Reforma policíaca, pretender que el tigre que no tenga rayas

Por Gary Gutiérrez

Antes que todo quiero agradecer la invitación a ocupar un espacio en esta mesa. Como reportero de provincia que he sido toda la vida, confieso que estar aquí sentado me intimida y que me sentiría más cómodo solo escuchando. No obstante, como no le podía decir que no a mi antiguo profesor de política, Aníbal Aponte me presento ante ustedes para compartir unas reflexiones sobre el supuesto proceso de “reforma” en que nos dicen se encuentra la Policía de Puerto Rico.

Como me ubicaron en este panel: “Disciplina sin Fronteras”, pienso que lo mejor es comenzar respondiendo al llamado de que John Muncie nos hace en su genial ensayo, Decriminalising Criminology (2000). Es decir la invitación para acercarnos a lo criminológico desde otros saberes y no desde la restringida visión de la vieja criminología, supuesta ciencia que se limita a estudiar a los desviados o criminales, así como las alternativas para controlar sus comportamientos.

Es así que decido invitarles a entrar al tema de la supuesta reforma de la policía desde una nueva criminología que utilizando la historia y sobre todo la política, estudie críticamente el orden social que produce la desviación y la criminalidad. Es decir una invitación a mirar desde las luchas de poder y control social, los supuestos cambios que por orden de la corte imperial estadounidense, tiene que hacer el cuerpo policiaco puertorriqueño. Es interesante e irónico que sea esa Corte la que ordene los reajustes en la agencia represiva de Puerto Rico, pues fue el propio Estados Unidos, cuyos intereses son representados por eso jueces, quien creó y por década maneja, entrena y establece los estándares seguidos por la actual Policía de Puerto Rico. (Malavet, 2014).

En realidad lejos de ser un fracaso o una desviación, los problemas de corrupción, la forma prepotente en que los policías se manejan en la calle, el gansteril espíritu de cuerpo y el imaginario que lleva a los policías a mirarse como guerreros plenipotenciarios y regentes del espacio público, es el resultado lógico de la forma en que históricamente Estados Unidos construyó a los llamados “agentes del orden público” (Alexander, 2010) (Balko, 2013) (Malavet, 2014) (William, 2015).

Es decir para tenerlo claro, si se parte de los trabajos de Michel Alexander (2010), Radley Balko (2013) y Krisitan William (2015) entre otros, se puede decir que la corrupción, los abusos de poder, las violaciones a los derechos civiles y el uso excesivo de la fuerza no son ejemplos de la desviación en estos cuerpos policiacos, es desde el comienzo de estás agencias la norma sostenida, producida y reproducida por el mismo gobierno estadounidense que hoy se yergue como juzgador. Al mirar desde los autores anteriormente citados el desarrollo histórico de los cuerpos policiacos de Estados Unidos, no puede caber duda alguna sobre el carácter represivo y de control social que desempeñan las policías en esa nación. Por ende en Puerto rico, donde por derecho colonial se impone las mismas reglas y visión de mundo de Estados Unidos, no se puede esperar que la función policiaca se diferente (Malavet, 2014).

Según los trabajo de Pedro Malavet (2014), lejos de los policías ser agentes para le prevención del crimen, desde el comienzo la función de la Policía en Puerto Rico fue la de velar por la “ley y el orden” según definido por el nuevo sistema político colonial. Esto, porque en Puerto Rico se reprodujo la visión que en Estados unidos define las policías como cuerpos represivos al servicio y subordinados directa o indirectamente a los poderes de los grandes capitales tanto agrícolas como industriales (Balko, 2013) (William, 2015).

Entre esos cuerpos precursores de lo que hoy llamamos policía se destacan las bandas de gatilleros a sueldo llamadas “Patrulla de Esclavos” que recorrían los estados sureños cazando negros –cimarrones o no- a quienes, sin ningún proceso legal detenían y deportaban a las haciendas que les pagaban su sueldo (Alexander, 2010) (William, 2015).

De igual manera sirvieron de base y modelo a lo que hoy son los policías en Estados Unidos, los servicios de mercenarios que en las planicies que componen el norte central de Estados Unidos servían al capital ganadero velando a los cuatreros que ocasionaban perdidas en los rebaños que viajaban camino a Chicago. Es decir gánsters que fungían de guardias, jueces y verdugos, campeando por su respeto como corsos con licencia (Balko, 2013).

Esa visión de los cuerpos policiacos al servicio del capital, e imponiendo su versión de la “ley y el Orden”,  se encarna también en los primeros cuerpos estatales de policías que se producen cuando en una movida de socializar costos y privatizar ganancias, los grandes capitales industriales al comienzo del siglo XX en Estados Unidos le pasaron al Estado la responsabilidad de mantenerles los espacios para el libre comercio (William, 2015).

