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Por Gary Gutiérrez

Al momento que escribo, cientos de miles de personas abarrotan las playas y las iglesias de la Isla.  No es de extrañar, al fin y al cabo es Domingo de Resurrección y mañana es día de fiesta.

Sin embargo un grupo, en su mayoría jóvenes, decidieron hoy participar de un evento “glocal”, entiéndase global y local a la misma vez, en favor de legalizar la marihuana.

Al evento se le llamó la Marcha de Free Juana, y es parte de la celebración a nivel internacional de lo que algunos llaman el movimiento 420, es decir un movimiento que regularmente habita anárquicamente en las redes sociales y que promueve el celebrar el veinte de abril – 4/20- como el día de apoyo a la legalización de la marihuana.

El uso de este número -420-  como referente a la cultura y consumo de marihuana se deriva del “nom de guerre” usado por un grupo de mozalbetes californianos que se identificaban por la hora en que se reunían a fumar cannabis después de terminada su jornada escolar.

Una mirada acrítica de esta marcha, puede llevarnos a descartar la misma como una charlatanería de rebeldes sin causa que solo buscan llamar la atención sin el menor recato o respeto para las “buenas costumbres”.

No obstante al mirar más detallada y críticamente el reclamo de estos jóvenes, muchos de ellos estudiantes universitarios o profesionales que incluyen hasta abogados, es posible ver la seriedad y complejidad de su pedido.

Como yo lo veo, estos no solo marchan por el gusto de fumar “mafú”.

Su reclamo tiene una fuerte denuncia contra un Estado que se define con autoridad legítima para controlar las actividades que no hacen daño a terceros, como consumir cualquier cosa.

Un Estado que entiende legítimo usar el aparato represivo y la violencia para violar las garantías más básicas de una población que se presume libre y con derecho a decidir qué cosas consume y qué hacer con su cuerpo.

Es decir, la marcha de estos jóvenes es un reclamo para que el Estado entienda que en la mejor tradición de la democracia liberal estadounidense, el gobierno no tiene autoridad de decirle a sus ciudadanos qué ingerir, qué fumar, con quién tener relaciones sexuales, con quién se puede integrar una familia.

Sobre todo, ese Estado pensado por los “padres fundadores” estadounidenses, no tiene poder legítimo para definir lo que es felicidad, ni la forma de cómo alcanzar la misma, siempre y cuando las acciones de los ciudadanos no hagan daño a otros.

El comprar, vender, poseer o consumir marihuana o ninguna otra sustancia, después de que sea entre adultos consintientes, hace daño a tercero.

Por supuesto, usted puede decir que producto del mercado negro que es el narcotráfico se producen daños a otros. Ciertamente, pero lo que pasa es que esa violencia no es producto del uso de las sustancias, ni siquiera del narcotráfico.

Esa violencia es producto de la ilegalización que no permite que, al igual que el alcohol o la nicotina, se puedan comprar sustancias como el cannabis dentro de un esquema de distribución legal.

Esto nos lleva la verdadera discusión que debemos enfrentar como generación.

Es decir, en vez de perder el tiempo discutiendo posibles efectos o daños relacionados con el uso de una u otras sustancias, la pregunta a que nos enfrentamos es si la prohibición de estos mercados es la mejor alternativa para regular e incluso controlar los mismos.

En fin y la postre, la fallida “Guerra contra las drogas”, lejos de poder controlar el acceso y el uso de las mismas, las hizo más disponible, más lucrativa y sobre todo más peligrosas.

Así las cosas, lo que pude parecer una gamberrada de adolescentes, surge por un lado como un serio cuestionamiento de la forma en que el Estado utiliza la ley para imponer visiones moralistas y religiosas en menoscabo de las más básicas garantías legales, así como de las libertades individuales.

Por el otro lado, esta actividad de FREE JUANA se levanta como una denuncia a la fallida política que termina criminalizando, con el costo social,  económico y en sangre que eso implica, a enormes sectores de la población que simplemente definen “búsqueda de la felicidad” de manera diferente a las aprobadas arbitrariamente por el blanco, varón, propietario, alegadamente heterosexual y supuestamente cristiano que desde sus fundación domina la vida pública en Estados Unidos.

Desde esta perspectiva el llamado  FREE JUANA, se va revelando como un movimiento contestario al que se le debe prestar más atención. Después de todo decirte que puedes o no consumir es solo una forma de control que igualmente puede ampliarse para apuntar a quién debes rezar o con quién te puedes casar.

No se usted, pero como esa no es la sociedad en que yo aspiro a vivir, desde Ponce envió mis respetos y me uno al reclamo de “FREE JUANA”

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