Para la mayoría de las cultura, el paso de la estrella central de nuestro sistema por su punto más cercano al planeta que habitamos siempre fue motivo de observación y respeto. Sobre todo desde el surgimiento de la agricultura, actividad que tanto depende de los siclos naturales.

Para el mundo eurocéntrico que habitamos, la observación de este proceso se complica con la mezcolanza de entre las “viejas”costumbres romanas, las nuevas impuesta por la religión cristiana y el calendario gregoriano.

En fin, que como resultado de esa mogolla política y cultural, alguien determinó que el fin del mes donde cae el solsticio de invierno para el norte del globo sería el “fin del año”. Cosa realmente arbitraria y sin mayor consecuencia que no sea la organización de la historia. Pero eso es otro tema.

Lo importante para este escrito es que compramos ese cuento de que estamos en fin de año y de esa fomra no celebramos los rituales paganos de revitalización durante el solsticio, sino que como buenos cristianos eurocéntricos, celebramos el “nuevo año” unos cinco o seis días después. Claro está, regularmente esto, paganos o cristianos, lo celebramos comiendo comidas que nos apunten a la abundancia.

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En el caso de los puertorriqueños la hartera descomunal con motivo del ritual regularmente es de cerdo, acompañado con  arroz y otras delicias productos de la tierra, riqueza del campesinado.

Sin embargo, en el sur de los Estados Unidos, una de las tradiciones para celebrar la esperanza de una nuevo año con prosperidad es comer pan de maíz (sin azúcar) y  frijoles (black eye peas) que mi abuela llamaba habichuelas “culo prieto”. Aun cuando el origen de esta tradición sureña estadounidense es difícil de establecer, casi todas las hipótesis apuntan a que está era la comida con que los esclavos afrodescendientes celebraban, con la esperanza de que la prosperidad les acompañara, el comienzo de otro ciclo solar.

En fin que es por esta razón que en mi casa, la que comparto con mi compañera de vida y sureña estadounidense, este es el plato con que almorzamos los días primero del nuevo año, frijoles “culo prieto” y pan de maíz sin azúcar.

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Todo comienza con credo, tanto tocineta como de jamón curado, sofrito con mirepoix, es decir zanahorias, cebolla y apio verde.

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Primero se pone sobre el fuego directo del barbi la olla de hierro con un podo de aceite, y cuando esté caliente,  se sofríen todos los ingredientes para que suelten sus sabores y se vayan complementando.

Luego se incorporan los líquidos, el tomate en lata, los frijoles y el caldo, en este caso de vegetales pero puede ser el que guste. Además se le incorpora un poco de comino y polvo de pimiento rojo picante.

Una vez comienza a hervir, se tapa la olla y se saca del fuego directo.

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Claro, como ya que el fuego está encendido, lo mejor es aprovechar el mismo para cocinar otras cosas. En este caso, gallinitas codornices, previamente adobadas a la criolla. Estás se sellan sobre las llamas y luego se remueven a un lado para seguir la cocción con fuego indirecto.

En este momento es cosa de cerrar el la barbacoa y dejar que se suscite le milagro gracias al regalo de Prometeo.

Mientras eso pasa, en el horno holandés, se prepara el pan de maíz al estilo sureño, es decir sin azúcar.

Mientras el pan se va cocinando en el “dutch oven” se cotejan los frijoles y las gallinitas.

Una vez cocido el pan de maíz, los frijoles y las gallinitas, es cosa de darle pa’bajo.

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¡BUEN PROVECHO Y FELIZ AÑO 2020!