Librería El Candil de Ponce

20 de abril 2016

 

posverdad

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te mienten

El riesgo de la mentira

 Por: 

Inicio con el pensamiento que comparto en la portada de mi cuenta en Twitter: “El riesgo de la desconfianza es que mata la solidaridad. Las mentiras son abono para el caldo de cultivo de la tiranía.” Espero acepten esta propuesta como una provocación, un estímulo a la reflexión y al diálogo continuo sobre el tema, y proponernos como ejercicio obligado, la exposición selectiva de medios y mensajes.

A lo largo de la historia de la Humanidad, el poder siempre ha manipulado la información para su propio beneficio.  Lo hace a nivel micro, en los grupos sociales como la familia, y lo hace a nivel macro en los gobiernos, empresas y religiones. Las instituciones socializan a los ciudadanos para que respondan a dicho poder a través de otras instituciones como la educación y los medios, definiendo contenidos que adapten al individuo a los intereses de quien manda. Es el método por excelencia de lograr obediencia, sea en el modelo totalitario o en la democracia.

El periodismo del siglo veinte, se ejerció a través de empresas mediáticas, algunas pertenecientes a grandes imperios comerciales, y definió la verdad como su principal valor. Así ganó prestigio y confianza.  Casos como las investigaciones periodísticas de Watergate y Cerro Maravilla, lo validaron. Se posicionó como el “cuarto poder”, para proyectarse como balance en la democracia republicana. Pero poder al fin, también se sometió a la tentación de controlar los datos para su beneficio, ideológico y económico.

En ese mismo siglo, al periodismo le nació un hermanito quien vino, en ocasiones a ayudar en la tarea y en otras a competir o distraer.  Le pusieron “relaciones públicas”: una joven profesión que tuvo sus inicios en la oscura propaganda de guerra pero que ha evolucionado a una donde el interés público prevalece, cuando se ejerce de forma ética. Menciono esto porque los relacionistas se han ganado en las décadas pasadas cada vez más exposición noticiosa, lo que llamamos publicity, que no debe caer en lo que  llamamos falsas noticias. Los comunicados y conferencias de prensa requieren el filtro editorial y el buen periodismo solo publicará aquello que verdaderamente tiene valor noticioso y está corroborado. El relacionista que no entienda esto, no conoce su deber.

Hoy en día, clasificamos los medios en tres categorías: medios propios, medios comprados, medios ganados. Los primeros son aquellos de los cuales somos dueños o tenemos control del contenido que se publica, sea el gran periódico o tu página de Facebook.  Los segundos, en los que compramos tiempo o espacio, como lo hace la publicidad y la nueva modalidad de mercadeo de contenido. Y los últimos, donde podemos ubicar la estrategia de publicity que mencionamos, ahora se refieren más a la capacidad de compartir voluntariamente información en medios de otro, de forma espontánea y gratuita, como hacemos con los shares o los re-tweets en las redes sociales.

En la actualidad, la tecnología ha facilitado el que una parte significativa de nuestra sociedad tenga acceso a medios propios que le permiten publicar contenidos de la más diversa temáticas y calidad, compitiendo en atención, con lo que tradicionalmente conocíamos como noticia, el género más común del periodismo. Esa misma tecnología ha ido adaptando a la mente humana a crear realidades alternas para gratificación personal.  Desde niños nos vamos acostumbrando a vivir, a través de juegos y plataformas virtuales, vidas irreales que llenan toda la jerarquía de necesidades emocionales que Maslow nos enseñó.

Por esto, no me extraña que estemos hablando de la palabrita de moda, la posverdad, como una realidad alterna que decidimos creer porque nos llena emocionalmente aunque no sea verdad. En otras palabras, nos hemos acostumbrado a vivir de mentiras, si lo que es verdad no nos produce emoción gratificante. Suena a una transformación de la negación típica, pero ahora, no solo negamos la verdad, sino que inventamos una que llene esa necesidad de información. Podemos decir que vivimos en la era de las verdades propias, las verdades ganadas y las verdades compradas.

