Por Gary Gutiérrez

Presentado en La Librería El Candil

Ponce, Puerto Rico

12 de mayo 2018

Como digo siempre que me toca una encomienda como la de hoy, la invitación a presentar un libro es siempre un asunto delicado que conlleva un alto nivel de responsabilidad y una obligación de tratar de ser justo, y enfatizo en tratar.

Después de todo, el trabajo u obra artística a ser comentada es el producto de largas horas de labor por parte de un ser humano que, al igual que uno, merece el respeto a su derecho a expresar lo que siente y cómo lo siente. Más importante aún, es el trabajo de un ser que valiente y voluntariamente, como pago a ese derecho de expresión, se somete a la crítica del resto de la sociedad.

No obstante, esta tarea de comentar responsablemente el trabajo de otro no deja de ser un reconocimiento que implica que alguien piensa que lo que uno opine del trabajo en cuestión tiene alguna importancia. De que uno como observador de la obra, puede servir de guía para que la misma pueda ser objeto de otras lecturas.

Con ese espíritu en mente, y agradecido por la oportunidad, me siento hoy ante ustedes.

Les prometo que además de dar mi opinión como fotógrafo de provincia, expresión que le robo a uno de los inmortalizados en este trabajo, Quique Ayoroa (pag 88), trataré con aportar, intención de generar discusión, algunos puntos de referencia desde donde se pudiera mirar o leer el trabajo que hoy nos ocupa: Iconografía, cinco años de retratos del maestro Pablo Cambó, publicado por Editorial de La Universidad de Puerto Rico.

Me parece que, antes de adentrarnos en las imágenes de Cambó que habitan en esta publicación, es prudente explicar un poco “el retrato” como sujeto o como categoría fotográfica.

Sobre el concepto retrato, el diccionario de la Real Académica nos dice entre otras acepciones: “Descripción de la figura o carácter, o sea, de las cualidades físicas o morales de una persona”. Es decir que un retrato debe ser más que la mera reproducción plástica de la imagen de una persona. Un retrato, sobre todo si es un buen retrato, debe realmente recoge la figura o carácter, así como las cualidades físicas o morales de una persona.

Este objetivo, pienso yo solo es alcanzable cuando la foto resultante es el producto de una íntima y cuasi erótica relación entre sujeto fotografiado y el sujeto fotógrafo.

Un buen retrato entonces, como el buen sexo, es solo posible cuando es producto de la relación y el trabajo colectivo entre las personas involucradas. Unas que se abren y otra que logra la confianza para que estas le permitan entrar a los más íntimo de su ser.

Piense usted lo intimidante que es verse amenazado por el inclemente lente de una cámara. Las arrugas, la pipa, las ojeras, el pelo, o la falta de pelo son solo ejemplos de los miedos e inseguridades que surgen ante la amenaza de desnudarnos emocional y psicológicamente frente al inclemente objetivo fotográfico.

Partiendo de lo anterior, estipulo la gran cantidad de imágenes que lejos de ser producto de una relación amorosa como la antes descrita, son producto de violentas violaciones. Nuestras paredes y álbumes familiares están llenas de esos.

Pero, eso es harina de otro costal para discutirse en otra ocasión, pues al mirar el portafolio recogido en este libro Iconografía, queda clara la conexión y respeto que Cambó tiene con sus sujetos. Estos trabajos claramente son productos de una verdadera pasión y de la entrega entre sujetos y fotógrafo.

Ejemplo del dominio de Cambó para seducir a sus sujetos y abrirse camino a su intimidad pueden ser las sonrisas de don Rafael Cepeda y Dona Caridad Brenes (pag. 131), o la pícara expresión de quien en un corto animado dio vida a la imaginaria Ligia Elena, Paco López (pag. 130). Igualmente, ilustrativo de esa capacidad de incitación y provocación que el fotógrafo tiene sobre sus sujetos, es la expresión hasta ladina de un semi desnudo juez del supremo quien se humaniza disfrutando de su piscina frente al lente de Cambó (pag. 64); o la tímida mirada del gigante José Ferrer Canales, quien, ante la obvia seducción del fotógrafo, el tímido intelectual parece buscar refugio en la biografía de Betances que lleva en sus manos (pag. 55). Estos son solo ejemplos, Iconografía documenta y guarda decenas de otras sonrisas y expresiones más que les invito a buscar.

Ahora, si los ejemplos antes detallados no son suficiente para dar fe de la capacidad ganarse a los fotografiados que demuestran las fotos de Cambó, solo se tienen mirar los ojos de Teodoro Vidal (pag. 29), los de Marisol Malaret (pag. 41) o los de Cheo Feliciano (pag70).

