Por Gary Gutiérrez

Mis excusas, pero la realidad es que no me gustan los festivales donde reunen decenas de cafeterías rodantes o “food Trucks Fest” como ahora se les llama popularmente.

Pido excusas desde el comienzo, porque estoy consciente de que estos espectáculos culinarios son disfrutados por cientos de miles de puertorriqueños.

Igualmente entiendo que son una importante fuente de ingreso para los pequeños empresarios que acuden a los mismos, y que son una excelente oportunidad para fomentar las visitas a los pueblos o sectores que los organizan.

Así que cuando digo que estos eventos no me gustan no estoy diciendo que los mismos debe abolirse o descontinuarse. Mucho menos implico que la gente no los debe patrocinar.

Esto no es visceral, solo es  mi opinión y solo digo que no me gustan.  Pero por supuesto, como todo lo sobre analizo, no lo puedo dejar allí.

Desde que visite uno de estos festivales en el Viejo San Juan, me vengo preguntando por qué no me agradan.  Después de todo ese día, acompañados de amigos a quiénes amo mucho, no la pasé nada mal y comí muy bien.

¿So,“what not to like”?

El problema no puede ser con el concepto de cafeterías ambulantes, y mucho menos con su comida.

Por década la comida de  “carrito de carretera”, como se les llamaba antes a estos negocios, fue mi principal forma de alimentación. En realidad las expectativas de descubrir  un buen carrito para comer, despertaba en mi la misma lujuria que genera en un adolecente lograr colarse en una película para adultos.

Descartado como el problema los aspectos del concepto y la calidad de la comida, me adentro en el mundo sociológico o ideológico si se quiere en búsqueda de respuestas.

Así llego a la conclusión que, siendo un comidista[i] de periferia,  es decir un comensal de fondas y chinchorro desde que no estaba de moda, mi problema radica en el aspecto de ‘domesticación” que me parece es intrínseco al concepto de “Food Truck Fest”.

Es decir según el regente del idioma español, domesticación o la acción de “reducir, acostumbrar a la vista y compañía del hombre al animal fiero y salvaje”. En este caso no un animal sino un producto cultural que surge socialmente de forma socialmente silvestre o salvaje.

Es mi parecer que, al igual que con el grafiti o el urbano patinaje en tablas con ruedas, los “food trucks” surgieron en la marginalidad o la periferia social como respuesta de unos sectores para quienes el orden social capitalista no tenía cabida.

En el caso de estas cafeterías sobre ruedas o carritos para comida, sus dueños no contaban con los recursos económicos o sociales para establecer un negocio dentro de las reglas formales del capitalismo, por lo que optaron por resolver como se pudo.

Incluso muchos de ellos operando desde la clandestinidad los fines de semana cuando los organismos de Estado son menos efectivos. Así los exitosos, desarrollaron una oferta y una clientela estable que a su vez generó comunidad.

Tal vez ese sea mi problema con los “Food Truck Fest”.

Que así como el zoológico, captura una expresión libre de la naturaleza y la reduce a una jaula o a un ambiente artificial sanitado, para luego mostrarla como real.

En el caso de estos festivales, cogen una expresión cultural, que en muchos casos perseguían y que surgió como respuestas a unas necesidades, para domesticarlas y mostrarlas como real, pero en un ambiente “controlado” y ‘seguro”.

Así cuando escucho hablar de “Food Truck Fest” pienso en el mundialmente famoso “Buffalo Bill’s Wild West and Congress of Rough Riders of the World”. Aquel nefasto espectáculo que vendió a múltiples generaciones una versión ideológicamente correcta del genocidio que dio paso a la conquista imperial de lo que hoy se conoce como el oeste estadounidense.

Sé que esto puede sonar dramático exagerado. ¿Pero acaso no fue eso lo que pasó con la industria de los “come y vetes” locales surgidas de la cultura del carro en Estados Unidos?  Cuántos recuerdan que de la domesticación de esos timbiriches al costado de la carretera surgió al llamada industria de “fast food” que trasformó la forma en que vivimos.

Igual en la plástica y la pintura. Por maravilloso que sea,  un mural pintado en una pared con el permiso del dueño y que, como en el caso de Banksy se vende con todo la pared, no es la misma expresión que las escrituras que en la década del 1970 colonizaron los trenes neuyorquinos para mostrar por toda la ciudad los nombres de aquellos que el capitalismo condenó a la invisibilidad.

Si bien ambos pueden ser expresiones artísticas legítimas, no es menos ciertos que no son la misma cosa, aun cuando pueden tener el mismo punto de partida.

Tal vez esa sea la razón de por qué no me gustan los festivales de “food trucks”.

Porque me parece que la experiencia de consumir alimentos en un carretón o guagua al costado de la carretera o calle, no es reemplazable por un montaje “disnilandisado” para “consumo seguro”.

Buen Provecho…

[i] “Comidista” es el termino recién aceptado para el concepto de foodie, desarrollado en el mundo anglosajón

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