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El Blog de Gary Gutiérrez

“Barbiquero” de patio, iconoclasta aspirante a ácrata, apóstata, y comantenedor del programa @tempranopr de http://www.pab550.com

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capitalismo

¿Legalizar para uso médico o para “los ricos”?


Por Gary Gutiérrez

(se permite la reproducción en su totalidad. Favor de incluir el crédito a garygutierrezpr.com)

https://i0.wp.com/descriminalizacion.org/wp-content/uploads/2014/03/stic02.jpgPor años, cada vez que hablaba del fracaso de las políticas antidrogas estadounidenses, surgía la misma pregunta. Si es que las leyes de drogas fracasaron, cómo es que todavía están en los libros. ¿Por qué se mantienen?

La contestación, siempre es la misma.

Si bien nadie puede discutir que las leyes antidrogas llevan casi un siglo fracasando en sus aspiraciones de acabar con la producción, eliminar el trasiego, disminuir el uso y rehabilitar los usuarios, no es menos cierto que las mismas triunfaron en sus verdaderos objetivos.

Las políticas antidrogas impuestas al mundo por EEUU, “triunfan fracasando” cuando sirven de base para el control social mediante la encarcelación de los sectores excedentes de la sociedad, cuando justifican la vigilancia y el control a las comunidades pobres, justificando también la militarización de los cuerpos policiacos y sobre todo, cuando sirven de licencia de corso para que Estados Unidos intervenga de forma imperial en prácticamente todo el sur global.

A lo anterior, se le debe sumar que las leyes antidrogas sirven para que el sistema financiero mundial se beneficie de mover, esconder, cuidar o lavar los enormes capitales producto del ilegalizado tráfico.

Visto así, diga si no funciona. El cuento del “control de drogas” permite a los ricos, sacarle dinero y controlar los pobres con una sola agenda.

Ahora, ante las nuevas tendencias de “legalizar” la marihuana, sustancia que representa el 60 por ciento del capital que producen los cárteles de la droga, se debe ser igualmente crítico.

Si es cierto que la prohibición de las drogas es tan buen negocio para eso que algunos llaman “el sistema”, no hace ningún sentido que las leyes que regulan esas mercancías se estén liberalizando. Después de todo, los países del norte de Europa, Portugal, el Uruguay y cinco jurisdicciones en Estados Unidos prácticamente normalizaron sus relaciones con la marihuana.

La respuesta es simple sí se toma en consideración que el capital, como el Espíritu Santo, obra en extrañas maneras.

La realidad es que sí buena parte de las ganancias del ilegalizado narcotráfico beneficia a al sistema, ese que es controlado por el blanco, varón, propietario, cristiano y heterosexual por lo menos en apariencia, no es menos correcto que ya otros sectores poderosos económicamente se dieron cuenta que un cambio en las leyes que fiscalizan esos mercados, les pondría a ellos a controlar enteramente el mercado.

Es de esta manera que vemos como, en las jurisdicciones donde se liberaliza el uso recreativo del cannabis, poderoso intereses blancos se apoderaron del nuevo sistema legal de distribución de la “yerba”, despojando así a las comunidades afroamericanas y latinas de una de sus principales fuentes de financiamiento y trabajo. Esto porque lograr sacar una licencia que permita la venta legal del cannabis puede llegar a costar hasta millones de dólares. El mismo proceso que se dio cuando Estados Unidos legalizó el mercado de bebidas alcohólicas.

Por supuesto, cien años de mentiras y falsedades moralistas no son fácil de superar. Razón por lo que en otras jurisdicciones, como en Puerto Rico, el proceso de acaparar las ganancias que produce el cannabis no se puede dar de forma abierta y honesta.

https://i2.wp.com/norml-uk.org/wp-content/uploads/2013/10/norml_remember_prohibition_.jpgPara solucionar este contratiempo, el capital recurre al hipócrita truco que le funcionó en los años de la prohibición del alcohol, “el uso medicinal”.

