Fotos y letras: Gary Gutiérrez

Unos meses atrás, cuando llegue al que era mi restaurante chino preferido en Ponce descubrí que el mismo cambió de dueño. Minutos más tarde al morder el pollo frito que por más de una década me sirvió de “confort food” descubrí que el cambió de propietario era más trágico de lo pensado.

El otrora sustancioso, carnoso, jugoso y tierno pedazo de pollo empanado frito a la perfección era ahora un pollo flaco, de grasoso pellejo y reseca carne.

Ante el descubrimiento, no había de otra, la búsqueda de un nuevo lugar de pollo frito se convirtió en la saga que ocuparía mi vida durante el final del año 2017.

Aun cuando hace años que descarté del saque las industrializadas ofertas de las cadenas transnacionales, decidí probar el producto mercadeado bajo la marca Popeye. Una versión que asegura ser al estilo “cajún” de Luisiana, EStados Unidos.

La experiencia no fue mala si contamos que para los que no pertenecemos a ese mundo de comida industrial, el navegar las para mi complejas ofertas no es una experiencia agradable.

No obstante lo anterior, el pollo no resultó impresionante en lo absoluto. Si bien la llamada carne oscura es aceptable y realmente jugosa, la pechuga resultó decepcionante por lo seca.

Descartadas las opciones industrializadas, recurrí a la sabiduría popular, es decir “Twitter”.

La respuesta no tardó en aparecer. La amiga Marlese Sifre aseguraba en menos de 140 caracteres; “los chinos de Punto Oro” al lado del cuartel de la Policía.

Unos días más tarde, a las 12:05pm crucé la puerta coronada por letras rojas que leen “La Muralla China”. Eso si que es un nombre pretencioso.

De inmediato entendí que ese es un negocio en serio. Una fila como de ocho o nueve personas entre las que destacaban policías, empleados de agencias y corporaciones públicas, así como trabajadores de las fábricas aledañas.

Siempre una buena señal.

Minutos más tarde, estaba frente a la cajera pidiendo el motivo de mi visita, “ocho piezas con papas para llevar”.

Más tarde, en la intimidad de mi casa comprobé que la amiga Sifre, quien cuando de comida se trata guarda una de las mejores tradiciones ponceñas, tenía razón.

El crocante empanado que eleva la textura de la piel del pollo mientras resguarda la jugosa carne del ave es envidiable. Uno sabe que es malo para la salud pero excelente para el espíritu. “Is so bad, it gat to be good”.

La experiencia fue tan agradable que las piezas que sobraron las piqué para preparar una crocante ensalada de pollo frito con cramberries que estuvo genial.

En fin que, aun cuando siga la búsqueda por el mejor pollo frito en la comarca sureña, el que sirven en La Muralla China en Punto Oro ya tiene una mención especial…

Gracias Marlese, cuando viene a pollo frito usted si sabe de lo que habla.

¡Buen provecho!

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