Si bien es cierto que la presidencia de Trump ha provocado mayor interés en el tema, por lo inminente y riesgoso, esto de la manipulación de la información noticiosa no es nada nuevo. No tiene que ser todo falso.  De hecho, las medias verdades se creen con mayor facilidad. El proceso de gatekeeping, o selección en la información que se publica, o del espacio para su publicación, o de los portavoces que representan una causa, son todas estrategias que buscan un efecto en la audiencia, un efecto que beneficie al emisor.

Pero esa selectividad del medio, limita los puntos de vista a que nos exponemos a la hora de formar nuestras opiniones y actuar.  Y esto no tiene que ver con ideologías de derecho o izquierda.  Esto lo hace todo el que tiene poder de controlar la información. Hay que añadir que también nosotros limitamos los medios e información a los que nos exponemos, pues usualmente buscamos lo que nos gusta y satisface. Se añade a esto la diversidad de contenidos que se perciben como noticia y no lo son, como ocurre con los programas de chismes, los artículos auspiciados o entrevistas pagadas en noticieros.

Si nos aferramos a la función básica del periodista que es la de informar contenidos relevantes de actualidad para que el ciudadano común pueda tomar decisiones libremente y adecuadamente informado, tenemos que preguntarnos, ¿es eso lo que puede hacer hoy un periodista, considerando los contextos en los cuales trabaja? Y pero aún, ¿es eso lo que quieren escuchar y leer los ciudadanos?

El foro se llama Te mienten, pero podemos cambiarlo a una pregunta, ¿Te gusta que te mientan? ¿Te hace sentir mejor la mentira que la verdad?  ¿Prefieres estar informado o entretenido? ¿Vale aquello de que “ojos que no ven, corazón que no siente”? Antes, la transmisión de la información era más lenta y limitada.  Pero ahora, el menú de opciones rápidas para tener respuestas inmediatas, es infinito. No hay tiempo de procesar ni verificar, pues queremos tener los datos que nos hagan sentir bien, y tenerlos antes que cualquier otro.

Y cuando hay tantas verdades rondando nuestro entorno, físico y virtual, llega un momento en que comenzamos a desconfiar del otro.  La incertidumbre sobre la verdad, cuando ves que la tuya es diferente a la del vecino, y eso te parece amenazante, se hace más difícil tener una sociedad solidaria, dejando el camino libre para que el que está en el poder, abuse.  ¿Les suena familiar?

El problema es una ciudadanía cada vez más alejada de la noticia de hechos reales, relevantes para la sociedad, más atenta al entretenimiento y a un tipo de voyerismo farandulero. Una ciudadanía abrumada y angustiada por una lucha constante por existir, que busca en los medios escape, no que le traigan más problemas y responsabilidades. Con los propios le es suficiente y no conecta que los suyos tienen origen social.

Entonces: ¿cuál es la solución? ¿Seguir cada uno como el avestruz, enterrando nuestra cabeza en la arena movediza de la información virtual? La posverdad se está tornando viral y como con cualquier virus, hay que aplicar prevención para parar la epidemia.  La medicina es la educación.  Y no me refiero solo a la formal, que igualmente está en crisis, sino a las ganas de aprender que hay que inculcar en ese proceso de socialización que le hemos dejado a las instituciones de poder, sin cuestionarlo.

Hay que estimular un aprendizaje invisible y continuo, en todas las esferas de nuestras vidas, sin miedo a cuestionar, no importa la autoridad que nos provee los datos.  La información es un valor, que tiene precio.  Se compra y se vende.  Pero lo que somos, nuestros conocimientos, actitudes, creencias, opiniones,  se forman de la información a la que nos exponemos, procesamos y decidimos aceptar.  Si solo la filtramos con  emociones, sin un proceso empírico, estamos a la merced de quién nos miente.

Escapar de la verdad es un ejercicio inútil, aunque emocionalmente gratificante. Cuando lo hacemos como hábito en nuestro carácter personal, ponemos en riesgo nuestra salud mental.  Pero cuando esto ocurre en una sociedad, una que prefiere que le mientan, creerse que somos un país rico, pacífico, educado, próspero y libre, las consecuencias son graves para todos.

