Publicado originalmente en el Periódico La Perla del Sur

https://pbs.twimg.com/profile_images/1191998141/LA_PERLA_NEW_ICON.jpgCuando hace tres años desfiló vistiendo la esclavina color naranja oscuro, distintiva del grado alcanzado en ingeniería, Juan Antonio Echegaray Romero no tenía idea de que su verdadera pasión sería cuidar de las plantas que dan alimento.

Como todo el que se gradúa, el joven recibió su grado lleno de sueños y esperanzas.

En su caso, llevaba la ilusión de tomar el batón generacional y hacerse cargo del negocio de construcción desarrollado por sus padres, los también ingenieros Fernando Echegaray y Ana Romero.

No obstante, la realidad económica que vive el país golpeó sus sueños como un tren de alta velocidad.

A solo meses de su graduación, creció su frustración y el coraje que de ella siempre surge. No era para menos, la industria de la construcción estaba detenida, no había proyectos para cotizar, ni oportunidades de empleos a la que aspirar.

Como miles de otros profesionales, llegó a pensar que su próxima alternativa era la migración. Después de todo, muchos de los que desfilaron junto a él ya abandonaban la isla en busca de futuro en los Estados Unidos.

“La cosa perdió el brillo bien rápido, no veía mucho futuro y era bien difícil aceptarlo”, admite todavía con frustración el joven de 25 años de edad que se crió en familia clase media alta, gracias a lo que sus padres pudieron producir durante “la época de las vacas gordas”.

Aun así, como la necesidad es la madre de la inventiva, durante un diálogo con Daniel Vera, un compañero de estudios de Aibonito que compartía su frustración ante la falta de empleo, surgió la idea de dedicarse a la agricultura.

Después de todo, tenía disponible una finca familiar en el sector Gabia de Santa Isabel, que en otra época sirvió para la crianza de aves de corral y para la siembra de calabazas.

Así dio comienzo a un experimento económico que hoy, dos años más tarde, permite tanto a Juan como Daniel ganarse la vida y continuar viviendo en Puerto Rico.

Por supuesto, la historia de Echegaray Romero no fue un cuento de hadas. Mucho menos una alternativa para todo el mundo.

El joven ingeniero es el primero en admitir que, además de mucha suerte, en su caso se presentaron variables de las que se pudo aprovechar.

Entre ellas, contó con el apoyo, los terrenos y el equipo pesado que su familia acumuló en sus negocios de ingeniería. Igualmente, tuvo acceso a un pequeño capital con el que compraron sus primeras semillas y abonos.

De igual modo, entre las “bendiciones” que permitieron a Juan y Daniel arrancar su empresa agraria, destacaron el haberse encontrado con la familia De Jesús de Aibonito.

“Ellos fueron nuestros maestros y el contacto con la industria”, confesó el entrevistado con humildad.

De hecho, usando la ancestral técnica de la yunta de bueyes, los De Jesús fueron quienes resolvieron el problema de cómo manejar y obtener más provecho de la topografía irregular del barrio Gabia.

Por años, esta familia de Aibonito ha brindado apoyo para que los agricultores del centro de la isla puedan maximizar su producción, aprovechando terrenos que son muy escarpados para la maquinaria moderna.

La incorporación de la ancestral metodología permitió a los otrora ingenieros y ahora agroempresarios mirar de frente a una situación difícil y no cerrarse a ninguna alternativa. Mucho menos a apegarse a la forma en que tradicionalmente se hacen las cosas, hecho que se ha vuelto su filosofía de trabajo.

De hecho, el crédito por el éxito de su primera cosecha de plátanos fue precisamente eso, romper con el esquema del negocio.

“Tradicionalmente, al agricultor típico no le gusta salir e integrarse al mundo de los negocios. Espera por los intermediarios que vengan a la finca para vender lo cosechado. Nosotros salimos todas las semanas a vender directamente a los restaurantes”, explicó.

De esa manera, no solo se gana más por unidad, sino que establece una relación con el usurario del producto y hasta recibe quejas o ideas de cómo mejorar, o qué otro producto desarrollar.

“Existen dos tipos de agricultura. La global como maíz y arroz que se vende por millones de toneladas, pero existe un mercado local que necesita productos como el plátano, la calabaza, las verduras, que son específicos para nuestra cocina. Ese es el mercado que a nosotros nos interesa” sentenció.

Precisamente para suplir ese mercado, la pequeña agroempresa que todavía ni nombre tiene, vislumbra arrendar otros terrenos para ampliar su producción y cosechar calabazas y pimientos.

Igualmente para continuar buscando alternativas, Echegaray Romero se propone comenzar próximamente estudios graduados en el sector de empresa y finanzas.

“Lo que se estudia nunca se pierde”, reza un dicho popular.

La máxima es cónsona con la información que surge de las universidades y que apunta a que, aun cuando no se termine trabajando en lo que se estudió, las destrezas aprendidas durante un grado universitario siempre ayudan a lograr éxito dónde sea que se termine laborando.

Y este parece ser el caso de Echegaray Romero, un ingeniero que resultó ser exitoso agricultor.

10 de febrero de 2016

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