Mientras los pobres de “razas inferiores” -los italianos, judíos e irlandeses- se mataban en las calles de Chicago, Nueva York y Atlantic City peleándose el mercado de alcohol y mientras cientos de miles murieron por consumir “ginebra de bañera”, los hijos de los barones de la industria americana disfrutaban de ambientes seguros donde ingerir elegantes licores protegidos de ser arrestados por una receta que aseguraban la necesidad médica de la pócima.

Usando la misma estrategia, los capitalistas del siglo XXI, no solo se aseguran que sus hijos no vayan a la cárcel como le pasa a “esa otra gente que no saben controlarse cuando fuman”, en esta ocasión se aseguran también de ser ellos los que se beneficien de las ganancias legales que produzca la hasta ahora ilegalizada planta.

Después de todo, ¿cuánto pueden costar unos cuantos políticos con autoridad para crear una ley que nos asegure el monopolio de la venta “medicinal”, mientras mantenga el hipócrita discurso moral sobre la “yerba”?

El resultado de este proceso, lo vemos hoy en Puerto Rico.

El conservador administrador colonial de turno, se monta en un avión un viernes creyendo firmemente que el cannabis es la encarnación del mismo Lucifer y tres días más tarde, regresa habiendo resucitado de su ignorancia proclamando el nuevo reino dónde la marihuana medicinal es la alternativa para un mundo mejor.

O como Saulo de Tarsó se cayó del caballo y vio la luz divina, o alguien le lleno los bolcillos.

Viene a la mente la nota distribuida por NotiCel que comenzaba diciendo: “Un alto ejecutivo de Medical Marihuana Inc., compañía que se dedica a promover productos basados en cannabis, comentó que gastó $700 mil en el 2014 para promover la legalización del uso medicinal de la marihuana en varias jurisdicciones como Puerto Rico.”.

Como en el misterio bíblico, difícilmente sabremos lo que realmente ocurrió.

El punto es que el camino escogido por el gobierno colonial en Puerto Rico parece que va dirigido a mantener la absurda e hipócrita prohibición del cannabis para los pobres, mientras que por orden ejecutiva se asegura el disfrute de la “yerba” para los que puedan pagar o tengan acceso a una receta.

Al mismo tiempo, con esta orden el sistema se asegura de acaparar las ganancias producto del cannabis. Dinero que hasta ahora, por lo menos pasaba brevemente por los sectores marginados del País.

De esta manera, parece que en el Puerto Rico propuesto por los burócratas para el siglo XXI un joven que se fuma o vende una “moñita” es un criminal, mientras aquellos que tratan esa planta con químicos para extraer sus propiedades serán vistos como piadosos empresarios que buscan sanar a los enfermos.

¡HIPOCRITAS!

https://i0.wp.com/descriminalizacion.org/wp-content/uploads/2014/02/queesperamos.jpgEs hora de superar los falsos moralismos y de comenzar un proceso reglamentado desde abajo que permita que los ciudadanos mayores de edad decidan libremente sobre el uso y disfrute de cualquier planta.

Pero ese proceso necesita una reglamentación que evite que corporaciones anónimas, esas que el Supremo estadounidenses dice que son personas, tomen control para acaparar las ganancias que produzcan esos mercados.

Puerto Rico tiene que superar la hipócrita prohibición para ahorrarse el millonario costo económico y social que ella implica. Pero es indispensable, sí se quiere superar las crisis producto de la prohibición, que el proceso de legalización sea de abajo hacia arriba.

Es decir, un proceso donde las licencias para el auto-cultivo de la marihuana solo estén disponible para individuos -no corporaciones anónimas- o para cooperativas que le provean la hierba solo a sus socios, disminuyendo así el interés económico de intermediarios anónimos.

Pero claro, para eso se necesitan administradores con entereza y verdadero compromiso con los sectores más vulnerables de la sociedad.

Ya la historia dirá si los hay o no…

https://fbexternal-a.akamaihd.net/safe_image.php?d=AQBIAXoHcf-1ay-3&w=484&h=253&url=http%3A%2F%2Fdescriminalizacion.org%2Fwp-content%2Fuploads%2F2014%2F03%2FRegulacionResponsabl.jpg&cfs=1

Necesaria una nueva “realidad”


Publicado en el Periódico La Perla del Sur bajo el Título:

El Pueblo: ¿preparado para el reto?

