Por Gary Gutiérrez

A primera vista, la llegada a la superintendencia de la Policía de Puerto Rico de José Caldero López aparenta ser el comienzo de una nueva etapa para la agencia que se supone tenga a cargo mantener la ley y el orden social en la Isla.

Su nombramiento parece dar al traste con décapr127das de jefes policiacos ligados directamente o provenientes del aparato represivo federal.

Hay que recordar que desde la década del 1990, todos los superintendentes policiacos en Puerto Rico fueron agentes retirados del Negociado Federal de Investigaciones, o fiscales federales.

De igual forma la  llegada de Caldero López a la dirección de la Policía aparenta ser un regreso a los tiempos cuando los jefes salían de la propia uniformada. Fenómeno que no se daba en Puerto Rico, desde el funesto “Caso del Cerro Maravilla”.

No obstante este nombramiento aparenta ser bien acogido tanto por los políticos, como por el pueblo y los efectivos policiales,  pues al parecer Caldero López encarnan los dos idearios que para muchos definen lo que debe ser un jefe de Policía.

Por un lado para los más conservadores y probablemente mayores, la llegada de Caldero López al máximo puesto de la Policía recuerda el nombramiento de Astor Calero, primer policía que llega a ese puesto luego del Estado Libre Asociado.

Un hombre conservador, defensor del sistema y de los uniformados, pero claramente comprometido con el aparato político y económico que lo nombró.

Por otro lado, José Caldero López también parece encarnar el referente de lo que es “un buen” superintendente para las nuevas generaciones, es decir Pedro Toledo Dávila. Un jefe de la policía que, en medio de operativos policiacos, era recibido como “superstar” por residentes de los residenciales públicos del País.

Un individuo, hábil en las relaciones humanas y públicas que, sin importar la realidad,  se proyectaba como un funcionario conciliador, dispuesto al diálogo y comprometido con los más nobles ideales que se supone se encarnan en el aparato federal de donde venía. Es decir, por lo menos en la apariencia,  con la equidad y el debido proceso de ley.

Por supuesto, en el caso de Caldero López, se le suma como parte de su imagen mercadeable toda la conservadora  iconografía  cristiana y moralista que acompaña su retórica en contra de la legalización de las drogas y la diversidad social.

De esta manera es fácil ver como el nombramiento de José Caldero López, salvo por algunos sectores disidentes en el País, fue recibido sin mayor oposición.

Contra Él solo se levantan las preocupaciones en torno a su lealtad política al Partido Popular Democrático y el manejo de algunos sectores disidentes políticamente hablando.

pr125Dejando claro lo anterior, al analizar teórica e históricamente este nombramiento, surgen preocupaciones más profundas.

Sobre todo si las mismas se miran partiendo de que durante los pasados años, la Policía de Puerto Rico está bajo la lupa acusatoria de grupos como la Unión Americana de Libertades Civiles (ACLU por sus siglas en inglés) y la del propio Departamento de Justicia Federal.

Cuando las imputaciones que esos organismos le hacen a la Uniformada del País, se miran desde una perspectiva más crítica e histórica, las mismas se revelan como el resultado, no de las políticas públicas del gobierno colonial local, sino de las estructuras represivas del propio gobierno federal estadounidense.

Al mirar la historia reciente de los departamentos de policías locales en Estados Unidos es fácil entender que el proceso de politización, federalización, militarización y el aumento de  violaciones a los derechos civiles de grupos marginados, lejos de ser la desviación, son la política pública del gobierno federal y por ende la de la administración colonial local.

Es decir que, cuando viene a militarización y abusos policíacos,  en la Policía de Puerto Rico solo se sigue el patrón impuesto por la metrópolis.

Un patrón que en el caso de la politización, que en este caso se refiere a la imposición de idearios políticos de control social y  no a la pelea pequeña entre partidos locales, el proceso está claro y no es de ahora.

Los cuerpos policíacos surgen en Estados Unidos a mediados del siglo diecinueve como organismo de control tanto para el sector proletario blanco como para el compuesto por negros libertos, quienes  siguiendo las ideas marxistas y anarquistas de la época, buscaban organizarse para lograr un proyecto político que le permitiera hacer frente al orden social y político creado por el capital.

Casi dos siglos más tardes, esta visión política no solo sigue imperando en el  aparato represivo estatal estadounidense, sino que luego de la década del 1980 se afianza cuando los neo-conservadores toman el poder en Estados Unidos con Ronald Reagan.

De esta manera la presidencia de este actor de segunda categoría primero, y luego la de William Jefferson “Bill” Clinton, comienzan mediante fondos y programas federales a militarizar y federalizar de facto las policías locales.

Esto para lograr proyectarse frente a los ciudadanos que se entienden como gente de bien, en su mayoría votantes activos, que ellos como  políticos están allí para defenderles. Claro, como demostró la respuesta represiva al movimiento “ocupa”, a quienes el aparato represivo realmente defiende es al gran capital.

pr124El resultado es que desde hace varias décadas, las uniformadas locales tienen cada día menos independencia de acción y están más militarizadas. Nuevamente no para proteger al pueblo, sino para proteger el orden social necesario para que el capitalismo financiero siga ganando dinero.

Es dentro de este ambiente, que en Puerto Rico tuvo su manifestación más burda con el gobierno de Luis Fortuño pero que se mantiene hoy día vigente aunque de forma más sutil, desde el cual el nombramiento de José Caldero López, quién se formó como policía bajo este proceso,  se revela como totalmente inconsecuente.

Sobre todo si se toman como cierto los rumores de  que esta designación es una pantalla mediática representada por un funcionario que encarna a los referentes de un buen superintendente, pues la política pública en torno a la “seguridad”, entiéndase control social, se seguirá estableciendo y ejecutando  desde la Fortaleza.  No solo para el beneficio de ellos como políticos, sino para mantener el espacio seguro al capital que nos controla mediante la impagable deuda nacional.

Ya la historia dirá si este comentario es cierto o no, pero si madura como pinta, el tiempo dejará claro que la fiebre, entiéndase la  corrupción policíaca, los abusos de poder, la persecución del disenso y las minorías,  así como el pobre manejo de la violencia social en la Isla, no está en la superintendencia.

En realidad esa fiebre es la verdadera naturaleza del sistema.

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