Es entonces cuando basamos nuestros actos en datos irreales, razón por la cual no es posible alcanzar cambios. Nadie cambia si se siente bien como está. Mientras nos diviertan la atención hacia lo extraordinarios que somos, no podemos ver lo que tenemos que mejorar.  No es ser pesimista, sino realista.  Y solo se puede ver la realidad cuando nos movemos a experimentarla desde distintos puntos de vista. El valor de la información debe estar basado en lograr la libertad para definir una convivencia de beneficio mutuo y no un recurso de control social.

Ya Plantón nos hablaba de la posverdad con su metáfora de la cueva. Ser engañados parece ser una predisposición de los humanos, que han sabido capitalizar los poderosos para control social, político y económico.  Y los medios, como parte de ese poder económico han sido cómplices.  Y nosotros, cada uno de nosotros que creamos diariamente contenidos en nuestros propios medios virtuales, seremos cómplices si no reflexionamos antes de darle ese “like”.

Te Mienten

Por: Michelle Estrada Torres

Antes de comenzar, quiero hacer la salvedad de que estoy aquí en mi carácter personal, como periodista por las inquietudes que tengo respecto a lo que ocurre en mi oficio, y no en representación de mi patrono.

Vamos, pues, a lo que nos ocupa.

En junio de 2010, un reportero de un noticiario televisivo anunciaba la muerte del alcalde de Caguas, William Miranda Marín, pero resulta que todavía no había muerto.

El 7 de julio de 2011, una emisora radial AM publicó, por fuentes, que había muerto Ricardo Alegría. Periódicos, emisoras competidoras y televisoras reprodujeron la noticia de inmediato en las redes sociales y portales web, sin antes confirmar que efectivamente murió, solo replicando lo que dijo la primera emisora. En este caso, Ricardo Alegría sí había fallecido.

El 9 de febrero de 2017, el día que Oscar López Rivera fue traído a Puerto Rico, un programa televisivo, no periodístico pero que se vende como tal, cuestionaba por qué el séquito que le acompañaba no permitía que se le acercaran ni que le hicieran preguntas, si él era “un hombre libre”. Sabemos que, todavía hoy, sigue estando preso.

El pasado martes, el presidente de la Cámara de Representantes dijo que se prohibió la entrada al Capitolio a personas que querían visitar legisladores y presenciar la sesión, debido a que el lunes por la noche hubo altercados y violencia. Lo que no se publicó en los medios, junto a esas expresiones, fue la contextualización de que el arresto de un manifestante y los daños al edificio ocurrieron luego de todo un día de puertas cerradas sin explicación.

Ayer, miércoles, el presidente del Senado dijo en emisoras radiales que se prohibió la entrada al Capitolio porque las personas habían ido allí a provocar y en actitud violenta. Pero no se le preguntó al aire por qué se restringió el acceso a periodistas y tampoco se aclaró como parte de la nota periodística que a la Comisión para la auditoría del crédito no se le permitió pasar aun cuando llegaron antes de que comenzara la manifestación ciudadana.

Este foro se viene cocinando desde febrero, por invitación de Gary, que nos lanzó las siguientes preguntas:

¿Siempre mintieron los medios?

¿Mentir es más lucrativo?

¿Las redes sociales hacen más fácil la mentira?

¿Cómo los políticos descubrieron que la gente no quiere escuchar la verdad?

Al mentir, ¿violan los medios y los políticos el derecho de los pueblos?

A mi modo de ver, todas las respuestas son afirmativas. Cuando hablamos de desinformación, hablamos de decir medias verdades, ocultar información, exagerar, manipular, no contextualizar, dar “hechos alternativos”, o mentir propiamente, publicar noticias falsas, que en periodismo llamamos bulo y que está de moda decirles “fake news”.

Ahora bien, este asunto hay que mirarlo desde dos perspectivas: los medios de comunicación y la audiencia. Cómo está funcionando cada cual es lo que debemos analizar y cómo lo enmendamos es lo que nos toca pensar, proponer y ejecutar.

