Por: Gary Gutiérrez

Mientras escribo estas líneas, decenas de miles de puertorriqueños y puertorriqueñas, algunos que esperaron en fila durante más de 24 horas, se disputan a trompicones por un televisor, tableta o la consola de juego que este año está de moda. Reportes de agresiones, accidentes, quejas y peleas inundan las redes sociales, mientras los compañeros y compañeras del periódico El Vocero despiertan a un verdadero y muy personal “viernes negro”.

Si se mira críticamente, estos incidentes que no tienen relación aparente se revelan como piezas de un rompecabezas que al conectarse nos permiten ver claramente “el orden” en que sobrevivimos los y las puertorriqueñas en la segunda década del siglo XXI. Es un “orden” que los conservadores se jactan de defender a nombre de aquel rabino rebelde que dicen vivió hace dos mil años y que se supone solo poseía la túnica que vestía y las sandalias que protegían sus pies. Un “orden” que al fin y al cabo produce, tal vez como resultado no intencionado pero predecible, la violencia que los medios construyen como criminalidad y que hoy abruma al País. Después de todo, si esperar que el azúcar no endulce es absurdo, más ilógico es esperar que un “orden” violento, no genere agresividad.

Ese sistema que nos enseña orgullosamente a esperar cercados como ganado bajo agua, sol y sereno por horas para lograr el privilegio de comprar a precio de ganga esas baratijas de moda, desechables y producidas al otro lado del planeta en condiciones prácticamente de esclavitud. Gracia que incluye, por supuesto, el derecho a fanfarronear por lo comprado y por la experiencia de haber sobrevivido.

El que estemos dispuestos a la agresión y a ser agredidos para lograr esos “honores” habla y da fe de cómo “el orden” en que vivimos nos impone mediante todo su aparato ideológico -medios de comunicación, sistema de educación, etc.- el consumo como “valor” principal y herramienta de validación.

De esta manera, la capacidad -legal o ilegal- de consumir se convierte en instrumento para que los y las puertorriqueñas compensemos y manejemos la dura realidad de saber que somos recursos desechables en una sociedad que nos dice constantemente que no tenemos valor.

Así, entretenidos en el consumo y la banalidad, sobrevivimos en esta sociedad acostumbrada a la violencia estructural que sin embargo no tiene problemas cuando un periódico cambia su nombre corporativo y deja en la calle a los y las trabajadoras que por décadas dieron su sudor y esfuerzo para producirles un capital millonario.

Igualmente es así que permitimos que el “orden” vaya destruyendo sistemáticamente las instituciones de unidad obrera y comunitaria para dar paso a la “walmartización” o “macdonalización” del trabajo y la sociedad. “Walmartización” o “macdonalización” es una forma de conceptuar este proceso mediante el cual el sistema desvaloriza a los individuos y su capacidad de trabajo.

Claro, ante esta contradictoria estructura excluyente de empleos pero incluyente en el consumo, vemos cómo los sectores marginados más conscientes se organizan política y comunitariamente para exigir sus espacios. Pero en muchos casos, esta contradicción puede llevar a que algunos individuos, sobre todo los menos educados políticamente hablando, miren la ilegalidad como una forma de generar ese dinero necesario para validarse consumiendo.

Ante estas modalidades contestatarias -legales e ilegales- el sistema de gobierno neoliberal en que vivimos responde con represión física o ideológica, generando así más exclusión y frustración que a su vez produce más violencia en una espiral interminable.

La sociedad que resulta de ese proceso de exclusión junto a los falsos instrumentos de validación, a la represión y a la manipulación ideológica será una “corporatocracia”. Es decir un sistema donde el Estado solo está para garantizar el derecho a esos ciudadanos abstractos y anónimos que llamamos corporaciones, mientras trata de controlar a las poblaciones de carne y hueso para que ocupen sus espacios de producción y consumo que enriquecen a la plutocracia corporativa.

Regresando al pasado “Viernes Negro” motivo de esta reflexión, ciertamente el mismo parece encarnar todo lo que está mal en la sociedad puertorriqueña. Sin embargo, para la mayoría fue un ritual carnavalesco en el que se quemaron las energías y se manejaron las frustraciones como se pudo.

A todo lo anterior se suma que el proceso termina produciendo ganancias obscenas a los verdaderos ciudadanos de este sistema, y de eso es que trata el asunto del viernes de marras.
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