OPERATIVO3

Por Gary Gutiérrez[i]

Contesto el teléfono y tras saludar, la familiar voz de la periodista identificada por el “caller id” me pregunta, sobre el uso de pruebas de polígrafo -otrora detector de mentiras- que José Caldero López, superintendente de la Policía, propone para los agentes antidrogas del País.

La propuesta es la supuesta respuesta ante el más reciente operativo donde agentes de Estados Unidos arrestan efectivos de la Policía de Puerto Rico acusados por corrupción vinculada al mundo del ilegalizado narcotráfico.[ii]

Tras tratar de contestar las interrogantes y explicar a la periodista que la corrupción policiaca no es manejable mientras se mantenga la fracasada ilegalización de las drogas, termino la llamada y mi cerebro, maltratado por el exceso de cafeína, rehúsa dejar ir el tema.

Es así que llegó al tema de la supuesta reforma policía. Es decir los supuestos cambios que, por orden de la corte imperial estadounidense, tiene que hacer el cuerpo policiaco boricua para poner su casa en orden y cumplir con la visión que de esos cuerpos “vende” al mundo y el ideario “democrático” desarrollado por Estados Unidos.

Es interesante que sea esa Corte la que ordene los reajustes en la agencia represiva de Puerto Rico, pues es el propio Estados Unidos, cuyos intereses son representados por los jueces de ese tribunal, quien creó y por década maneja, entrena y establece los estándares seguidos por la Policía de Puerto Rico.

Es decir que lejos de ser un fracaso, el discurso que justifica la forma en que los policías se manejan en la calle, el gansteril espíritu de cuerpo y el imaginario que les crea como guerreros plenipotenciarios y regentes del espacio público es el resultado lógico de la forma en que históricamente Estados Unidos se construyó los llamados “agentes del orden público”.

Por ende, la corrupción, los abusos de poder, las violaciones a los derechos civiles y el uso excesivo de la fuerza no es la desviación en estos cuerpos, es la norma sostenida producida y reproducida por los que hoy se yerguen como juzgadores.

Si se mira el desarrollo histórico de los cuerpos policiacos en Estados Unidos, no puede caber duda sobre cuál es la función de las policías en esa nación que por derecho colonial impone sus reglas en Puerto Rico.

Lejos de ser agentes que velaban por la seguridad de los ciudadanos, su función siempre fue y es controlar a “el otro”.

Los siniestros comienzos de esos cuerpos represivos que hoy en Estados Unidos se llaman “policías” se remontan al siglo XIX.

Uno de esos cuerpos precursores de lo que hoy llamamos policía son las bandas de gatilleros a sueldo llamados la “Patrulla de Esclavos” que recorrían los estados sureños cazando negros –cimarrones o no- a quienes, sin ningún proceso legal detenía y deportaban a las haciendas que pagaban su sueldo.

Mientras, en las planicies que componen el norte central de Estados Unidos, mercenarios al servicio del capital ganadero campeaban por su respeto con licencia de corso para controlar “las perdidas” que les ocasionaban los cuatreros que robaban de los rebaños en camino a Chicago.

En esa tradición de mercenarios al servicio del capital luego surgieron compañías como la Pinkerton Detective Agency’, quienes fallaron en garantizarle la vida al presidente Abraham Lincoln, pero quienes fueron muy afectivos abriendo fuego y asesinando a los obreros que se organizaron frente a los abusos de Andrew Carnegie.

Esa visión de los cuerpos policiacos al servicio del capital e imponiendo sus versión de la “ley y el Orden” se encarna también en los primeros cuerpos estatales de policías que se producen cuando en una movida de socializar costos y privatizar ganancias, los grandes capitales le pasan al Estado la responsabilidad de mantener los espacios libres para el comercio.

Así surgen cuerpos policiacos estatales encargados de mantener tanto el “orden” necesario para el libre comercio y como la “moral necesaria” para el desarrollo de una sociedad de bien, es decir la sociedad del blanco, varón, propietario, heterosexual y cristiano.

Acortado el largo cuento, más tarde con la prohibición del alcohol, se difunde en todos Estados Unidos la idea de una fuerza represiva estatal profesionalizada y fuertemente armada.

Es un proceso que alcanza el nivel de militarización al final del siglo XX cuando republicanos y demócratas utilizan la “guerra contra las drogas y el crimen”, léase guerra contra los negros y pobres, como excusa para desarrollar este nuevo policía que vestido como RoboCop y sudando testosterona, se levanta hoy como administrador del espacio público y de la vida de los pobres.

Es desde esta historia entonces desde donde se debe analizar tanto la supuesta respuesta a la corrupción policiaca anunciada por el superintendente Caldero, como la presunta reforma policial que no solo fue impuesta por un juez cuya legitimidad surge de una ilegal invasión militar, sino que es supervisada por un militar cuya carrera se desarrolló al servicio del ejército que llevó a cabo esa invasión.

Desde esta perspectiva se revela como cínico el discurso que termina echándole arena en los ojos al pueblo y sobre todo los pobres para que no acabe de ver que los policías no están en sus barrios para velar por esas comunidades, están allí para velar a esas comunidades.

Igualmente cínico es pretender que esos oficiales, quienes irónicamente de paso vienen de los mismos sectores pobres en el País y a quienes en nombre de la “ley y el orden” se les construyen como regentes de lo público, cambien, no caigan en excesos y terminen deshumanizando las poblaciones que les toca vigilar. Para eso los entrenan y los arman.

Hablar de reformar la policía y pretender que esos cuerpos no terminen siendo caldo de cultivo para la corrupción y los abusos de poder que hoy reseñan y denuncian los medios de comunicación es tan absurdo como pretender que los tigres no tengan rayas.

Lo que hay que reformar no es a la Policía, lo que necesita cambiar es el pueblo y su visión de la sociedad.

Una sociedad de tolerancia y respeto a la diversidad, donde la distribución de las riquezas producidas por todos y todas estén al servicio de todos y todas, no necesita un cuerpo policiaco cuya función sea imponer por la fuerza la llamada “seguridad” o el discurso de “ley y orden”.’

Más aún, una sociedad verdaderamente inclusiva puede aspirar a no necesitar de la policía. A lo sumo, solo necesita que sus propios ciudadanos, todos y todas, estén pendiente y vigilen los espacios de inclusión desde el respeto de la diversidad y la paz social.

[i] Se permite y estimula toda reproducción o distribución de este escrito. Agradecemos que al reproducirlo se le de crédito a garygutierrrezpr.com

[ii] Para accede al escrito: ¿Polígrafo para combatir la corrupción en la Policía?

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