Claro, medios de comunicación hay de todo tipo y propósitos, por eso quiero concentrarme en los medios periodísticos. Porque cuando se incurre en las acciones antes descritas no se cumple con la función del periodismo de recopilar y corroborar información con el objetivo de publicarla para que la gente se entere y tome decisiones libremente; ni con la obligación de publicar solo hechos verdaderos con responsabilidad y ética.

LOS MEDIOS PERIODISTICOS

Entonces, ¿por qué y cómo miente la prensa? Pues hay varias razones, unas involucran intención y otras ignorancia. Pero ninguna exime de responsabilidad.

  1. La agenda del medio – Todo medio tiene una línea editorial determinada por sus objetivos e intereses económicos, políticos y sociales. Eso hace que publique información que cumpla con ciertos parámetros. En el proceso, puede decidir publicar mentiras, medias verdades, información manipulada u ocultar información. Se puede dar el caso de que si le afecta adversamente, no lo cubre ni lo publica.

Actualmente, hay medios que tienen una agenda de represión y criminalización de la protesta, donde escasas veces o nunca se les da foro a los grupos de la sociedad civil que están protestando por algo, sino que el Estado tiene control amplio de la información. Entonces tenemos que preguntarnos si eso es válido y cabe dentro de su línea editorial, o si a pesar de esa línea editorial el deber de todo medio periodístico es publicar información balanceada, cubrir todos los ángulos, darle espacio a multiplicidad de voces, decir la verdad por encima de cualquier consideración.

  1. El medio puede ser cómplice de la mentira de otro al menos de dos maneras: a propósito o si no corrobora la información. ¿Qué hubiera pasado si Ricardo Alegría no hubiera muerto aquella mañana? Todos los que reprodujeron la noticia de la emisora radial hubieran incurrido en la mentira. Diariamente, montón de individuos, los que se hacen llamar “info junkie”, páginas de Facebook, cuentas de Twitter reproducen lo que otros publican, sin que les conste que es cierto. Pero un medio periodístico no puede darse ese lujo, porque no está cumpliendo con el ejercicio básico de corroborar los datos  y filtrar la información.

III.          El afán de publicar primero en redes sociales y web. Cuando surge un “breaking news” por supuesto que hay presión para publicar, pero hay que corroborar si el hecho es cierto. Puede tratarse de una muerte, de una decisión judicial, de la firma de una ley, un motín, un accidente, y lo que no cambia es la responsabilidad que tenemos de publicar lo correcto.

  1. Poco personal o personal inexperto, sin educación, sin calle y sin ética. Las redacciones de los medios de prensa se han llenado de personas que no necesariamente tienen la preparación periodística básica o que, teniéndola, optan por la espectacularización de la noticia. También se pueden cometer errores por desconocer sobre determinado tema, o no preguntar lo que corresponde por ignorancia. Es una cuestión de conocimiento y ética, y cuando se permite es porque tiene el aval de la empresa o por falta de supervisión.
  2. El comunicado de prensa como noticia y la publicación de “noticias” por parte de relacionistas y oficiales de prensa. Hay personas que trabajan simultáneamente como reporteros y oficiales de prensa, a pesar del conflicto ético que ello representa. Y hay algunos, incluso, que organizan la rueda de prensa y se cubren ellos mismos, o que redactan el comunicado de prensa y se lo publican a sí mismos. También hay personas que trabajan como oficiales de prensa de políticos que mantienen simultáneamente espacios periodísticos y hacen de entrevistadores de sus jefes sin advertirle a la audiencia la relación contractual que tienen. Eso también ocurre con equipos deportivos.
  3. Cantidad versus calidad – La urgencia de actualización nos obliga a producir y producir. Hay que cumplir una cuota de “noticias” al día y “rellenar” espacios. Hay presión para subir los clics, ratings, audiencia, likes, shares.

VII.        La obstrucción del acceso a la información y la mordaza institucional hace que las noticias queden incompletas. El gobierno se niega a dar información pública. Los periodistas dependen de otras fuentes.

