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Presentado por Gary Gutiérrez ante a facultad de la Universidad del Turabo en Ponce

Antes de comenzar quiero agradecer a María por la invitación que me extendió para ser parte de este panel. Sin embargo, igualmente quiero confesar que la encomienda me aterra pues, de pedagogía se muy poco. A pesar de que llevo más de treinta y cinco años compartiendo mi vida con una pedagoga, y tal vez por mi anarquista visión de la academia, admito que no entiendo las conversaciones con sus colegas y mucho menos comparto muchas de sus premisas teóricas o metodológicas.  Esto no quiere decir que no respete la pedagogía como disciplina o como saber. No se suficiente para tener una opinión válida.

Así que, ante la interpelación de María, ser humano extraordinario que como ustedes saben nadie le puede decir que no, decidí desempolvar un ensayo que redacte unos años para cumplir con uno de los requisitos del proceso de reclutamiento de profesores del Sistema Universitario Ana G. Méndez.

Comencé aquella alocución escrita estipulando que como sabia poco de pedagogía, lejos de adentrarme por el laberinto donde se pasearon gigantes como Illich y Freire, ante las preguntas sobre el rol del profesor o profesora, o sobre cuáles estrategias son más o menos adecuadas para ayudar a los jóvenes en la universidad, prefería buscar contestaciones en un terreno más conocido para mí. Así que lejos de reinventar la rueda, ante la pregunta sobre retención que hoy nos convoca, recurro a la misma estrategia. En vez de hablar desde el arte de la enseñanza, prefiero partir desde un saber que entiendo manejar mejor, el estudio de la desviación. Específicamente desde el acercamiento la Criminología Cultural. Saber criminológico desarrollado por distinguidos colegas como Jock Young, Jeff Ferrel y Keith Hayward, quienes explican que para poder entender la mente del desviado o criminal, se debe uno poner en el sitio del desviado o criminal. Acercándose así al criminal etnográficamente, como un antropólogo que se adentra en la intimidad de una cultura desconocida, para desde su interior entender la forma en que esos individuos ven el mundo, cómo lo manejan y sobre todo qué estrategias desarrollan para sobreviven. De esta manera, conociendo la forma en que esos individuos desviados entienden este mundo posmoderno o de modernidad tardía, según los criminólogos culturales, no solo se puede entender el por qué se comportan como se comportan, sino que además se puede ver cómo en muchos casos, la sociedad no les dejó otra alternativa que no fuera la desviación.

De este modo, y tomando prestada la etnografía como herramienta, antes de tratar de retener a estos jóvenes con saberes que muchos, por sus carencias y deficiencias educativas, ven como innecesarios, aburridos o totalmente impertinente a sus vidas, me parece que lo primero que uno debe hacer es tratar de entender la visión que esos jóvenes tienen de mundo. Es decir, desvestirnos de nuestros prejuicios y concepciones productos de nuestras experiencias personales y tratar de sentir cómo se ve la sociedad desde la marginación social, económica o sentimental que viven, o sobreviven, muchos de nuestros y nuestras estudiantes. Es tratar de concebir lo que es pasarse el día entero con una bolsa de Doritos y un refresco, pues los dos o tres pesitos que tenía se fueron en la gasolina para llegar a la universidad. De igual manera, es sentir el terror que implica el que me asignen a leer una novela, cuando en mi casa nunca vi un libro.

Peor aún, es sufrir el aburrimiento de tener que leer, novelas que tratan de cosas tan ajenas a mi realidad como es la vida en cañaverales o el amor prohibido de alguna pareja en el siglo diecinueve.

Solo calzando esos zapatos y mirando el mundo desde esas experiencias, el o la educadora puede traducir el saber de sus disciplinas a un lenguaje con el que los y las estudiantes tengan resonancia, que les haga sentido y que tenga vigencia y pertinencia en su vida. Más importante aún, solo partiendo de un profundo conocimiento de ese mundo que habitan esos jóvenes, puede la academia hilvanar un discurso que verdaderamente les retenga y le explique el mundo que ellos y ellas experimentan día a día en su comunidad.

