Mamita llegó el Súper, llego el Súper de los niuyores…

Por Gary Gutiérrez
Publicado: martes, 12 de noviembre de 2013

El nombramiento de James Tuller Cintrón como nuevo Superintendente de la Policía, anunciado en Nueva York por el excantante Willie Colón y ratificado en Fortaleza por el administrador colonial Alejandro García Padilla, acaparó la discusión pública en Puerto Rico la pasada semana.

Según publica la prensa, Tuller Cintrón es un hijo de la diáspora que, nacido en la Gran Manzana, pasó sus años de escuela en Bayamón para luego regresar a la Babel de Hierro. Allí se integró al Departamento de la Policía de Nueva York en el 1973 y desde entonces trabajó en el área de vigilancia de los complejos de vivienda pública primero y luego en el Buró de Transportación de esa agencia.

Mirando el resumé de Tuller Cintrón se destaca como éste fue subiendo y alcanzando logros profesionales durante la década del 1980, periodo histórico en que la derecha estadounidense utilizó la Policía de Nueva York para implementar sendas teorías de control social desarrolladas por el conservador Manhattan Institute, conocidas como las teorías de “Ventanas Rotas” y “Tolerancia Cero”.

Disfrazado como “plan anticrimen”, estas visiones parten de la premisa que persiguiendo intensamente la desviación menor y callejera como el graffiti, la solicitud de limosnas, la deambulancia, entre otras, se evita que las comunidades caigan en el proceso de deterioro que termina encubando criminales.

Ante este historial laboral del nuevo Superintendente de la Policía, surge la principal preocupación en torno a su nombramiento, sobre todo después de que adelantara a la prensa que, partiendo de “su experiencia” y de lo que “ha hecho en Nueva York”, viene a la Isla para implementar las trilladas y fracasadas teorías de “Ventanas Rotas” y “Tolerancia Cero” a reducir el crimen.

Por supuesto, ésta no es la única pregunta o preocupación en torno al nombramiento de Tuller Cintrón a la Superintendencia de la Policía.

Todavía no se sabe cómo es que el administrador colonial llegó a conocer a Tuller Cintrón. No está claro quién se lo presentó o quién lo recomendó. Tampoco está claro si viene a implementar una nueva política pública o si viene, como dijo García Padilla cuando lo presentó, “a dar continuidad a la labor que se viene realizando”.

Peor aún, no se tiene claro el porqué se trae a este oficial, cuando la Isla cuenta con decenas de oficiales de carrera que cuentan con igual hoja de servicio y preparación.

A estas preguntas hay que sumar la preocupación de la comunidad ciclista con la llegada a dirigir la Policía de quien hasta ahora fue el principal ejecutivo del Buró de Transportación de la Policía Neoyorquina, división con un terrible récord cuando viene al trato a los ciclistas, sobre todo a sus sectores más activistas.

Esta forma de tratar a los ciclistas, quienes en la sociedad del carro constituyen “el otro”, nos lleva a mirar críticamente al proceso de formación e historial del flamante jefe policíaco.

Precisamente, la principal crítica que se les hace a las teorías de “Ventanas Rotas” y “Tolerancia Cero”, es que son expresiones de una política de control y represión de todo aquel que, desde la visión de mundo de la clase media consumidora estadounidense, se construya como “el otro”.

Gigantes teóricos como Löis Wacquant y Yock Joungs, catalogan la teoría de las “ventanas rotas” como inválida empíricamente hablando, mientras explican que para lo que sí sirven estas teorías, es para generar confianza en la clase media, que regularmente es conservadora, desconfiar de los pobres y marginados, además de tener altos niveles de participación electoral.

Para Wacquant, el resultado de la implementación de estos planes de “Ventanas Rotas” y de “Tolerancia Cero”, y por tanto, del discurso que parece traer Tuller Cintrón, es que la definición de “desordenados” o “de enemigo del orden”, se les aplica a los sectores sub-proletarios que estropean, afean o molestan el espacio social y físico del consumo. Es decir, “al otro” que no es clase media.

Específicamente, en torno al plan de “Tolerancia Cero”, Wacquant expone que el mismo tiene tres componentes básicos.
Primero, un incremento en el número de las fuerzas represivas del estado como la Policía y la Fiscalía, así como en los recursos fiscales que se les asignan a esas dependencias. Dinero que en última instancia termina en los bolsillos de lo que Ángela Davis, Noam Chomsky y Cornel West llaman el aparato industrial correccional.

Segundo, la reestructuración del aparato policíaco, imponiendo la responsabilidad a nivel local o de áreas policíacas. Tercero, el desarrollo de una red de inteligencia computarizada, es decir de estadísticas que permita cuantificar la efectividad y que dé acceso rápido a la “inteligencia” recaudada en el proceso.

