Conferencia

El narcotráfico y la sociedad de “ley y orden”

Por Gary Gutiérrez

Presentada ante estudiantes de La Unión Estudiantil de Sociología Recinto Universitario de Mayagüez

Una mirada rápida a la historia puertorriqueña de los pasados años, es suficiente para notar que la afirmación del neo-liberalismo y el crecimiento de la violencia social son los dos aspectos que aparentan definir este periodo histórico en nuestro país.

Los periódicos publicados durante la primera década del siglo XXI dan cuenta de alrededor de mil muertes violentas al año. Al mismo tiempo, esas publicaciones dan cuenta de la imposición en la Isla de las ideas económicas y sociales del economista estadounidense Milton Friedman. Es decir una política económica donde el gobierno sede su poder regulador de la economía ante la “invisible mano” reguladora del mercado. Donde los servicios inherentes al estado moderno se canalizan mediante la empresa privada en acelerados procesos de privatización. Por último, estas ideas incluyen las visiones conservadoras de control social mediante una política publica anticrimen empaquetadas en discursos de “cero tolerancia” y de sociedades de “ley y orden”.

Partiendo de estos procesos económicos y sociales, es mi hipótesis, que la violencia y el narcotráfico que hoy se vive en Puerto Rico, no solo son el producto no intencionado del ordenamiento socio-económico colonial resultado de la relación con Estados Unidos, sino que se pudieran mirar como discursos contestatarios, conscientes o inconsciente, de los sectores excluidos por ese proceso colonial y neo-liberal.

Como expusiera durante la reunión de la Asociación de Criminología de Estados Unidos en Chicago hace solo unos meses el compañero profesor José Raúl Cepeda, podemos estipular que la cultura puertorriqueña del siglo XXI es el producto de tres procesos violentos productores de exclusión. Estos procesos son: el coloniaje que es violencia política, el machismo que es violencia de género y el capitalismo que es violencia económica. Catalogo estos tres procesos como violentos pues los tres pudieran verse como darwinistas en el sentido de que los tres implican la imposición de los más fuertes sobre los más débiles.

Si hablamos desde el aspecto económico, durante los pasados cuatro años el anterior gobierno encabezado por Luis Fortuño, un nuevoprogresista que pretendió proyectarse como la nueva cara latina en el Partido Republicano estadounidense, impuso en la isla una de las versiones más excluyentes del mencionado capitalismo, el neo-liberalsimo conservador. Ese tipo de capitalismo, es catalogado por el británico Jock Young como “bulímico” que exacerba la exclusión social al prácticamente eliminar o reducir enormemente la llamada clase media trabajadora, mientras aumenta el sector sub-proletario o lumpen de la sociedad.

Con el término “bulimia social”, Young pretende explicar la forma en que las sociedades que abrazan ese capitalismo salvaje o neo-liberal como forma de organización socio-económica, terminan incluyendo a todos los sectores económicos en falsas y creadas necesidades de consumo, mientras expulsa a la gran mayoría de la población de los empleos dignos con remuneración que les permita el mencionado consumo. Es decir la sociedad es incluyente para que gastes y excluyentes para que produzcas ingresos legales.

Esta explicación crítica del sistema capitalista por parte de Young, se puede complementar con los trabajos del intelectual puertorriqueño Carlos Rivera Lugo.

En su magistral ensayo, Ni Una Vida Más Para La Toga, Rivera Lugo cataloga como “Guerra Social” el resultado del ordenamiento impuesto por ideologías excluyentes como la neo-liberal conservadora. Según esta visión, cuando el Estado se proyecta como ilegítimo para grandes sectores de la población, como es el caso de estas sociedades neo-liberales, parte de la población que compone los sectores más desventajados de la sociedad terminan cuestionando, consciente o inconscientemente, el ordenamiento social que los excluye. Ese cuestionamiento pudiera incluir la necesidad o no de respetar las leyes de ese Estado que es visto como no representativo y por ende ilegítimo. De esta manera esos sectores marginado pudieran recurrir a lo que en Puerto Rico se le conoce como “bregar”. Es decir buscárselas como se pueda, incluyendo las actividades ilegalizadas, pero lucrativas, como el narcotráfico. Lejos de reconocer la actitud de esos sectores marginados como un reclamo de espacio, el Estado responde con una mentalidad que Rivera Lugo cataloga de “racionalidad adversativa”, entiéndase represión y violencia sistemática. Esa respuesta estatal termina produciendo más exclusión, la que a su vez produce más “brega” que, nuevamente aumentará la represión en un proceso de espiral infinito.

