella mujer sepan dirigir la cruzada. Porque aquí nos puede ir la vida constitucional del País. La ceguera social que implica la imposición de la pena de muerte en pleno siglo XXI cada más es definida como la visión a seguir para que la masa se sienta segura y para que los políticos sigan viviendo de ella.

Paz y Anarquía, abajo todas las jerarquías. Muchas gracias.

 

 

Referencias:

 

Fortuño, L. A. (21 de 02 de 2012). MENSAJE SOBRE LA SITUACION DEL ESTADO. Recuperado el 05 de 03 de 2012, de www.fortaleza.pr.gov: http://www.fortaleza.pr.gov/2011/pdf/Mensaje_sobre_la_Situacion_del_Estado.pdf

García-Padilla, A. (enero de 2012). Plan Anticrimen. Recuperado el 05 de 03 de 2012, de www.alejandrogarciapadilla.com: http://www.alejandrogarciapadilla.com/anticrimen/alejandro2012_plan_anticrimen.pdf

Gutiérrez, G. (19 de abril de 2012). Exclusión y no criminalidad:Realidad social del Puerto Rico neoliberal del siglo XXI. 1er Coloquio Sur al Norte: Arte, Letras y Sociología Jurídica . Ponce, Puerto Rico: Unpublish paper presented on a meetin.

Holloway, J. (2010). Crack Capitalism. New York: PlutoPress.

Joung, Y. (2003). THINKING SERIOUSLY ABOUT CRIME:. Recuperado el 18 de 4 de 2012, de malcolm.read.co.uk : http://www.malcolmread.co.uk/JockYoung/tsac_v_2003.pdf

Simon, J. (2007). Governing Through Crime: How the War on Crime Transformed American Democracy and Created a Culture of Fear. New York: Oxford University Press.

Villa, J. (2008). El Sujeto Criminal, Crimen y Criminalidad. Hoboken: Wiley.

Wacquan, L. (2009). Prisons of Poverty. Minnesota: University of Minnesota Press.

West, C. (2001). Race Mater. Boston : Beacon Press.

Young, J. (2003). Sociedad “Excluyente”: Excluisón Social y diferencia en la Modernidad Tardía. Madrid: Marcial Pons. Ediciones Jurídicas y Sociales , S.A.

 

 

Citado por INS en: Afirman pena de muerte no resuelve la criminalidad

13 may

12 de mayo de 2012 – Ley y orden, Policía, Puerto Rico

 

Gary Gutiérrez se dirige a Asamblea Coalición Contra Pena Muerte

Gary Gutiérrez se dirige a Asamblea Coalición Contra Pena Muerte // Foto: José Raúl Cepeda

Los panelistas que participaron en la Asamblea Anual de la Coalición Puertorriqueña contra la Pena de Muerte, coincidieron en que el establecimiento de la pena de muerte no resuelve el problema de la criminalidad en el país.

Gary Gutiérrez Renta, quien es conferenciante en Caribbean University y profesor de la Universidad Interamericana, en su ponencia “Pena de Muerte: Control de Gobernanza”, establece que la pena de muerte lo único que logra es adelantar un objetivo político o asegurar una elección.

“Está comprobado que no funciona para reducir la criminalidad, pero está probado que funciona para ganar votos. La gente en estos momentos está con mucho miedo, está desesperada y se agarra de discursos simplistas como los de la pena de muerte y los políticos los utilizan para ganar votos. El problema es que generalmente, la población termina perdiendo derecho ante el estado”, comentó Gutiérrez Renta a Inter News Service (INS) durante la asamblea que se celebró en la Universidad del Sagrado Corazón.

Mientras tanto, José Raúl Cepeda, catedrático auxiliar de Justicia Criminal de la Universidad Interamericana, explicó en su ponencia que la pena de muerte no es otra cosa que “la violencia institucionalidad o la violencia legalizada por parte del estado y no es distinta al resto de la violencia que la población está viviendo”.

Aseguró que la pena de muerte es una manera violenta de tratar de controlar la violencia. “Es fuego con fuego, que no funciona. Lo que quiere establecer es que ante el miedo a la muerte, el criminal no delinca, pero la realidad es otra y lo tenemos con las estadísticas de la criminalidad en los pasados años. Todos los países industrializados han abandonado la pena de muerte. Entonces, ¿por qué nosotros la queremos establecer y Estados Unidos sigue con ella, cuando es mucho más costoso que mantenerlos encarcelados?”.