De primera intención y partiendo de una mirada acrítica, se pudiera decir que “Tolerancia Cero” y “Ventanas Rotas”, son una buena estrategia para la isla. Después de todo, las mismas funcionaron en la ciudad de Nueva York.

Sin embargo, tanto el propio Wacquant, así como el británico Jock Young, apuntan a un análisis diferente.
Ambos sociólogos de la desviación llaman la atención a que si bien es cierto que bajo la política de “Tolerancia Cero” y de “Ventanas Rotas”, se registró disminuciones en los índices de la criminalidad en Nueva York, no es menos cierto que ciudades como San Diego, donde se enfatizó en el patrullaje comunitario y la no criminalización de la pobreza en la calle, experimentaron las mismas bajas en incidencia delictiva a un costo mucho menor y sin las consecuencias que pudiéramos llamar “no intencionadas”, que se ven en la implementación de cualquier política de “mano dura”.

Como si las preocupaciones esbozadas por Wacquant y Joung no fueran suficientes para desconfiar de estos planes, basta con mirar la historia reciente para darse cuenta de que la fallida política pública sobre la criminalidad en Puerto Rico lleva más de veinte años basada en las mismas teorías.

La Mano Dura Contra el Crimen, Castigo Seguro, Golpe al Punto, La Isla de Ley y Orden y hasta los Códigos de Orden Público, todas fracasadas políticas para el manejo de la criminalidad en el País, son solo expresiones criollizadas de las estrategias que trae nuevamente Tuller Cintrón.

Como en Estados Unidos, el único logro que realmente se puede relacionar con estas estrategias es el aumento desproporcionado de las minorías en la población penal.

Partiendo de que las políticas de “Ventanas Rotas” y “Tolerancia Cero” están desacreditadas y del fracaso que las mismas ya demostraron en la Isla, a primera vista se pudiera concluir que la llegada de James Tuller Cintrón para implementar las mismas, no hace mucho sentido.

Sin embargo, un vistazo más crítico, demuestra todo lo contrario.

Al mirar la carta de presentación de Tuller Cintrón y su intención de nuevamente implementar en Puerto Rico las teorías de las “Ventanas Rotas” y “Tolerancia Cero”, es fácil inferir que el mismo no viene a manejar el crimen.

Lo que viene es a usar la Policía de Puerto Rico para levantar la imagen que del administrador de turno Alejandro García Padilla tienen los sectores que en la Isla se ven a sí mismos como clase media, que en Puerto Rico está compuesta de trabajadores pobres en su mayoría y que es la que decide el proceso electoral local.

Copiado de los presidentes, gobernadores y alcaldes en Estados Unidos, los admiradores locales llevan décadas usando la criminalidad y el miedo que ésta le provoca a la llamada clase media para aumentar su respaldo electoral.
A este proceso, el sociólogo estadounidense Jonathan Simon le llama “gobernancia mediante el crimen”.

Por un lado, ese sector social que se define a sí mismo como clase media, aunque en Puerto Rico es clase trabajadora pobre que se identifica y aspira a ser parte de las minorías dominantes, se rehúsa a ver la excluyente estructura capitalista neoliberal como la generadora de sus penurias y pérdida de poder económico.

Para ellos es más fácil construir a los sub-proletarios, que no pagan impuestos, viven de las ayudas que costean la gente decente y que además son unos viciosos peligrosos, desordenados y faltos de valores, como la causa de sus problemas.

Ante esta realidad, explica Simon, que las estrategias para controlar esos sectores sub-proletarios mediante campañas de arrestos, imponiendo largas condenas carcelarias, ocupando sus comunidades o restringiendo su acceso a los sectores donde vive la gente decente, se convierte en el discurso de los políticos que quiere ganarse el favor de esos que se ven como “clase media”.

Sector que registra altos niveles de participación electoral y que, como se mencionó antes, regularmente es conservador, desconfía de los pobres y marginados y para quienes los discursos punitivos como el de “Ventanas Rotas” y “Tolerancia Cero” tienen mucho sentido.

Partiendo de lo anterior, es lógico preguntarse si la llegada de James Tuller Cintrón como nuevo Superintendente no es otra cosa que una estrategia de comunicación social para levantar la maltrecha imagen de Alejandro García Padilla, a costo de los derechos civiles y las libertades sociales de los sectores más pobres y marginados.

Al fin y al cabo, para eso fue que estas teorías realmente le sirvieron al exfiscal convertido en alcalde de Nueva York, Rudolf Giuliani. Es decir, para ganar elecciones.

Mientras tanto, nuestros jóvenes seguirán pagando en la calle el tributo de sangre, resultado no intencionado del manejo partidista electoral de problemas que son estructurales.

* El autor es profesor universitario de Justicia Criminal y observador social.
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