Sé que puede sonar como una macharranería, pero la acción de encender, mantener y manejar fuego es un proceso que dispara la testosterona.

Tal vez pues manejar la naturaleza, es una de esas cosas que nos hace sentir más humano o tal vez sobre humano. Después de todo, el fuego parece pertenecer al mundo de las deidades.

¿Por eso será que manejar el fuego se siente cono una experiencia cuasi religiosa?

Igualmente, el controlar las llamas también nos conecta con aquellos originarios que hace unos 500 mil años se impresionaron de tal manera con los fuegos naturales, que se dijeron: “eso lo tenemos que controlar”.

Claro, siendo caribeños, encender ese fuego creador, nos conecta con aquellos hijos de arahuacos que, sin saberlos cuando en sus piraguas se aventuraron al hoy Caribe, serían nuestros abuelos y serían quienes establecieran las bases para que hoy pasemos el sábado entero velando las brasas e infundiendo el mejor sabor possible a nuestros alimentos.

Partiendo de lo anterior, entiendo que el pararnos frente a las brasas de una barbacoa, es una celebración de esos originarios cuya relación con las llamas ayudaron a forjarnos como especie unos, y como sociedades caribeñas otros.

Claro, todo eso no le quita al hecho de que el pararse frente a las brasas, igualmente, no es otra cosa que el “foreplay” que nos prepara para sentarnos en comunidad y compartir alimentos, bebidas, historias y sobre todo, existencia.

¡Buen provecho!