Por: Gary Gutiérrez

 poder popular

“Si las personas definen las situaciones como reales, estas son reales en sus consecuencias”. Así reza uno de los principios de la sociología moderna que se conoce como el “Teorema de Thomas”, en honor a William I. Thomas, quien lo formuló allá para el año 1928.

Este lapidario enunciado se revela hoy, casi 100 años más tarde, como un excelente punto de partida para analizar o tratar de entender cómo los y las puertorriqueñas conciben la crisis económica en que vivimos.

Una crisis que, como magistralmente explicó el economista Luis Rey Quiñones Soto en varias columnas publicadas en La Perla del Sur, es entendida por la mayoría de la población desde los parámetros definidos como reales por la clase financiera y económicamente poderosa del país.

Es decir, que la mayoría terminó definiendo la crisis como una de carácter fiscal o de mal uso de los recursos, y no como el resultado esperado de una estructura neocapitalista que pone la sociedad, sobre todo los procesos de producción, al servicio del mundo financiero.

Esa mayoría tampoco ve cómo ese mercado de valores dejó de ser una herramienta al servicio de financiar fábricas y comercios que generaran movimiento económico y, dentro de los parámetros capitalistas, distribuyen algo de las riquezas producidas.

No entiende que tras esta transformación, producto del llamado neoliberalismo, lo importante termina siendo que las ganancias producidas en la sociedad terminen en los bolsillos de los accionistas, bonistas y prestamistas, aun cuando eso implique el cierre de fábricas, las quiebras de los comercios más pequeños, la pérdida de pensiones para los retirados, la reducción de los sueldos y beneficios laborales o el sinfín de problemas sociales que de estos procesos se derivan.

Otras de las realidades definidas por los poderosos, y comprada como ciertas por el resto, es que la llamada crisis fiscal del sector gubernamental es producto de la ineficiencia y corrupción endémica de esta entidad y de los sindicatos que agrupan los obreros que en ella trabajan.

Esto a pesar de que la verdadera corrupción en la Autoridad de Energía Eléctrica, por tomar un ejemplo, parece estar en las actividades privatizadas de la misma.

Nadie habla de fijar responsabilidades o tratar de recobrar los cientos de millones de dólares que se robaron los proponentes de los dos gasoductos y se arrastran los pies para eliminar los pagos millonarios que todavía se hacen a los intermediaros privados en la compra de petróleo.

Por lo menos, sobre el segundo ejemplo ya se nombró un Fiscal Especial Independiente, lo que -siguiendo la trayectoria histórica- significa que en un futuro, no muy cercano y a un costo millonario para el Estado, se le radicarán cargos al empleado que facilitó “el tumbe”, mientras los que verdaderamente lo dieron recibirán inmunidad para que declaren contra el “coconspirador” menos importante del esquema.

Pero sí se discute cómo los y las trabajadoras de la Autoridad de Energía Eléctrica son culpables de los problemas económicos de la misma por los injustos salarios “exorbitantes” que devengan.

Esto a pesar de que la nómina de esa agencia es una partida mínima de su presupuesto, de que esos salarios se los otorgaron los administradores que cobran muchísimo más que los obreros y de que el salario básico de estos empleados es el ingreso que bajo la economía de Estados Unidos se considera justo para que una persona viva sobre los índices de pobreza.

Sobre la forma en que la opinión pública y el clima de opinión compra y reproduce esta definición del obrero sindicalizado como el sujeto abusador y causante de todos los males, la psicóloga social Carmen Inés Rivera Lugo explicó cómo en Puerto Rico la mayoría de la población, aun cuando vive por debajo de los niveles de pobreza delimitados por el gobierno federal, se ve a sí misma como parte de una “clase media” producto de las bienandanzas que ellos ven como inherentes al sistema.

No entienden que no son una clase media, sino una clase endeudada que se creó artificialmente, producto del artificial proceso de industrialización de la isla, que fue diseñado para generar ganancias al sector financiero, como explicó Quiñones Soto en sus escritos.

