por Gary Gutiérrez

“Que un viejo amor, ni se olvida ni se deja…” reza la canción de Manuel Nogueira Otero. Hoy, la popular copla viene a mi mente mientras trato de explicar mi reencuentro con el ancestral arte de cocinar sobre brasas.

Sobrepasando seis décadas y con la vida complicada por responsabilidades laborales y familiares veo limitada una de mis pasiones, viajar a otras partes del mundo a visitar amigos y familiares. Así, y de forma casi orgánica y sin planificación, durante los pasados meses el sábado se fue convirtiendo en un tiempo que comparto con un viejo amor reencontrado, el BBQ.

Como a eso de las once de la mañana, desnudo de su protector el viejo “huevito” marca Webber que lleva más de quince años siendo objeto del fuego que consume mi pasión culinaria.

IMG_5986En está ocasión, el objeto de mi deseo y lujuria se encarnó en un “porterhouse” de poco más de dos libras y media.

Para mí el “Porterhouse” es la realeza del reino de la barbacoa. Una posta compuesta por un hueso en forma de “T” que separa a un lado el corte llamado “New York Strip”, y al otro el conocido como “Tenderloin Steak” o “Filet Mignon”.

Cuando entramos en este nivel de carnes, sobre todo si es de buena calidad, mientras más sencillo mejor. Por eso en este caso, masajear la carne solo con una generosa cantidad de sal y pimienta unas dos horas antes de cocerla es más que suficiente para sacarle el mejor gusto natural a la posta.

IMG_5985Mientras dejé que la sal y la pimienta hicieran su magia con la carne, corté y aderecé con aceite de oliva saborizado con chiles, sal y pimienta unas papas “baby” que, junto a unas mazorcas de maíz, fueron las guarniciones escogidas para la ocasión. SiguiendoIMG_5984 la paleta de sabores, bañé el maíz con el mismo aceite, sal y pimienta, pero le añadí mantequilla y hojas de culantro, hierba insignia de la culinaria boricua.

Ya listos todos los componentes para el festín a Dionisio, procedimos al ritual de celebrar el sacrificio de Prometeo encendiendo la barbacoa. En esta ocasión, el jazz de Nueva Orleans y el elixir de Kentucky fueron los protagonistas de la secular liturgia.

IMG_5982Como el proceso incluye tanto cocer directo sobre el fuego como terminar la cocción con calor indirecto, dividí el viejo Webber usando dos ladrillos rescatados de algún lado y que llevan más de una década funcionando. Venden artefactos para hacer esta división, algún día debo probar si funcionan mejor.

Una vez en su punto el fuego, como 30 minutos encendidos, en el espacio libre al otro lado de los ladrillos pongo las papas tapadas con un poco de agua y las mazorcas empacadas en papel de aluminio. Allí en la intimidad de la barriga del Webber y cobijada por el calor de los carbones a los que le añadí trozos de madera de manzana para el aroma, dejé las papas y el maíz, ambos regalos de los dioses precolombinos, para que el calor las transforme en manjar.

Unos 40 minutos más tardes, pongo la parrilla superior del Webber y tiro sobre las brasas el objeto de pasión y reverencia, el “Porterhouse”.

IMG_5988En segundos, la reacción de la grasa vacuna al calor alimenta la furia de Huehuetéotl quien abraza la carne con la intención de destruir y crear al mismo tiempo. Cuatro minutos poseída por la deidad por cada lado y el “Porterhouse” queda marcado para siempre por la bacanal experiencia.

De allí, solo resta sacarlas del fuego y ponerla al otro lado de la barbacoa, para que arropada por el calor indirecto llegue al grado de cocción seleccionado, medio crudo es decir 130 grados Fahrenheit.  En mi caso, un termómetro digital me envió una señal al teléfono celular cuando se acercó a esa temperatura, así que solo quedó disfrutar del jazz y el agua de Kentucky.

IMG_5991Cuando la carne llegó a su punto, la saqué y la dejé descansar para que recoja los jugos producto del desenfreno experimentado sobre las brasas. Este tiempo es para poner las papas destapadas sobre el fuego directo para terminen su cocción.

Finalmente, y con otro palito del agua de Kentucky, fue cuestión de buscar que ver en Netflix y llevar a conclusión el cortejo que comenzara poco más de dos horas atrás.

Es así como, en esta etapa de mi vida, paso “chilling” la mayoría de mis sábados. Realmente no debo quejarme.

Buen Provecho

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