En esa tradición de mercenarios al servicio del capital surgieron compañías como la Pinkerton Detective Agency’, quienes fallaron en garantizarle la vida al presidente Abraham Lincoln, pero quienes fueron muy afectivos abriendo fuego y asesinando a los obreros que se organizaron frente a los abusos de capitalistas como Andrew Carnegie entre otros. Al mirar estas acciones juntos a la forma en que policías públicos o privados se infiltraban en la reuniones para servir como agentes provocadores, incitar actos de violencia, o promover rumores para dividir las filas de los obreros organizados, no hay forma de no recordar las acciones que décadas después realizarían otras fuerzas policiacas bajo la supervisión de la infame COINTELPRO (Alexander, 2010) (Balko, 2013) (William, 2015).

Acortado el largo cuento, más tarde con la prohibición del alcohol, se difunde en Estados Unidos, la necesidad de una fuerza represiva estatal profesionalizada y fuertemente armada, pero no necesariamente despojada de la mentalidad racista y clasista que le dio origen a estos cuerpos. De igual manera, al final del siglo XX cuando republicanos y demócratas utilizan el pretexto de la “guerra contra las drogas y el crimen” para lanzar una guerra contra los negros y pobres en Estados Unidos, se desarrolla un nuevo de policía que vestido como RoboCop y sudando testosterona, se levanta hoy como administrador regente del espacio público y de la vida de los pobres (Manjón-Cabeza, 2012).

Es mi hipótesis que es desde esta historia y desde esa visión ideológica que se crea, mantienen y se reproducen por Estados Unidos los cuerpos policiacos estatales que en el siglo XXI están encargados de mantener la “ley y el orden”, en Puerto Rico. Claro entendiéndose por un lado el “orden” como la organización social neoliberal que garantiza más libertad de movimiento al capital que los ciudadanos. Y por el otro la ley como los estatutos que permiten el control por parte de la Policía de aquellos que no acepten su rol de engranaje desechable en la máquina de producción (Fernandez, 2008) (Wacquant, 2009)

Desde esta perspectiva entonces, el millonario montaje que pretende reformar la Policía se revela como sínico discurso para evitar que los pobres y excluidos en Puerto Rico se den cuenta que los policías no están en sus barrios para velar o proteger a sus comunidades, sino que están allí para velar y controlar a esas comunidades. Igualmente sínico sería entonces pretender que esos oficiales policiacos, quienes irónicamente vienen de esos mismos sectores pobres y excluidos, no terminen construyéndose como regentes de lo público, que no caigan en excesos o que no deshumanicen las poblaciones que les toca vigilar. Si precisamente para eso el estado neoliberal los entrena y los arma y los tiene allí.

Hablar de reformar la policía y pretender que esos cuerpos no terminen siendo caldo de cultivo para la corrupción y los abusos de poder que hoy reseñan y denuncian los medios de comunicación en Puerto Rico es tan absurdo como pretender que los tigres no tengan rayas.

Por esto es mi conclusión que en Puerto Rico no es la Policía la que se tiene que reformar. Lo que se necesita cambiar en Puerto Rico es la forma en que el pueblo ve el rol de la Policía. Porque en una sociedad verdaderamente tolerante y respetuosa de la diversidad, donde la distribución de las riquezas producidas por todos y todas estén al servicio de todos y todas, no se necesitas cuerpos policiacos cuya función sea imponer por la fuerza y la represión la llamada “seguridad” o el discurso de “ley y orden”. A lo sumo, una sociedad así solo necesitaría que sus ciudadanos, todos y todas, aspiren a cuidarse unos a otros desde la inclusión, el respeto a la diversidad y la aspiración de paz social.

Referencias

Alexander, M. (2010). The New Jim Crow: Mass Incarceration in the Age of Colorblindness. New York: The New Press.

Balko, R. (2013). Rise of the Warrior Cop: The Militarization of America’s Police Forces. New York: Public Affairs.

Fernandez, L. A. (2008). Policing Dissent: Social Control and the Anti-globalization Movement. New Brunswick: Rutgers University Press.

Malavet, P. (2014). El sistema de Justicia Criminal en Puerto Rico . Ponce: Ediciones Omar.

Manjón-Cabeza, A. (2012). La Solución. Barcelona: DEBATE.

Munie, J. (2000). Descriminalising Criminology. British Criminology Conference: Selected Proceedings. The British Society of Criminolog.

Wacquant, L. (2009). Prisons of Poverty. Minnesota: University of Minnesota Press;.

William, K. (2015). Our Enemy in Blue: Police and Power in America. New York: Ak Press.

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