Por su parte, Edgardo Román, portavoz de la Coalición que lleva siete años de establecida en Puerto Rico, dijo a INS que actualmente en Estados Unidos hay 33 puertorriqueños en la galería de la muerte en los estados de Delaware, Pensilvania, Georgia, Carolina del Norte, Florida y otro como consecuencia de un caso federal, mientras que en Puerto Rico hay 12 casos pendientes y dos casos confirmados, uno de los cuales pudiera comenzar juicio en junio próximo, que es el de Edison Burgos, y el otro es Lachau Cassey, que comienza el 1 de octubre.

“Esto significa que el tema de la pena de muerte, donde no existe en estos momentos ha tomado mayor importancia”, dijo Román, quien indicó que debido a la ola criminal que vive el país y por la intervención de las autoridades federales cada vez va ser mayor la discusión.

“La Coalición ha logrado unir a una gran cantidad de organizaciones con una gran presencia aquí”, dijo, y agregó que Puerto Rico lleva 83 años sin que sea ejecutada una persona, siendo en el 1927 la última persona de nombre Pascual Ramos, del área Este.

En cuanto aboricuas ejecutados en Estados Unidos, Román dijo que hasta el momento solo se conoce del caso de Ángel Nieves Díaz, ejecutado en diciembre de 2006.

“Con anterioridad a esa fecha, no hay datos oficiales de otros puertorriqueños. También está el caso de Juan Roberto Meléndez, quien estuvo en la galería de la muerte por 18 años siendo inocente en la Florida, pero luego salió a la libre comunidad y actualmente residen en Nueva México”, dijo Román.

Publicado en 80grados: El problema es la exclusión

4 may

por Gary Gutiérrez  | 27 de Abril de 2012 | 12:15 am

El pasado fin de semana decenas de miles de jóvenes se reunieron en Ponce para encarnar el único ritual carnavalesco del país, el Festival Deportivo de la Liga Atlética Interuniversitaria.

Sin embargo, calladamente, en medio de ese ritual de inversión que conocemos como “Las Justas”, un reducido grupo de profesores y estudiantes universitarios ser reunieron en un rinconcito de la ciudad, y bajo el nombre de “1er Coloquio Sur al Norte: Arte, Letras y Sociología [Jurídica]”, discutieron las realidades sociales que vive su generación en el Puerto Rico del siglo XXI.

El espacio me dio la oportunidad de presentar un escrito titulado “Exclusión y no criminalidad: Realidad social del Puerto Rico neoliberal del siglo XXI”. Éste es un llamado a que eso que el sistema llama problema de la criminalidad, sea leído, estudiado y entendido desde perspectivas más críticas, y a mi entender, más realistas.

Se trata de una perspectiva que cuestione a los políticos profesionales que insisten en vender como solución las mismas estrategias que por décadas han fracasado y que explique el por qué el electorado boricua sigue respaldando tales discursos.

¿Hasta cuándo la sociedad puertorriqueña seguirá mirando a los que se desvían de las reglas como meros endemoniados que siendo malos por naturaleza tienen que ser reprimidos y castigados para que aprendan a comportarse? ¿Cómo es que no entendemos que esa visión y forma de construir al desviado nunca funcionó y que al fin y a la postre siempre termina generando más violencia y desviación?

Buscando una respuesta, en el mencionado escrito me adentro en los trabajos de Jonathan Simon, quien en su libro “Governing Through Crime: How the War on Crime Transformed American Democracy and Created a Culture of Fear”, explica cómo la llamada clase media consumidora del siglo XXI en Estados Unidos se ve a sí misma como una víctima vulnerable en peligro de perder su espacio de influencia económica y social.

Interesantemente, explica Simon, esta clase no construye al capital y las empresas multinacionales como los sectores que le roban sus espacios de influencias y prefieren mirar a los sectores más débiles, los subproletarios, como agresores y causante de sus problemas.

Es esta mentalidad la que por varias décadas en Estados Unidos ha obligado a los políticos estadounidenses a construirse y proyectarse como paladines de la justicia dispuestos a todo por salvar la tranquilidad y el sosiego de los ciudadanos “decentes” y “trabajadores’, que después de todo son los que para ellos cuentan, pues son los que participan de las elecciones y votan.

Al mirar la realidad electoral de Puerto Rico bajo el crisol del trabajo de Simon, es fácil detectar esta misma visión electorera en los discursos políticos de incumbentes o aspirantes. Esta es una visión mediante la cual los políticos intentan que el conservador sector que en la Isla se considera clase media, aun cuando esté en los bordes de la pobreza, se identifique con ellos y los vea como “salvadores” ante esas “plagas subproletarias que no se conforman con vivir del gobierno, también roban, asaltan y matan para entretenerse”.

