Al encuentro del artista urbano

 

Las paredes de Bembelé Art Lounge en la calle Villa de Ponce y las mesas del restaurante y coffee bar Café-Café han separado espacio para que el talento de Juan Luis Cornier Torres aflore y se divulgue. (Fotos: Ludwig Medina)

 

Caracterizado por un enérgico movimiento, dinámicas pinceladas, dramáticos contrastes y brillantes colores, las pinturas de Juan Luis Cornier Torres dejan claro que son el producto de la reencarnación de un artista urbano.

Su nueva propuesta plástica surge como una especie de narrativa que “la calle”  le cuenta, según explica el artista, conocido en el mundo del grafiti como Manweone.

En la cultura del arte urbano, callejero o grafitero, utilizar el sufijo “one” como parte de su “nom de guerre” o seudónimo de guerra es un honor reservado a quienes son considerados “maestros” en la callejera cultura del grafiti.

El otrora cuasi criminalizado artista, quien por años fue perseguido por las autoridades municipales debido a sus “tagueos” (firma o Tag de los grafiteros en una superficie) y “bombardeos” en paredes y vehículos municipales, así como por sus coloridos escritos en las paredes de la ciudad señorial, ahora se presenta con muestra pictórica que puede ser descrita como ejemplo de lo que algunos llaman Costumbrismo Urbano.

“Soy artista urbano. Pintando narro lo que la urbe me cuenta, como yo la veo”, explica quien ahora cuenta con 29 años de edad y una hija que mantener.

Y para  Cornier la plástica es la forma de comunicarse, de mantener una silenciosa conversación consigo mismo o con el resto del mundo.

Hijo de padres trabajadores, aprendió desde pequeño a refugiarse en sus dibujos como forma de no sentirse solo.

“Siempre andaba con mi libreta, en casa, en el trabajo de mami, me la pasaba siempre solo, dibujando, contándome cosas. Gracias a eso, a los diez años gané un concurso de dibujo auspiciado por el Departamento de Recreación y Deportes”, explicó mientras recordaba que en la premiación en San Juan, conoció a Rafael Cordero Santiago, quien lo reclutó para la escuela de Bellas Artes de Ponce.

A pesar de sus destrezas naturales y su dedicación al dibujo, la disciplina y estructura del entrenamiento formal chocó con el anarquista temperamento creativo del joven Juan Luis. Razón por la que no duró mucho en esa escuela especializada.

Poco después, el destino y su talento lo llevaron hasta el pueblo de Aguadilla donde entró al Centro de Adiestramiento en las Bellas Artes. Si bien las clases tampoco lo entusiasmaron mucho, allí se encontró con otros artistas, quienes siendo hijos de la diáspora, traían de las ciudades estadounidenses el escribir en las paredes como forma de expresión.

La conexión fue inmediata. Allí, por primera vez, vio ejemplos de un arte que sólo había experimentado en revistas y que el sistema condenaba como vandalismo, “el grafiti”.

Sin embargo, y a pesar de su atracción por la clandestina forma de expresión, no fue hasta que se graduó de escuela superior e ingresó a la Escuela de Bellas Artes en San Juan que experimentó la cuasi-erótica sensación de tomar un pote de aerosol y “tagear” una pared.

De ese momento en adelante, usando el nom de guerre “Ride” y acompañado de dos compañeros de la escuela de Bellas Artes formaron el Kru -nombre que los grafiteros dan a las brigadas que trabajan juntos en grafitis complejos- que llamaron Better Then Anyone -BTA-.

Así, para el joven Cornier, el grafiti se tradujo en una forma de comunicarle o gritarle al mundo su existencia.

Años más tarde y nuevamente aburrido por la estructura de la academia, agobiado por problemas económicos y en abierta guerra con el gobierno municipal de San Juan que comenzó una campaña contra el grafiti, decidió por su salud abandonar la Zona Metropolitana y regresar a Ponce, donde inicialmente el alcalde Churumba respetaba y daba espacio a su ilegalizado arte.

En este momento, ya siendo un grafitero experimentado y “tagueando” como Manwe, surgió otra encarnación del artista, esta vez  más urbano, callejero y contestatario.

La implantación en el 2009 de una política de cero tolerancia al grafiti en la ciudad de Ponce, desató un enfrentamiento directo entre el poder municipal y los grafiteros, entre ellos Manwe, quienes respondieron “bombardeando” la zona histórica.

Sin embargo, mientras su trabajo artístico era perseguido y destruido por las autoridades, este joven artista comenzó a encontrar nuevos espacios para expresar su talento e inquietudes, generando a su vez un ingreso que le permitiera sobrevivir económicamente.

“No es que me vendí, sigo usando la plástica para narrar lo que la ciudad me narra, me sigo comunicando en silencio con la gente”, dijo al explicar que genera ingresos pintado trabajos comisionados. Entre ellos se cuentan las paredes de Bembelé Art Lounge en la calle Villa de Ponce y las mesas del restaurante y coffee bar Café-Café. Estas últimas son una maravillosa representación de estampas cafetaleras, interpretadas desde el urbano ojo del grafitero.

Y es precisamente ese estilo de representación, esta vez de estampas cotidianas de la vida urbana con un lenguaje visual indiscutiblemente grafitero, de lo que trata la nueva propuesta plástica con la que Cornier pretende demostrar la madurez lograda por su talento.

Una propuesta que probablemente todos podrán experimentar al inicio del año 2013, fecha para cuando ha pautado su primera exposición formal.

Sin embargo, aún cuando Juan Luis comienza a establecerse y a ocupar su espacio en la plástica ponceña, no cabe duda que su alter ego Mangweone, seguirá dejando su grito silencioso en las paredes abandonadas de la Ciudad.

Al fin y al cabo, para este talentoso artista, lo importante es contar las historias que ella le cuenta.

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