Recientemente: después de un día regular de bregas con la familia, la universidad y el programa de radio, el amigo Agustín Lao, el ponceño profesor de UMass en Amherst, me convocó a darnos unos palitos y a conversar.

Hablar con Guto, como lo llaman sus amigos de cuando estudió en la ahora Pontificia Universidad Católica de Ponce, es siempre una experiencia enriquecedora. Así que minutos más tarde, recogimos a mi compañera y nos enfilamos a La Guancha de Ponce.

Como si fuera algo providencial llegamos al estacionamiento del centro recreativo justo al mismo tiempo que Ramón Moncho Soto, ese maravilloso ser que además de ser un intelectual contestatario es propietario del CAFELAO, uno de los garitos que ubican en el turístico sector.

De esta manera, las fichas estaban en el tablero.

Aderezada por cervezas artesanales, sangría de la casa y un wiskisito de Tennessee, se desarrolló una conversación que fue desde los rollos de la disertación de la amiga Mirna que se unió al grupo, pasando por los vicios de la estadística, los problemas tras el paso del huracán, hasta llegar a mi nueva obsesión, cuáles serán las subjetividades que del colonizado y el colonizador surgirán tras el desastre natural, político y de gobernabilidad sufrido por los boricuas a finales del 2017.

Como de esos temas seguiremos hablando por un tiempo, incluso, sobre algunos todavía no tengo claro que debiera pensar, mejor cambio la dirección de este escrito y me concentro en una obsenidad que Moncho sirve en su CAFELAO, me refiero a los Ñonachos.

Ya había escuchado sobre esta provocadora propuesta y pensaba que exageraban.

Una batea de tortillas de maiz cubiertos de carne molida y pollo con queso blanco derretido, no gelatina amarilla derretida. Todo lo anterior coronado con lechuga iceberg, tomates y cebolla picadita. Por supuesto, el pique “on the side”.

La verdad que las pajaretas esas que llama chips, dan seguidilla y en el caso de los Ñonachos, complementan y sirven de vehículo a los demás sabores y texturas.

Con el wisky americano fue casi glorioso…

En resumen que aun cuando las facilidades no estén al 100% tras el paso del ainfame María, el Complejo Recreacional tiene un encanto especial que invita a la conversación y los excesos. Siempre lo tuvo, desde que era un caminito de cañaveral que llegaba a unas piedras donde los jóvenes nos dábamos el palo y jugabamos con lo prohibido.

Claro que ahora el palito sale con los Ñonachos geniales del amigo Mocho Soto…

Buen provecho…

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