De esta manera, parece revelarse una relación simbiótica entre el atemorizado ciudadano y el paladín político defensor que le alimenta el miedo pues es lo que le garantiza su espacio. Una relación que va construyendo un saber represivo y violento como respuesta acrítica ante las verdaderas causas de la desviación y criminalidad.

Tal vez sea por eso que en el discurso oficial contra la criminalidad y la desviación nunca se incluye el hecho de que estos comportamientos surgen y son el resultado lógico de la exclusión social que produce y mantiene en Puerto Rico el orden social capitalista, especialmente en su etapa neoliberal de la era post industrial, como bien lo ilustra es escrito de José Rivera Santana: “La exclusión permanente: ¿hasta cuándo?”.

Un orden que no sólo condena a la exclusión a todo aquello que no es, o aparente ser, blanco, varón, propietario, heterosexual y cristiano, sino que promueve y genera que los marginados aspiren desde su exclusión económica y pobreza, los símbolos de éxitos y consumo de los ricos, que el sistema impone a todos y todas como herramienta y forma de validación.

Si se vieran la criminalización o las acciones desviadas como formas que el excluido tiene para encontrar ilusoriamente la inclusión económica a la sociedad que los destierra socialmente, entonces estas acciones pudieran verse o estudiarse como un discurso contestario por parte de estos sectores condenados a la exclusión. Un discurso que pudieran constituir una de esas fisuras que se abren en el capitalismo y de las que habla John Holloway en su libro “Crack Capitalism”. Claro está, las fisuras de las que habla Halloway son espacios contestarios que se niegan a reproducir el excluyente y explotador sistema capitalista estableciendo formas alternativas de vivir y ver el mundo.

Me pregunto si al decidir irse a vender drogas al punto, el joven no está negándose a ocupar el espacio de pobreza y servidumbre posmoderna que representan los empleos chatarras y el mantengo gubernamental. Por supuesto que también debo preguntarme si al ocupar su espacio en la industria del narcotráfico, este joven no está en realidad alineándose en uno de los puestos que el sistema reserva para que los de su clase reproduzcan los valores e injusticias del sistema.

Sea cual fuera el análisis que desde la comodidad de la academia se haga sobre la acción del joven, para él, la decisión de entrar a la ilegalidad como forma de lograr alcanzar los símbolos del éxito que el sistema impone es una acción contestaria al orden que lo excluye. Es la forma en que él o ella contestan a la exclusión y marginación que el orden capitalista les impone. No importa si al fin y a la postre, la contestación termine reproduciendo o no los valores del sistema. Después de todo, ¿acaso las revoluciones socialistas y populares del siglo XX no fueron acciones contestarias que terminaron reproduciendo las estructuras de poder y el orden de producción capitalistas?

En resumen, termino preguntándome si ya no es hora de ser realista y llamar las cosas por su nombre.

La supuesta criminalidad que sufre Puerto Rico surge como resultado lógico de un orden social que, con un doble discurso, cada día excluye de las riquezas a más sectores mientras sigue imponiéndoles a todos y todas crecientes expectativas de consumo.

Si se toma lo anterior como correcto, entonces es fácil ver por qué las medidas de “mano dura” o “cero tolerancia”, no sólo fracasaron, sino que acabaron produciendo más violencia y criminalidad, pues las mismas son medidas que terminan produciendo mayor sentimiento de exclusión en las poblaciones ya marginadas.

Así las cosas, lo lógico para hacer frente a la criminalidad, violencia y desviación social en Puerto Rico, sería comenzar a buscar formas para que todos y todas nos sintiéramos más incluidos en los procesos legales de producción para disminuir la necesidad de buscar alternativas en o ilegal.

Sin embargo, esa búsqueda sólo será posible desde lo micro de las comunidades. Cada cual definirá su espacio y construirá sus alternativas de inclusión económica, evitando y echando a un lado a los políticos profesionales, sus partidos y comisarios.

Eso sería lo lógico. Pero, ¿quién dijo que los procesos electorales son lógicos?

 

Gatas, sin comentarios

2 may

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1 may

En Estados Unidos, mayo se usa para levantar conciencia en torno al uso de la bicicleta como medio de transporte:

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18 de mayo: Día de ir al trabajo en bici

 

Paz, pedal y anarquía, la revolución no puede ser motorizada…

Black & White Foodie @ Juan Pan Pizza

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Por el ambiente y la calidad de sus productos, Juan Pan Pizza es uno de los mejores espacios gastronómicos en San Juan, Puerto Rico.

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El Faro, un pequeño refugio en la Ave. Los Meros de la Playa de Ponce. ¡ALTAMENTE RECOMENDADO!

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