Reflexión cínica por Gary Gutiérrez

Mientras escribo siento que oscuras nubes de tormenta se acercan desde el norte.

El montañoso horizonte se ilumina con rayos y centellas, mientras los estruendos de los truenos van aumentando.

Estas señales no son augurio de un desastre atmosférico como aquel que agredió la marginada comunidad de Mameyes la madrugada del 7 de octubre de 1985.  En esta ocasión parecería que se trata de un ciclón político de características bíblicas, como dicen los sajones al referirse a cataclismos desastrosos.

Estas nubes y vientos se revelan como el mal agüero de una tormenta que hace décadas se ve venir pero que pocos denunciaron, muchos no quisieron ver, y que otros, sobre todo los jóvenes llamados “Millennials”, solo miran cantando al compás de REM: “It’s the end of the world as we know it, and I feel fine”

La tempestad que hoy nos amenaza parece haber nacido hace más de cuarenta años, luego que un actor de segunda categoría que ocupaba la Casa Blanca convenciera al mundo de que el pensamiento del Nobel de economía de 1976, Milton Friedman era el evangelio económico que llevaría a la humanidad al Nirvana capitalista.

Por las pasadas cuatro décadas, lenta pero efectivamente con el estruendoso aplauso de quienes terminarán pagando el precio del desastre, este vendaval político se fortaleció bajo las narices de todas y todos nosotros, los “otros”. Entiéndase, bajo las narices de todo aquel que no es blanco, varón, multimillonarios, heterosexual y cristiano.

Durante este periodo, los poderes económicos supranacionales nos convencieron de que si ellos estaban bien, todos estaríamos bien.  Nos aseguraron, y les creímos, que si dejábamos que su avaricia, perdón quise decir el mercado, gobernara la economía, todos nos beneficiaríamos. Aseguraron, y nuevamente les creímos, que si les dejábamos que unos pocos acumularan cantidades obscenas de ganancia, eventualmente las mismas se desbordarían hasta arroparnos a todos y todas con bienandanzas.

Tras más de cuarenta años viviendo, o soportando esta teoría económica, nos dimos cuentas, pero no queremos admitir, que la ganancia nunca se desborda y mucho menos percola.  Esto pues los pocos que se benefician de esta liberación de la avaricia, perdón de la liberación del mercado, tienen la capacidad para seguir levantando el muro de contención y evitar así que los ríos de miel y leche lleguen a quienes verdaderamente producen las riquezas.

Ante el tétrico cuadro resultante, la mayoría de los que, mediante luchas sociales y obreras, antes habían alcanzado el acceso a un mayor pero aun ínfimo pedazo de esas ganancias, es decir la clase media blanca europea y estadounidense, se negó a ver los primeros vientos que perturbaban su estabilidad económica.

Sin embargo, aun cuando se niegue, el conflicto entre la ideología aprendida y la realidad vivida es cada vez peor.

La clase media blanca, aun cuando sienten los embates, se niegan a reconocer la situación pues eso implicaría aceptar que fueron engañados con cantos de sirenas que hoy son vientos de tempestuosos.

La realidad se fue haciendo demasiado obvia para ser ignorada.

Muchos de los hijos de esas clases medias se dan cuenta de que ya no pueden vivir al mismo nivel que sus padres. Que no tienen la seguridad económica que, producto de las luchas sociales y sindicales,  cobijó a sus progenitores. Que cada vez eran más pobres que sus antepasados.

Al igual que casi cien años antes en Europa, estos trabajadores “clase media” estadounidenses que hoy ven sus conquistas económicas desaparecer no miran a los poderosos que inventaron el cuento de la mano libre de la avaricia, perdón del mercado, prefieren buscar un chivo expiatorio para explicar porque las obscenas ganancias de los grandes capitales no acaba de desbordarse y alcanzarles.

Al igual que en la Europa del 1930, este sector parte del miedo enmarcado en el nacionalismo, la xenofobia, el racismo y la intolerancia, para señalar como culpable a todo aquel que no es o se comporte como dice el blanco varón, capitalista, heterosexual y cristiano..