Este sector, explicó Rivera Lugo, se frustra y encoleriza cuando ve sus ingresos y su capacidad de consumo reducirse, a pesar de que ellos son los obedientes, los que estudiaron, los que se portan bien, respetan la ley y el orden, trabajan duro y sobre todo no crean problemas. Como muestra, basta recordar a la ahora infame doctora bayamonesa.

Una clase que siendo producto de esa mentalidad del colonizado que explican Frantz Fanon y Albert Memmi, no puede siquiera concebir que el sistema sea el culpable de sus infortunios, por lo que necesita un chivo expiatorio a quien culpar.

Qué más fácil entonces que comprar el discurso que apunta a “esos obreros revoltosos como unos abusadores insaciables causantes de la crisis”.

Este distanciamiento entre la mayoría de los trabajadores y los sindicatos toma un carácter casi de tragedia si se toma como acertada la necesidad, expuesta por el economista Quiñones Soto, de que surja un movimiento que dirija al país en un proceso para redefinir la crisis y buscar las posibles soluciones desde los intereses del pueblo y no de los capitales financieros.

Sin embargo, las condiciones actuales de los sindicatos aparentan estar en contra de esa alternativa.

Radamés Quiñones Aponte, portavoz de la Unidad Laboral de Enfermeras y Empleados de la Salud, explicó que el trabajo diario para mantener y hacer valer los convenios colectivos, la realidad financiera de los sindicatos, la politización, las divisiones entre los sindicatos del sector público cobijado por la Ley 130 unos y por la 45 otros, las diversas visiones estratégicas, el protagonismo de los dirigentes, la corrupción sindical y las camisas de fuerza legales hacen sumamente difícil el surgimiento, crecimiento y mantenimiento de un movimiento obrero capaz de asumir el rol de vanguardia que el momento amerita.

Con o sin el liderato obrero, no parece haber otra alternativa que no sea el surgimiento de un movimiento basado en el “poder popular”, a juicio del sociólogo y profesor universitario César José Pérez Lizasuain.

Por poder popular se entiende la capacidad de los diversos sectores para superar la negación de la realidad impuesta por la lógica del poder y suplantarla por una afirmación de una nueva realidad más allá del Estado y sus instituciones.

Según Pérez Lizasuain, se necesita entonces que ese “poder popular” se encarne en un movimiento fuerte que sirva como avanzada, proponiendo nuevas alternativas y educando a los sectores populares para que rompan con “el fetiche de una economía separada del resto de las relaciones sociales”.

Para que surja este poder popular, según Pérez Lizasuain, por un lado el pueblo tiene que dejar de ver a los sindicatos como su enemigo y por otro los sindicatos “tienen que superar su propia forma”.

Esto implicaría -como en Argentina con el Movimiento de Empresas Recuperadas, en México con el Movimiento Zapatista y en Puerto Rico con los movimientos estudiantiles y por el rescate de Vieques- la posibilidad de romper con el marco legal que los limita y el enfrentamiento directo con el sistema y su racionalidad, explicó.

La pregunta entonces tiene que ser si el país está preparado para asumir el reto de crear su nueva historia o si prefiere seguir viviendo en la realidad que le construyeron, donde solo importa cómo va a pagar el soñado viaje a Disney.

(El autor es criminólogo y columnista de La Perla del Sur)

27 de agosto de 2014

Sobre narcotráfico ante la asociación de Psicología de Puerto Rico


Por Gary Gutiérrez

Presentado ante la Asociación de Psicología de Puerto Rico.

Lejos de pretender venir a bailar a la casa del trompo, no me presento ante ustedes para hablar de lo malas que son las drogas o los peligros que puede representar el uso de las mismas. Ni siquiera vengo a venderles mis ideas sobre como, en una sociedad democrática compuesta por hombres y mujeres libres, el uso y disfrute de cualquier cosa que no haga daño a otros, debe ser una decisión individual.

