Como no soy religioso, ni muy familiar que digamos, cuando de buscar refugio se trata solo cuento con los amigos. Agraciadamente, durante más de medio siglo de vida he acumulado suficientes para sentirme afortunado o bendecido de alguna manera.

Esta semana ese espacio de amparo vino de unas amigas a quienes, desde nuestros aciertos y diferencias, amo como hermanas. Hablo de “las tías”, es decir Graciela y Wilda, quienes tras el paso del huracán María se regresaron a su casa en la calle Isabel Ponce donde, a diferencia de su casa en el Área Metro, ya tienen servicio de agua y electricidad.

Hace unos días recibí un mensaje de texto donde Graciela me decía que ellas se enteraron de que no la estoy pasando bien, por lo que Wilda quería cocinarme algo.

Fue así como, al igual que en los mejores tiempos del restaurante La Casa de Las Tías me vi subiendo los tres o cuatro escalones que dan acceso a la ahora residencia privada. La experiencia me era familiar, pues fueron muchos los jueves que me di cita en aquel espacio estimulador de conversaciones y bohemias.

Sin embargo, en esta ocasión la experiencia era diferente. El acogedor espacio era solo para mi y para un reducido grupo que me honran llamándome amigo.

Tras un rato donde la conversación se aderezó con alcohol, Wilda se levantó y dijo, “vamos a comer”. Se fue a la cocina y regreso cargando una simple ensalada verde con tomates y pasas, que en la mesa fue complementada con manzanas y chinas mandarinas.

IMG_2745Por supuesto, conociendo la cocina de Wilda me quedé esperando, pues sabía que la sencillez no la caracteriza como chef. No me defraudó.

Para complementar la sencilla ensalada la veterana periodista tenía un aderezo de balsámico y aceite de oliva, perfecto tanto en sus sabores como en el balance de los mismos. La dulce acidez del vinagre domado por la cantidad precisa de aceite de oliva y sal.

De paso, la vinagreta aguantó muy bien el pesado wiski de Tennessee con que me estaba automedicando esa noche.

“La ensalada y aderezo tenían que ser simples para que no opacaran la carbonara” sentenció Titi Wiwi mientras Chela entraba al salón con un plato digo de ofrenda a cualquier divinidad.

IMG_2744Sustanciosa y rica en sabores, la espesa salsa producto de la tocineta, los huevos y la crema elevó la pasta a una experiencia gastronómica cuasi erótica.

De más está confesar que me tuve que dar otro wiskisito por aquello de la digestión.

En fin que a pesar de los vaivenes de la vida, tengo que confesar que soy un tipo afortunado que no cuenta su riqueza en monedas, sino en amistades con la sensibilidad de notar cuando uno necesita refugio.

Gracias Tias, amigas como ustedes me hacen millonario…

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