VIII.      No se invierte en el periodismo. Ejercer bien el oficio cuesta. Tener buenos periodistas y los recursos adecuados cuesta.

  1. Cada vez hay menos periodistas en los medios y hay medios que no tienen periodistas. Aquí se da el fenómeno también de espacios creados en redes sociales que se venden como medios periodísticos, pero que realmente no hacen periodismo. Sin embargo, hay un sector de la población que los valida como prensa y no notan la diferencia.

Eso me lleva, entonces, a discutir la otra parte importante de esta ecuación, que es la audiencia.

LA AUDIENCIA

  1. La gente no diferencia entre un medio periodístico de otro que no lo es.
  2. La gente busca enajenarse – tiene preferencia por temas banales, de farándula, entretenimiento, chismes.

III.          La gente se queda en los titulares y no profundiza en la información, y reaccionan sin tener los elementos completos

Me pregunto, como audiencia, ¿buscamos la verdad? ¿Nos importa?

Por lo menos a mí como periodista sí me importa, y creo que hay mucho por hacer, tanto desde los medios de prensa como con la audiencia.

  1. Los periodistas y trabajadores de los medios tenemos que ser autocríticos y denunciar lo que está mal para provocar las reformas que necesitamos.
  2. La audiencia tiene que exigir el cese de publicación de contenido falso, manipulado y de las medias verdades

III.          La audiencia tiene que aprender a consumir los medios, consultar diversidad de fuentes, averiguar sus conexiones políticas y económicas, analizar su línea editorial y consultar el “by line”. Hay que saber quién escribe y da el informe televisivo o radial.

  1. Las universidades, organizaciones y profesionales del periodismo debemos fomentar y patrocinar la literacia mediática, que no es otra cosa que el entendimiento de cómo funcionan los medios y cómo aguzarnos para que no nos engañen.

 

La invitación queda para que reflexionemos y continuemos la conversación. Gracias.

¿”Posverdad” o “Posrazón”?

Por Gary Gutiérrez

Saludos a todos y todas.

Antes de adentrarme en el laberinto de ideas a ser discutido hoy, quiero dejar claro que no soy experto en comunicología o sociología. Mucho menos me considero intelectual, académico o estudioso de la prensa o de la verdad.  Es así que me presento antes ustedes solo como un crítico, y a veces cínico, observador social que desde su experiencia como reportero de provincia y ahora co-mantenedor de un programa de radio, tiene preguntas y preocupaciones sobre el rol de los medios de comunicación social en estos tiempos Trumpistas.

Al buscar en la internet encontramos que la discusión en torno a las noticias fatulas o “fake news”, término que nos convoca hoy, regularmente se contextualiza en torno a eso que llaman la “posverdad”. Es decir, a eso que el Diccionario Oxford escogió como palabra del año en el 2016, y que más o menos define como “la circunstancia en que los hechos objetivos tienen menos influencia en formar la opinión pública que las apelaciones a la emoción y las creencias personales”.  La española Irene Lozano ilustra esa definición diciendo que éramos Diderot y nos hemos convertido en Homero Simpson. Acriollando el ejemplo podemos decir, éramos Hostos y nos hemos convertido en el Guitarreño.

Tomando como adecuada la definición del Diccionario Oxford, y al vincular la misma a las noticitas fatulas o “fake news”, podemos inferir entonces que las últimas son información que derivan su credibilidad, no de datos empíricos y constatables, sino de respuestas emocionales o emotivas a la información. Sobre todo a las informaciones visuales, que por su naturaleza son más emocionales o emotivas .

¿Recuerdan la humanitaria crisis de refugiados escapando a los conflictos del norte de África?

Por meses, tal vez años, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados viene denunciando la crisis como una sin precedente que requiere de voluntad política para poder ser manejada

Probablemente no muchos recordamos o conocemos las declaraciones del Alto Comisionado. Sin embargo, si en vez de hablar de datos y cifras constatables y medibles, les hablo del inerte cuerpecito de un niño sirio en una playa de Turquía, la historia y para los efectos la crisis reaparece en nuestro consiente colectivo.