Prefiero aprovechar esta oportunidad para compartir con ustedes una historia que dramatiza el costo real de la absurda ilegalización de las drogas que, como excusa para justificar la intervención militar e ideológica global, Estados Unidos impone a la humanidad (Manjón-Cabeza, 2012). Una ilegización que crea las condiciones materiales para que aquellos social y económicamente excluidos encuentren la manera de lograr las metas materiales impuestas por el sistema (Gutiérrez 2012)

Hace unas semanas, mientras me ocupaba de la tediosa tarea de corregir y cuadrar notas, mi mente insistía en pensar cuál sería el contenido de una presentación que junto a José Raúl Cepeda y la maestra Vivien Mattei se supone presentara ante la Latina & Latino Critical Legal, Theory Inc. reunida en Puerto Rico.

En mi cabeza, no solo daba vueltas mi hipótesis sobre la violencia y el narcotráfico como discurso contestario inconsciente por parte de los sectores excluidos del sistema capitalista neoliberal. Igualmente interrumpía mi concentración en los exámenes lo que gente como Young, Wacqant, Ferrell, Simon, Chomsky, West, Klein, Rivera Lugo, Dora Nevares, Villa, y otros plantean sobre el asunto.

De pronto en medio de aquel torbellino de ideas y de mi lucha por concentrarme, tome uno de los ensayos que se supone corrigiera y al comenzar a leer me di cuenta de quién debía ser mi fuente primaría para aquella presentación. Su nombre Emmanuel, y es un estudiante subgraduado de Trabajo Social en la Caribbean University de Ponce, que como no encontró una electiva en su concentración y sin saber donde se metía se matriculó en mi clase de Delincuencia Juvenil para complementar su matrícula.

Tras leer el trabajo del joven, decidí que eran las ideas de este y no las mías o la de los gigantes antes mencionados, las que debía compartir en el mencionado foro. Así que a manera de tributo académico al “copy & paste”, me atreví leer ante aquel foro una versión, editada por cuestión de tiempo y corrección, de la introducción al ensayo con el que aquel joven contestó la pregunta: ¿Cómo usted ve al menor delincuente en Puerto Rico?,

Emmanuel comenzó diciendo: “Aun recuerdo cuando tenía 17 años y anhelaba cumplir los 18 para trabajar e irme de mi casa. El pensamiento de irme de mi casa era provocado por la rebeldía de esta etapa. Tenía claro que quería trabajar para costearme mis necesidades materiales y no depender de mi madre.

Cuando cumplí la edad comencé a buscar trabajo, aquí allá por todas partes. Recuerdo que llevé resumé hasta los pueblos limítrofes como Juana Díaz desesperado por conseguir ese trabajo. Durante tres años continué en las mismas, llevando resumé a todas las semanas a diferentes establecimientos, tiendas, restaurantes de comida rápida, supermercados, entre otros. Durante esos tres años en que no me llamaron de ningún trabajo, creció en mi la rebeldía, los pensamientos negativos y la frustración que no es otra cosa que ese sentimiento provocado por la incapacidad de no poder realizar algo porque algún factor externo que lo impide.

Aprendí a recortar y de esa manera me buscaba el peso recortando en mi casa a los muchachos del barrio. Cuando llegaba la temporada de quenepas, vaciaba el árbol de mi casa y las vendía en algún punto estratégico del casco urbano de Ponce. Obviamente esas chiripas no me daban para lo que yo quería que era comprarme un carrito, la ropa de moda, los tenis del momento, etc.

Pero cerca de la comunidad donde me crié hay un barrio con alta incidencia criminal conocido como La Cantera. Allí los jóvenes varones tenían otra forma de buscarse el peso: vendiendo drogas. Crecí viendo como los muchachos del barrio que bregaban en el punto tenían los carritos mas bonitos, los ‘bling bling, los tenis más caros y las nenas más lindas.

Luego de tres años, finalmente me llamaron y me preguntaron si todavía me interesaba un trabajo solicitado meses atrás. Contesté que si y lo primero que me dijo el individuo fue: “mañana tienes entrevista en las oficinas generales en el pueblo de Carolina”. Como tenía los recursos pude llegar y me dieron el empleo. Luego me requirieron documentos como, carta de buena conducta, prueba de dopaje, certificado médico entre los que recuerdo. Yo tuve los recursos para obtener todo lo que el empleo requería.