Para esta frustrada clase media blanca la tragedia no es, como debiera ser, que ellos no controlan sus centros de trabajos para decidir sobre su futuro, la desventura es que burócratas gubernamentales corruptos permiten que los empresarios con poco patriotismo se llevan las fábricas a otras jurisdicciones donde razas inferiores están dispuesta a trabajar por migajas.

El problema también es que los burócratas corruptos no hacen nada ante la invasión de subhumanos que desde el salvaje tercer mundo viajan ilegalmente, no solo para tomar los trabajos que por derechos les pertenecen al blanco estadounidense, sino que viene cargados de drogas y traen una cultura de violencia y crimen.

Igualmente el problema es que el nacional blanco estadounidense se dejó influenciar por las ideas liberales de la Ilustración, cediendo así el espacio de superioridad racial que por designio divino debe ocupar.

Este es el clima que, al igual que en la Europa del 1930, da vida y alimenta las oscuras nubes que se ven venir desde el norte.  Son las mismas condiciones y miedos que dieron vida a otra tormenta que conocemos como el “fascismo europeo”.

Las pasadas elecciones en Estados Unidos dan fe de este proceso.

Una minoría que, a pesar de no haber ganado el voto electoral, controló el antidemocrático Colegio Electoral y eligió a la presidencia un “babuino” que contrata totalmente con los ideales de igualdad que se supone hoy se encarna en el pueblo estadounidense.

Más allá de ser blanco, cosa que es lo único que realmente tiene en común con su base electoral, el presidente electo de los Estados Unidos es un “principito” heredero de un capitalista quien le prestó los primeros  millones para comenzar sus negocios.

A diferencia de la mayoría de sus votantes, el nuevo presidente que se vende como un empresario exitoso, nunca pasó necesidades económicas como las que enfrentan la mayoría de sus seguidores.

También, a diferencia de su base electoral que ve reducirse su capacidad económica por la carga contributiva que se le asigna, este candidato asegura que gracias a su inteligencia y habilidad, impunemente no aporta  al bien social pagando impuestos.

En contraste con  la mayoría de los electores que lo respaldaron, quienes compran el diagnostico de que el problema económico y social es “el poder” que se les ha permitido alcanzar a los inmigrantes, este olvidó su “odio” a los extranjero casándose  con una modelo nacida en Eslovenia.

Para añadir a las contradicciones, pesar de su pública visión misógina que construye a la mujer como un objeto utilitario para ser manejado desde su vagina, más del 50 por ciento de las mujeres blancas votaron por él.

Igualmente contradictorio es que el voto cristiano estadounidense se alineó con este candidato cuya moral pública y privada parecería claramente discordante con las enseñanzas de esa fe. Cuarenta y cinco por ciento de los votantes cristianos lo endosaron electoralmente, número que sube a 65% entre los blanco que identificados como seguidores de Cristo. 

En resumen que es fácil ver como la suma de problemas socioeconómicos con los miedos racistas y xenofóbicos que caracterizan a los Estados Unidos desde su fundación, pueden ser caldo de cultivo para que demagogos con discursos de nacionalismos simplistas se ganan las simpatías de aquellos que se sienten traicionados por el discurso político tradicional.

Benito Mussolini, Francisco Franco Bahamonde y Adolfo Hitler son solo tres ejemplos  de la tormenta que hoy se viene sobre los Estados Unidos.

Medidas como la construcción de muros, físicos o mentales, los discursos que señalan a los más vulnerables como la causa de los problemas socio económicos, el descontento de las llamadas clases medias, junto la búsqueda de soluciones fáciles y rápidas impuestas por la fuerza represiva del Estado fueron los vientos que causaron la tormenta perfecta en la Europa del 1930.

Lamentablemente, como al parecer la humanidad no aprendió con esa primera vuelta, aquí estamos para pasarla otra vez.

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