Repito, no soy pedagogo, pero me parece que, si se logra construir un discurso que a los y las estudiantes les haga resonancia, un saber empaquetado en una literatura que les hable de sus comunidades disfuncionales, de familias que como en las que ellos y ellas experimentan mil problemas cada día, se logrará ese despertar de la necesidad de saber más y de quedarse en la Universidad.

Regresando a la criminología para usarla de ejemplo sobre esto que trato de explicar. Muchos de nuestros estudiantes vienen de sectores marginados donde la criminalidad, la violencia o por lo menos el narcotráfico, no solo son parte de la cotidianidad, en algunos casos son las actividades que definen la forma de vida.  ¿Cómo yo voy a lograr despertar el interés de ese o esa joven en el saber criminológico, si el pensamiento o teoría que utilizo para explicarle parte de visiones ilusorias producto de idealistas pensadores del siglo XVIII o el XIX? ¿Cómo puedo despertar el interés de un joven, si mi explicación parte de un juicio moralista que desde el principio del siglo XX condena la única actividad económica que funciona en su comunidad y que posiblemente sea la única fuente de empleo para parte de su familia?

Para lograr ganarnos la mente de esos y esas jóvenes, me parece que lo primero que debemos hacer es acercarme a ellos sin juzgarles, como él o la etnóloga. De esta forma, una vez entendamos el miedo que en su comunidad se siente por la policía, conciba yo la desconfianza que tienen frente a las agencias de gobierno, o sepa lo que es ser discriminado para un trabajo por ser de esa comunidad, puedo estar listo para ayudarles a que busquen explicaciones a fenómenos como el de la criminalidad, por ejemplo. Pero es buscar explicaciones que estén basadas en el maridaje entre el saber académico y la experiencia comunitaria y que les permita encontrar tanto explicaciones a esa criminalidad, como posibles soluciones o formas de manejar la misma.

En mi corta vida en el salón de clase tuve una experiencia que me demostró que cuando uno les habla a los estudiantes desde su realidad, estos responden y desarrollan interés. Hace años atrás, mientras explicaba en clase una teoría de la criminología crítica que apunta a como la marginación económica junto a las falsas necesidades de consumo pueden crear las condiciones para que muchos de nuestros jóvenes varones vean el narcotráfico como alternativa para subsistir, un estudiante se acercó para decirme que esa teoría “era verdad”. En su caso, como no encontraba otro trabajo, para poder subsistir y pagarse lo necesario para estudiar, él tenía que trabajar en un punto de drogas los fines de semana. La honestidad y confianza de su comentario produjo una larga conversación de pasillo que me permitió aprender muchísimo sobre el tema que se supone debía ser yo quien enseñara. Luego de aquel encuentro, el joven terminó mi curso. No sé si terminó la carrera, pero lo último que supe fue que dejó la calle y que trabajaba en construcción, donde por supuesto era  más seguro.

En fin, para mí lo más importante de esa experiencia es que desde ese día, parece que ese joven descubrió que la universidad no era solo un sitio para “hacer el tiempo”. Quisiera pensar que luego de aquella clase, y de su honesto comentario, el joven descubrió que en los salones universitarios podía encontrar posibles explicaciones a las situaciones que conformaban su vida e incluso hasta puedía desarrollar algunos instrumentos para manejar las mismas.

Honestamente no sé si lo aquí expresado contesta o no la pregunta que convoca a este foro, no obstante, es la única respuesta que tengo ante el tema de la retención. Es más, con toda honestidad la única herramienta que tengo para tratar de retener mis estudiantes es el tratar de conocerles mejor y el trata de entender como ellos ven el mundo.

Pero para eso, tal vez debemos seguir el llamado a descriminalizar la criminología que hace John Muncie. Es decir, tal vez para retener lo primero tengamos que hacer es despedagorizar la pedagía.

 

Salud y resistencia

Gary Gutiérrez
5 de mayo 2017
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* Este título refrasea el usado por John Muncie en su ensayo: Descriminalizando la Criminología

 

 

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