Por Gary Gutiérrez

Arroz, habichuelas y pollo gisa'o en Winner de Cotto Laurel, Ponce
Arroz, habichuelas y pollo gisa’o en Winner de Cotto Laurel, Ponce

Son casi las tres de la tarde y el hambre aprieta.

Estacionado frente Winner en el Cotto Laurel, me pregunto si debo o no entrar.

Desde afuera el local parece más un antro de “jangeo” nocturno que tuvo épocas más gloriosas, que un chinchorrito para almorzar. Además el estacionamiento está vacío, lo que rara vez es una buena señal.

Finalmente, y llamado por la curiosidad y el hambre, me decido entrar.

Después de todo, ya estoy aquí y además me lo recomendó José Raúl Cepeda, un maestro chinchorrero por derecho propio para quién las alitas fritas de este sitio son dignas de mención.

Al entrar, el panorama fue tan desolador como en el exterior. A mi mente vinieron mis días de juventud, cuando laboré en “Pubs” y discotecas. Esos lugares, al igual que este, son negocios que solo se ven bien de noche, con poca luz, mucho gentío, un gran revolú, fiesta y la psicoactivación producto del alcohol.

Los paneles decorativo de por lo menos veinte años, las pocas mesas, las losetas de linolium cuya multiplicidad de colores dan fe de un sin fin de redecoraciones y el viejo “estimer” sin luces completan el ambiente poco esperanzador.

Sin embargo, de cerca, se revela el contenido del “estimer” y es estimulante.

Las aceitunas y los pedacitos de aromáticos como la cebolla, pimiento, ají dulce, así como las hojitas de orégano que engalanan la oferta dan fe de que esto es otro nivel. De lejos se nota que esto es “old school”.

“Esos colores no son de sobresito. Ese brillito color amarillo acaramelado que pica a dorado profundamente oscuro del pollo guis’o solo se logra con achiote, vino y fuego lento” pensé mientras me decidía entre las chuletas en salsa o el pollo.

Mi lujuria gastronómica y mis fantasías culinarias se interrumpieron de golpe cuando doña Nidia, cocinera a cargo del negocio, me pregunto que desea.

Venía en pos de las alas fritas recomendadas por José Raúl, pero definitivamente aquel pollo había que probarlo.

La decisión no pudo ser mas acertada, arroz habichuelas y pollo gisa’o es la que hay. Admito que me dio trabajo, pero no pedí cerveza que es lo que manda eso.  Lo baje con agua.

El arroz, con buena textura le sirvió de cambas blanco para destacar el natural sabor de unas buenas habichuelas claramente ablandadas en casa y guisadas a fuego lento con sofrito casero fresco y pedacitos de papa. Excelente acompañante para el pollo ya descrito.

Que clase de guiso. El mismo demuestra las destrezas culinarias de nuestras mejores cocineras doméstica, tradición de donde viene doña Nidia.

Ella aprendió a cocinar en su casa alimentando a nueves y los arrima’os.  De esa forma, pero sin saberlo, Nidia se inserta en una culinaria que se levanta como resistencia en estos tiempos de fuertes presiones económicas.

En ese sentido, y gracias a las habilidades de Nidia, la comida de Winners en el Cotto Laurel de Ponce es verdadera comida tradicional de fonda. Productos económicos, tratados con cariño y dedicación que se transforman con aromáticos, especias y hojitas del patio, para terminar produciendo los más sabrosos y ricos manjares a un precio económico.

Me refiero a los manjares que doña Nidia prepara y sirve a esos que trabajan y sudan diariamente para ganarse los cinco pesitos que cuesta la mixta en Winners.

En fín, que si usted es un fondero, chichorrero, “hard core foodie” o simplemente un aventurero gastronómico,  Winner en la catorce es una experiencia que debe tener, aun cuando la primera impresión no sea la más positiva.

Después de todo, el hábito no hace al monje y en este caso, ni a la fonda.

Buen Provecho

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