Aunque me vi tentado, en mi hogar tuve el ejemplo, la enseñanza y la educación que junto a mi determinación y fuerza de voluntad evitaron que me involucrara en el narcotráfico. Ahora, yo tuve los recursos y un hogar ejemplar para no caer en ese negocio, pero y los que no corren la misma suerte que yo.

Muchos recurren a la venta de drogas, a velar el punto o hacer “mandaos”. De la boca de ellos se escucha que en ningún lado le dan trabajo y que la única opción es vender droga. A esta situación hay que sumarle el discrimen si tienes tatuajes o pircings. Incluso conozco algunos que viven en un residencial público y en sus resumé anotan una dirección diferente, usan la de algún familiar o amigo. Recuerdo cuando el profesor dijo que la cultura dominante va a criminalizar a la subculturas porque desconfía de ellas.”

Si se leen con atención el ensayo de Emmanuel, el mismo surge como un pliego acusatorio contra el sistema neoliberal que se viene desarrollando en la isla por las pasadas décadas, pero que vió su máxima expresión durante el cuatrienio pasado (Gutiérrez 2012). Es ese neoliberalismo salvaje, el que utilizado sus aparatos ideológicos produce el orden social en que se desarrolla la historia de Emmanuel. Un orden que condena a miles de jóvenes a que desde la pobreza y el subdesarrollo del sur global aspiren a comprar los símbolos de éxitos impuesto desde el norte por la cultura del varón, blanco, propietario, alegadamente homosexual y cristiano (Gutiérrez 2012) . Es decir, un orden bulímico, como lo llama Jock Joung (2007), que incluye a todos por igual en el consumo de los símbolos materiales construidos como exitosos, mientras excluye a gran parte de la población de los medios legales y los empleos dignos para que pueda costearse ese consumo.

Como bien ilustra la historia de este estudiante, este proceso es uno que termina produciendo un ser humano frustrado o desvalorizado que puede ver en la violencia una forma de empoderarce ilusoriamente o en la ilegalidad, sobre todo la del ilegalizado narcotráfico, el único medio para integrarse al mundo de consumo capitalista que se le impone desde el poder (Presdee 2001)

Es de aquí que surge mi hipótesis que apunta a que la violencia social y la criminalidad que sufre el País es el resultado esperado del orden neoliberal excluyente que a mediado del siglo pasado desarrolló Milton Friedman y que luego se convertiría en dogma del sector más conservador de la política Estadounidense. Como en todos sitios donde se implementó este neoliberalismo, el resultado es que grandes sectores de la población no se sienten representado por el Estado (Klein 2008; Rivera Lugo 2004).

Ante la aparente ilegitimidad del Estado producto de la falta de representatividad y del hecho, real o aparaente, de que para muchos el sistema solo le ofrece la ilegalización como alternativa económica, en el caso de Puerto Rico se pudieran identificar tres respuestas a saber.

La mayoría no hará nada y comprando el discurso electoral esperará el espacio electoral para escoger entre dos partidos similares que, como explica el español Miguel Amorós (2012), representan los mismos intereses y que el sistema usa para dar la impresión de que es democrático. Esta mayoría son los que el sistema verá como los buenos ciudadanos, respetuosos de la ley y sobre todo “humildes”.

Por otro lado, los sectores más conscientes de la sociedad responden al excluyente proceso del que nos hablo Emmanuel, organizando estructuras políticas, comunales o económicas. De esta manera vimos como durante el cuatrienio pasado, las comunidades se organizaron para hacer frente a proyectos que las sacrificaban para crear espacios de ganancia económica a los sectores más ricos del País. Igualmente vimos a los jóvenes de la Universidad de Puerto Rico, casi todos educados, de clase media y media alta, organizarse para defender sus espacios ante la posibilidad que los mismos se pusieran directamente al servicio del poder económico. Otro ejemplo de como estos sectores más conscientes canalizan las frustraciones que el sistema les produce, es el surgimiento de los nuevos partidos políticos que durante las pasadas elecciones trataron de romper el bipartidismo que castra el proceso electoral de la Isla (Rivera Lugo, 2004; Wacquant, 2009).