Lo que el ejemplo anterior nos lleva a ver es, cómo el conflicto de la institucionalidad en Siria se convierte en noticia pues la imagen del pequeño cumple con los tres aspectos que según Damian Zaitch hacen que, en esta época, un suceso se convierta en un fenómeno viral.

Es decir:

  • Es inmediato y emocionante
  • Es fácil de identificar uno bueno y uno malo
  • Esta descontextualizado histórica y socialmente

En fin, que pudiéramos decir que el resultado de la imagen del niño sirio muerto fue que la misma apuntó a que en Siria hay una crisis terrible e inhumana -emoción-, con en un gobernante -el malo- que abusa de la población -los buenos-. La lógica simplista es la misma ahora utilizada para reaccionar a imágenes igualmente emotivas de las víctimas que nos dicen fueron atacadas con armas químicas por parte del gobierno Sírio. Es tan simple que hasta el payaso de Trump lo entiende.

Por supuesto, se deja fuera de la emotiva ecuación los miles de años de conflictos por el control de ese pedazo de tierra. Tampoco se incluyen los cientos de años que llevan los europeos controlando esa región con la intención, no solo de controlar el comercio entre tres continentes y probablemente entre casi la mitad de la humanidad, sino de controlar la salida del petróleo regional al Mediterráneo. Seguro, yo soy el cínico y no los que utilizando víctimas colaterales anónimas tocan tambores de guerra, no para salvar vidas vulnerables, sino para garantizar el flujo de petróleo por un lado y para justificar a un megalómano narcisista que necesita mantener la ilusoria idea de que es un hombre de estado.

Así, eso que llamamos verdad no solo parece ser lo que nos emociona o confirma nuestros prejuicios. En nuestra época es lo que nos emociona o confirma nuestros prejuicios visualmente. Después de todos, y según el recientemente fallecido Giovanni Sartori, gracias a la televisión,  durante los pasados setenta años el llamado homo sapiens evolucionó de ser el hombre o mujer que piensa, al hombre o mujer que ve. Es decir, hemos mutado a un ser que Sartori llama el homo videns. Unos seres cuya capacidad de pensamiento abstracto se ha castrado por su alta dieta de información pre-digerida y consumida en forma de imágenes.

Ahora, en esta discusión me surge la pregunta de por qué llamamos a esta época pos-verdad. Es como si en algún momento eso que llaman “verdad” hubiera existido como fenómeno real, y no como el resultado de relaciones de poder donde el pensar del poderoso siempre termina imponiéndose como única realidad válida. Noción que Michel Foucault y Jacques Derrida desacreditaron llamándole “la gran narrativa”. Teoremas o constructos que se repiten, sobre todo por instituciones de formación ideológica como las educativas y los medios de información, hasta convertirlas en premisas “reales” y “neutrales”.

  • En la democracia, lo sagrado es el voto y el que no vota no tiene derecho a cuestionar
  • En nuestra sociedad todos tenemos las oportunidades que queramos.
  • Para crear empleos tenemos que darles espacios y beneficios a las empresas. Trabajando disciplinadamente podemos salir de la pobreza.
  • Cuando la clase empresarial crece, todos nos beneficiamos.
  • Tienes derecho a protestar, pero no a interrumpir el derecho de otros.
  • La delincuencia es falta de valores y se resuelve con dos pescozones.

Son solo ejemplo de esas verdades que se repiten como mantras. Peor, que diariamente se toman como incuestionables puntos de partida para la discusión o para currículos y para un sinnúmero de reportaje y notas periodísticas.

Partiendo de lo anterior entonces, me es difícil afirmar que ahora vivimos en la era de la pos-verdad, pues en realidad nunca hubo tal verdad. Ahora lo que sí parece es que, en esta época, la aparición de las llamadas redes sociales, es decir de las tecnologías que permiten que más sectores tengan acceso a la libertad de publicar sus pensares, o sus verdades, puede que se esté retando un poco esa noción de la verdad de unos pocos como verdad hegemónica. Digo “puede que se esté retando”, pues tras poco más de una década, ya los poderes hegemónicos en la sociedad aprendieron a, no solo manipular el contenido en las redes sociales y a controlar los mismos, también aprendieron a beneficiarse de la información que en esas herramientas se produce indirectamente y que genera valor añadido para la mercadotécnica.

