Por: Gary Gutiérrez

Sábado, diez y media de la mañana, el sol, la brisa y el calor me recuerda que es cuaresma. 

Igualmente, las desoladas calles y los edificios vacíos y abandonados me hablan de la muerte de nuestras comunidades, de la fuga de nuestra gente al norte, en fin narran la historia del colapso de la economía nacional.

Hace cincuenta años, esta calle Gran Vía, sector Bélgica de Ponce, hacía honor a su ostentoso nombre. Recuerdo cuando, junto a mi madre llegábamos al cruce con la ahora calle Cuba y experimentar lo que es ser una comunidad viva y pujante.

Frente a la panadería La Valenciana cuyo maravilloso rótulo de neon todavía sobrevive al cruzar la calle del también desaparecido Colmado Santiago, vendedores silvestre colonizaban aceras y calles ofreciendo productos agrícolas. A pocos metros de distancia, la pollera dónde las especies de aves más populares de la cocina nacional esperaban por el honor de terminar en un sabroso sopón o fricasé dominical.

Saboreando el recuerdo de esas delicias dominguera llegué a mi destino en la equina de la ahora calle Venezuela con la Aurora. Una cita en torno a un sancocho con el amigo Rey Quiñones, que además de economista, y no dije comunista, es un buen diente.

Al igual que con los hermanos Le Compte, los artistas Wichi Torres, Patric Urbain y  Toño Martorell, así como los profesores José Raúl Cepeda y Cesar José Pérez Lizasuain, cuando viene al bajo mundo culinario Rey Quiñones es un conocedor.

De entrada el negocio de Chuito, la decoración y lo naturalmente rústico del local, deja claro que se está en un chinchorro “hard core”.

Ya la cosa pinta bien, una vitrina con bombillas que sirve de encubadora a una variedad de frituras y que además sirve de tablilla para desplegar múltiples botellas del pique artesanal preside el salón comedor decorado con memorabilia y recuerdos importantes para Chuito Ramos, dueño del establecimiento y anfitrión nuestro.

En este momento, cuando Chuito sale de la cocina y nos saluda, caigo en cuenta que este negocio es la reencarnación del legendario Café Ramos que ubicaba en la calle Muñoz Rivera de la Ciudad Señorial.

Rey Quiñones no se equivoca al recomendar este sancocho. Minutos más tarde, entre Medallas y una conversación sobre el surgimiento del capitalismo y la decadencia del orden social feudal, nos vemos sentado frente al motivo de nuestra visita.

El espeso caldo amarillo calabaza, que parece más puré que potaje, le hace el amor a nuestros sentidos. 

Delicada mezcla de los sabores de las viandas, es decir verduras para los del norte y víveres para los dominicanos, juegan con el paladar. 

En cada cuchara se detecta la batata, el plátano, el ñame y la yautía entrelazados con la carne de res y el pollo, así como con el maíz que endulza el puchero heredado de los abusos del periodo esclavista.

Porque el sancocho es uno de esos platos productos de la resistencia culinaria de las madres africanas quienes con la broza que le sobraba al amo, aprendieron a preparar maravillosas delicias alimenticias. “Alabanzas a esa manos negras, por que trabajaron” dijo el poeta.

Volviendo al contenido de este guisote, tradicionalmente, el sancocho incluye ruedas de mazorcas de maíz, sin embargo, en esta ocasión Chuito no utiliza la forma tradicional, e incluyó el maíz en grano. 

De esta manera, el dulce toque del maíz parece distribuirse y complementar mejor el plato. Claro está, se pierde la experiencia de chupar la tusa, uno de los placeres preferidos por los más chiquitos.

En fin que si usted es de los que gusta de un sancochito sabatino como forma de reponerse de los abusos del viernes en la noche, caiga por la calle Venezuela y Aurora después de las once de la mañana y diga que Rey Quiñones lo envió. 

Puede ir más tarde, pero recuerde que como en toda buena fonda, cuando se acaba, se acaba, y hay que esperar al próximo sábado.

Buen Provecho

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