Sin embargo, no todos tiene los recursos para responder y exigir legalmente un espacio donde ganarse la vida dignamente. Es mi hipótesis que en Puerto Rico, enormes sectores marginados, como bien describe Emmanuel , se las tienen que buscar como pueden para sobrevivir y sentirse incluidos consumiendo. Es decir tiene que “bregar” en trabajos marginales o precarios como recortar en sus casas, mecanear en el patio, hacer uñas o trenzas, vender quenepas o piratear DVD. Labores que pueden rayar en la ilegalidad al no cumplir con los reglamentos y permisos impuestos por el Estado (Barrero, 2008; Presdee, 2001; Rivera Lugo, 2004; Wackant 2009).

Otros, sobre todo aquellos que encarnan las características que en el capitalismo llevan al éxito, pero que por su condición de excluidos se les dificulta el desarrollo de empresas legales, terminan por integrarse a esa ilegalizada empresa capitalista que es el narcotráfico. De esta manera los puntos de drogas están administrados por jóvenes que, con una educación promedio de noveno grado, manejan inventarios millonarios, procesos de distribución, nóminas, relaciones publicas, solución de disputas, etc. Todo lo anterior complicado por la ilegalidad y lo que esa ilegalidad significa (Ferrell, J., Hayward, K & Young, J. 2008) .

Es en este sentido que yo entiendo que el narcotráfico producido y fomentado por las draconianas leyes anti drogas, la violencia y la criminalidad que experimentamos en Puerto Rico, lejos de ser un problema, en muchas de nuestras comunidades se construye como la solución al problema de marginación y exclusión económica. Es decir, para muchos el mercado negro producto de la absurda ilegalización no es un problema, es una solución a su problema, el económico.

Por tanto, y repito es mi hipótesis, la inserción al narcotráfico y la criminalidad pueden ser vistos como un discurso contestatario de aquellos que sin tener la consciencia política responden “bregando” como pueden ante la sociedad que los excluye. El narcotraficante y la ilegalidad puede verse como la respuesta de aquellos quienes se niegan a ocupar humildemente los espacios de pobreza que el sistema les asigna. Así estos sectores, probablemente de manera inconscientemente, le hacen frente a un sistema que como describió Emmanuel, les condena a ser un pobre humilde que espera estoicamente por años un trabajo precario que no debiera llamarse empleo y que les condena a un estatus social de subciudadano o subciudadana.

Si se toma esta hipótesis como correcta, se puede inferir entonces que cualquier iniciativa para manejar el llamado problema de la droga, será solo un parcho y no una alternativa a la violencia que hoy cobra unas mil vidas cada año en nuestro País, a menos que que no incluya la legalización de esas sustancias. No obstante esa legalización no será tampoco solución sin una verdadera reorganización social, una mejor distribución de los recursos económicos y la integración de todos y todas a procesos políticos y económicos verdaderamente democráticos.

Porque el problema, ni son las drogas, ni es el narcotráfico. El problema es la pobreza y la marginación.

Referencias:

Amorós, J. (2012) Salida de Emergencia. Logroño: Pepitas de Calabaza Ed..

Barrero, E.C. (2008) De Macondo a mancuso: conflicto, violencia política y guerra psicológica en Colombia. Bogotá Ediciones Catreda Libre y Fundación América Nuestra.

Ferrell, J., Hayward, K & Young, J. (2008) Cultural Criminology: an invitation. London: Sage.

Gutiérrez, G. (2013) “Del Coloniage a la Sociedad de Ley y Orden: violencia sistéica en Puerto Rico”en Sonia M. Serrano Rivera, Registros Criminológicos Contemporánios. (pp. 51 – 81) San Juan: Situm.

Klein, N. (2008) The Shock Doctrine, New York City: Picador.

Manjón-Cabeza, A. (2012) La Solución. Barcelona: Debate.

Pesdee, M. (2001) Cultural Criminology and the Caranval of Crime. New York City: Routledge.

Rivera Lugo, C. (2004) “Ni Una Vida Más para la Toga” en La Rebelión de Edipo y otras insurgencias jurídicas(pp. 137-154). San Juan, Ediciones Callejón.

Young, J. (2007) The Vertigo of Late Modernity. London: Sage.

Wackant, L. (2009) Prison of Poverty. Boston: Beacon.

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