El Boquerón (1)

Por Gary Gutiérrez

El sol, el calor y la aridez del Valle de Lajas que se extiende a mi mano izquierda mientras nos desplazamos al oeste de la Isla me recuerda, por un lado, que es verano y por otro lado la discusión sobre el calentamiento global.  Igualmente viene a mi mente, el deterioro de la carretera da fe de cómo está la infraestructura del País.

Minutos más tarde, mientras la Virgen Negra de Monserrate nos mira desde su Santuario en Hormiguero, me doy cuanta cuán deteriorada está nuestra economía. Décadas atrás, durante cualquier fin de semana de verano, la carretera número dos que conocemos como “La Militar” era un enjambre de empresarismo silvestre encarnado en negocios ambulantes.

De golpe, mi mente regresó y se llenó de optimismo nuevamente cuando en medio de esa pesimista reflexión, José Raúl Cepeda, ese Indiana Jones del chinchorreo boricua que hoy hace de chofer, decide que debemos desviarnos por Guanajibo y visitar El Boquerón Meditarranean Cuisine, un “garito” gallego que ubica en el barrio de Joyuda, Cabo Rojo.

Después de todo, es domingo y aquellos problemas que me ocupaban la mente estarán allí mañana lunes.

Así que, por hoy “let it be”…

El Boquerón (8)De entrada, siendo ya casi la una de la tarde la cosa no pintó bien, estaba vacío. Pero, como el lugar vino recomendado por la comidista y doctora mayagüezana Doris Iturrino, mantuve mi fe.

El tiempo absorbió a la galena… y de que manera.

Al entrar, don Julio el dueño y cocinero estaba reunido en torno a una mesa de ajedrez con sus hijos, Luis y Natalia. Inmediatamente, al vernos los jóvenes se levantaron para conducirnos a una de las sencillas mesas azules ubicada frente al enorme ventanal que abre el salón al Canal de la Mona.El Boquerón (5)

Ante aquel paisaje, y con el calor afuera del salón rayando los tres dígitos, pedimos un Albariño. Tras ser consultado por su hija, don Julio sentenció que teníamos que probar el Marieta de Rias Baixas. Era un vino verde que resulto de maravilla, tanto para acompañar las gambas, las empanadillas de langostas, así como para domar los chorizos txistorras que don Julio monta sobre papas fritas.

El Boquerón (2)El surtido de tapas fue precedido por una canasta de pan, cortesía que todavía se acostumbra por esa área del País, y que en El Boquerón se acompaña por un alioli de ajo hecho en la casa. La simple complejidad del aderezo resultó un ejemplo de las mejores características de la culinaria en El Boquerón.

El Boquerón (4)Percibiendo nuestro interés por su gastronomía, Don Julio se acercó a la mesa para explicar su menú, pero igualmente para lanzar un reto. Su pulpo a la gallega es “el mejor que te hayas comido” dijo.  Ante aquella demostración de seguridad culinaria, no quedó de otra que aceptar el reto.

Tras escuchar el desafío del seguro cocinero, mi mente volvió al lugar donde guardo los mejores ejemplos de pulpo que recuerdo. Uno que comí en un pequeño negocio del Barrio Gótico en Barcelona, el que mi padre preparaba en vinagreta criolla para Semana Santa, el que sirven en El Gallego de Santo Domingo, República Dominicana, y uno maravilloso por su simpleza que probé preparado a la parrilla en El Idilio de la Avenida de los Presidentes esq. 15 en el Vedado de la Habana. Por supuesto, no puedo dejar fuera el que prepara en su casa el amigo Rafí Emmanuelli, para mí es el referente de la textura cuando viene al pulpo.

El Boquerón (6)Unos minutos más tardes, y ya en la tercera copa del Marieta de Rias Baixas, la razón de nuestra concupiscencia gastronómica entraba a la mesa. Un plato simple como una joven mujer que no necesita de maquillajes ni accesorios para acaparar la tensión del salón. Una belleza simple que invita a ser disfrutada con calma. Perdonando el machismo, de paso.

Las expectativas no se defraudaron.

Solo con el primer bocado don Julio dejo claro su dominio sobre nuestro paladar. Tierno pero firme, el delicado sabor del molusco, protagonista principal del plato, se complementa, pero no se opaca con el pimentón y el sabroso aceite de oliva que bañaba las fetitas de papa hervida a perfección.

Luego de esa experiencia solo quedaba terminar el vino y dormir mientras el amigo Cepeda conducía de regreso a Ponce…

Buen Provecho.

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