Por último, las imágenes de Miguel Ángel Yumet (pag53), Iliana Font (pag. 56), Jacobo Morales (pag 67), y la del maestro Antonio Martorell (pag. 107) son solo ejemplo de la habilidad de Pablo Cambó para adentrase en los espacios más íntimos de sus sujetos.

Claro está, esa habilidad para ganares el permiso de transgredir el espacio de sus sujetos no terminarían en fotografías sin un dominio técnico.

Iconografía también deja claro el nivel de dominio técnico y la sensibilidad a la luz que tiene Pablo Cambó.

Pasando de una imagen a otra, al conocedor le será fácil ver como Cambó juega, maneja, altera y combina la luz natural con la artificial para lograr comunicar la sensación visual que mejor complemente la personalidad que el quiere documentar en su sujeto.

El intimo claroscuro producto de una ventana en la cara de Amury Very (pag 27), la fuerza de la luz tres cuartos, que algunos fotógrafos llaman luz Rembrandt, y que Cambó utiliza para dramatiza el contorno en las caras de Justiniano Díaz y de Francisco rodón (pag. 38 y 39), o la frontal iluminación que plasma y dramatiza la fuerza, seriedad y severidad de una joven mujer que tenía bajo su responsabilidad manejar el Palacio de Santa Catalina, principal centro de poder burocrático del país (pag. 33).

Establecido lo anterior, y ahora hablando desde mi faceta de sociólogo y antropólogo de cafetín, tengo que ser sincero y estipular una crítica al tesoro iconográfico que es esta muestra. Una crítica que siempre hago a proyectos como estos y que es injusta dirigir al maestro Cambó. Me refiero a la selección de los sujetos inmortalizados. Y digo que es injusta al distinguido fotógrafo pues no era él quién escogía quienes serían fotografiados.

La crítica surge desde mi visión “sociopolítica” que entiende que toda acción es política. Y que, cuanto menos “política” parezca la misma, más política es. Situada en la década del 1980, la producción y publicación de estas imágenes se pueden mirar en varios contextos.

No podemos dejar fuera que este proyecto surge en una publicación cuyos directores tenían como objetivo un periódico diario muy gráfico y visual que emulara a las grandes revistas estadounidenses como Life, Look o National Geographic. Igualmente, no se puede dejar fuera del análisis que esa dirección, que de paso nadie me puede decir por qué de la noche a la mañana los dos principales periódicos del país se interesaron en ellos, tenía una visión de mundo y política que, consciente o inconsciente, dirigía su labor editorial.

Es así, asumo, que partiendo de esas decisiones la muestra se limita a ilustrar la elite sociopolítica, cultural e intelectual, esos que hoy llamaríamos los “celebrities”, mientras deja fuera “íconos” más radicales, más pedestres, y cotidianos de nuestra sociedad colonial.

No obstante, siempre digo que es injusto uno comentar el libro que uno quisiera publicar y no el que le dieron para comentar. Por tanto, estipulado lo anterior, regresó a lo que nos ocupa, el libro Iconografía, cinco años de retratos del maestro Pablo Cambó.

Así confieso que al abrir este catálogo de imágenes tuve la misma sensación que se puede experimentar al encontrar y adentrarse en un viejo álbum de familia o en una caja llena de fotos de personas que conocimos o de las que nos hablaban los mayores. Me parece que es muy difícil que cualquier puertorriqueño que alcanzara la adultez antes del 1990 no encuentres en los trabajos de Cambó caras familiares que admiramos, repudiamos, o con las que leímos, bailamos, cantamos, no reímos o lloramos, y hasta de las que nos enamoramos, como la de Johanna Rosaly (pag. 43) y Gladys Rodríguez (pag. 50) en mi caso.

Es aquí dónde para mi radica el valor del trabajo del maestro Cambó y del libro “Iconografía, cinco años de retratos”. Una publicación que lleva al lector a lugares que habitó, que hace real eso de que “recordar es vivir”.

Igualmente, “Iconografía, cinco años de retratos” cumple con otra función. Mirar y dialogas con estás imágenes pudiera provocar que respondamos al pedido que durante sus últimos años llevara como un mantra el maestro Jack Delano (pag 45) . Las últimas veces que escuche a Delano, siempre terminaba pidiendo que fuéramos a los cajones y gavetas y que rescatáramos, cuidáramos y atesoráramos las fotos que documentan la vida de nuestras familias.

Me parece que, con “Iconografía, cinco años de retratos” sin decirlo en palabras el maestro Pablo Cambó nos invita y nos provoca a lo mismo.

Salud y resistencia…

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