POR GARY GTUIÉRREZ

 

Finalmente fui, miré y comí.

Me refiero a que tras más de un año de que abrió sus puertas, respondiendo a la convocatoria de una de mis ahijadas que celebraba su graduación de noveno grado, visité ese local que una cadena de comida con nombre italianizado abrió en Ponce.

Confieso que la idea de almorzar en el mencionado sitio no me entusiasmó mucho, pero el amor que le tengo a la niña y su familia resultó más que mi aversión visceral a los negocios de cadena.

De primera intensión, la deshonesta perfección de la decoración y el impecable ambiente del local, remontó mi mente a las peregrinaciones que con mi familia realicé a Disney World durante mis años preadolescente.

Al igual que en “el sitio más alegre de la tierra”, el pulcro local lleno de eficientes y hermosos empleados jóvenes que se mueven de un lugar a otro sin hacer ruido y con una perpetua sonrisa, la música étnica en bajo fondo y la constante supervisión que garantiza eficiencia, crean un ambiente que evoca más una oficina de contabilidad que un lugar donde disfrutar de los placeres de la gastronomía.

En pocos minutos, ya sentados, una joven cuyo físico encarna la clásica belleza relacionada con el Mediterráneo nos atendió. Con la eficiencia y cortesía producto de la práctica, la disciplina y el sistema de selección que sobrevivió para poder ocupar el puesto de trabajo que ocupa, la joven navegó nuestras preguntas, se rio cortésmente de nuestros chistes mongos y cambió varias veces la orden para acomodar nuestros caprichos, sin queja o molestia aparente.

Tras un tiempo relativamente corto, pan de apariencia artesanal y las sopas ordenadas estaban en la mesa, nuevamente presentados con una eficiencia envidiable en una sala de operaciones.

De la misma forma y en perfecta coreografía, no bien terminada la sopa, tres jóvenes desplegaron frente a nosotros los platos fuertes.

Finalmente llegaron los postres, que aun cuando tenían nombres italianos, las porciones eran “a la americana”, y también llegó un inmundo brebaje que ellos se atreven llamar espresso.

Estaba todo consumado, el objetivo de sentarnos, servirnos lo más posible, en el menor tiempo posible se había logrado, solo restaba pagar.

“Bam, ban, thank you mam. No olvide dejar propina”.

Confieso que, descontando el espresso, no la pasé mal. Por supuesto estaba compartiendo y disfrutando con gente a quienes ya amo como familia.

La comida no fue extraordinaria, pero no fue mala, pero eso sí, el servicio impecable. Tal vez ese fue el problema… todo era demasiado perfecto para ser real.

Hace más de 20 años, acompañados por mis primos los de la diáspora, me senté en una esquina del Greenwich Village en New York City con la esperanza de curarme con un espresso. En aquella época encontrar un espresso fuera de Little Italy no era tarea fácil.

Se trataba del legendario Le Figaro Café.

Una fonda italiana donde la comida era bastante mundana y el espresso, aun cuando era muy tradicional con su cascarita de limón amarillo, tampoco era memorable.

Sin embargo, algo en aquel antro le hacía real. Los meseros, quienes gritaban las órdenes y te miraban mal si te ponías imprudente con chistes pendejos, igualmente se gozaban el ver que te disfrutabas el café, los cannoli o el vino de dudoso origen que te servían de un cacharro de cristal sin identificación.

Era un sitio real, con olores fuertes y gente apasionada que llevaban décadas haciendo su trabajo. Donde uno podía pasar la tarde, como lo hice con mis primos, solo tomando espresso y comiendo alguno que otro bocadillo o pastel cotidiano.

Un lugar donde por décadas se sentaron junto a otros neoyorquinos, cantantes como Bob Dylan, comediantes contestatarios como Lenny Bruce o escritores del nivel de Jack Kerouac.

El Le Figaro, no estaba inmaculado como estaba este que la cadena multinacional abrió en Ponce, no tenía ese servicio casi quirúrgico, sus meseros llevaban tanto tiempo que no les importaban si los supervisaban.

Pero era un sitio donde uno no solo se sentía vivo, se sentía parte de una ciudad viva.

Era un sitio donde uno vivía la vida y la compartía con los acompañantes de mesa, con los que te servían  y con los que caminaban por la acera frente tu mesa.

Lamentablemente, hoy Le Figaro es solo un recuerdo. En el 2008 sirvió su último espresso y cedió su espacio a negocios como este que hoy coloniza nuestra ciudad.

Sitios que si bien, uno puede ir a comer y no pasarla mal, nunca llegaran a ser sitios donde uno pueda vivir la vida creando memorias cotidianas para ser recordadas veinte años más tarde.

En fin, estos son sitios que por no tener alma, no pasan de ser “Fast Food” glorificados.

 

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