En fin, me es difícil aceptar eso de que vivimos en la era de la pos-verdad. Porque como dije parto de que no hay tal cosa como “verdad” en sí misma, nunca la hubo. Lo que hubo fue verdades impuestas desde lo hegemónico. Lo que sí me parece lógico es que, dentro de las fronteras del entendimiento humano, la única verdad aceptable debiera ser la búsqueda constante del entendimiento mediante el cuestionamiento de todo, el método, y el proceso de la “razón”.

Me tengo que preguntar entonces si en vez de hablar de pos-verdad, en esta época debiéramos hablar de pos-razón. Al decir que “los hechos objetivos tienen menos influencia en formar la opinión pública que las apelaciones a la emoción y las creencias personales” no me parece que se define el concepto “pos-verdad”. Me parece que lo que se define es “pos-razón”. Es decir, poco a poco, mediante la educación disciplinaria y los medios de comunicación a su servicio, la institucionalidad y el orden social capitalista producto de la ilustración moderna, parece ir formando un sujeto que consume acríticamente tanto los productos materiales, como los ideológicos de esta sociedad pos-industrial.

¿Cuál entonces es el rol de los medios de comunicación, sobre todo los informativos en esta realidad pos-razón?  Ya que aun cuando, con la transferencia de información intencionadamente o no se termina educando o mal educando, no creo que realmente se puede decir que el fin de medios de comunicación en el siglo veintiuno es educar. Claro si es que en algún momento lo fue. Al contrario, todo apunta a que el fin de los medios es ganar dinero difundiendo información y entreteniendo de fácil consumo. Por tanto, se pudiera decir que la educación que de este proceso se deriva es solo un resultado colateral no intencionado y no un fin en sí mismo.

Al mirar los procesos mediáticos, sobre todo el periodismo matizado por la supuesta imparcialidad del mensajero, lo que vemos es una discusión “dialéctica” entre las diversas posturas o verdades en torno a un tema específico. Ambas apelando a las emociones y a la ideología en vez de a la razón. Por supuesto la propia discusión termina, o más bien comienza, validando una de las premisas como correcta -la institucional-, al definir la otra como respuesta.

Mirando de esta manera no nos puede sorprender entonces el resurgimiento del pensamiento pre moderno o medieval que hoy lleva a gran parte de los estadounidenses a tomar la Biblia literalmente y a pretender que los mitos que en ella se presentan sean parte del currículo de ciencia en las escuelas. Igualmente es atendible que otra parte de la sociedad en estados Unidos repita como mantra el dogma de un ilusorio capitalismo que nos llevará a todos al paraíso económico.

Ahora y regresando al tema de los medios de comunicación en este contexto. Me parece que, si el periodismo quiere generar alguna pertinencia más allá de su rol reproductor de la institucionalidad, debe reformular sus estrategias y dejar de verse a sí mismo como campo de batalla para las ideas o verdades irreconciliables que al fin y al cabo terminan reproduciendo la institucionalidad.

Es decir, en vez de estar entreteniendo a la gente con lo que dice uno versus lo que dice el otro, como si fuera un encuentro de lucha libre oral, la prensa debiera enfocarse en cuestionar desde sí mismas las premisas y bases ideológicas de cualquier propuesta o discurso que pretenda ocupar la conversación pública. Que sea la razón como proceso constante de cuestionamiento y no la llamada búsqueda de la verdad imparcial el norte del periodista.

  • ¿Queremos ese tipo de discusión?
  • ¿Quieren los poderes hegemónicos de esta sociedad ese tipo de discusión?
  • ¿Es económicamente rentable ese tipo de discusión? ¿Está la gente del siglo XXI preparados para esas discusiones?
  • ¿Lo están los periodistas?

 

Con esas preguntas los dejo…   ¡Salud y resistencia!

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