Partiendo de las definiciones de Carlos Rivera Lugo, es mi impresión que ante esta “racionalidad adversativa” del Estado se pueden dar varias respuestas por parte de la población.

Por un lado, los sectores más conscientes y capacitados en el sentido social y político, se organizaran o buscarán fortalecer organizaciones ya existente. De esta manera, y como se vio en las pasadas elecciones, surgirán nuevos partidos, movimientos u organizaciones políticas.

De igual forma, el liderato comunal puede que organicen unas estructuras para hacer frente a proyectos que puedan afectar negativamente a su comunidad. Los movimientos en contra de los gasoductos que se propusieron por las pasadas dos administraciones, son un ejemplo de este tipo de respuesta.

Sin embargo, no todo el mundo cuenta con el desarrollo de una conciencia y unas capacidades organizativas que les permita tomar control de sus procesos y responder con esa acertividad. Para decenas o tal vez cientos de miles de puertorriqueños, la respuesta a este excluyente proceso parecería ser una inconsciente. Como se mencionó anteriormente, ante un bulímico sistema económico que no provee espacios para producir los ingresos necesarios, aquellos que no cuentan con las destrezas o la conciencia política para organizarse legalmente recurrirán a “bregar”. Durante la pasada reunión de la Asociación Americana de Criminología en Chicago, Jock Young explicaba como la resistencia social a la marginación está en todas partes, solo tenemos que aprender a verla. Mirando la sociedad puertorriqueña en el crisol de la invitación del viejo Young, podemos teorizar que esa “brega”, legal o ilegal, mediante la cual sobreviven enormes sectores de la población, no es otra cosa que un discurso contestatario inconsciente que materializa una resistencia económica a la exclusión resultante de un sistema que no da empleos pero que define el éxito según la capacidad de consumo que tenga cada quien.

Por supuesto no toda esa “brega” es criminal. Miles recurren a actividades que pueden constituir violaciones a leyes y reglamentos, pero que no se ven necesariamente como criminales. Entre esto, proveer servicio de peluquería o mecánica sin las licencias o permisos y sin reportar los ingresos a las agencias recolectoras de impuestos. De igual forma, otras personas pueden desarrollar una actividad de venta al detal informal, sin respetar los reglamentos de impuestos o reportar sus ingresos. Es decir, vender películas en DVD, perfumes, cosméticos, carteras o zapatos en la casa o desde el baúl del carro.

No obstante, entre esos que bregan se tiene que incluir a los que se internan en el prohibido e ilegalizado negocio del narcotráfico. Se estima, dependiendo de las fuentes que se utilicen, que este ilegalidado negocio es el tercer sector económico del país y el segundo al creación de empleos. Incluso se pudiera especular que ese ilegalizado narcotráfico es la única institución que funciona en muchas de las comunidades en la isla. Es de conocimiento público, que en muchas instancia, es el “bichote”, término degenerado de la expresión anglo “big shot”, el que subsidia la vida comunal en muchas de nuestros sectores marginados. Es este “bichote” el que provee empleos a los muchachos jóvenes, mantiene la seguridad en la comunidad, sufraga los costos de las fiestas o torneos deportivos en las comunidades y subsidia las necesidades de los envejecidos.

En palabras de un estudiantes que valientemente admitió durante una de mis clases que en ocasiones incursiona en el mundo del narcotráfico; ¿qué otra cosa se puede hacer?

“Si necesito el dinero para ayudar la vieja a pagar la luz o si tengo que poner al día la pensión, solo tengo dos opciones. ¿Tirarme a tratar de buscar trabajo? Para eso tengo que hacer mil tramites y gastar un montón de chavos en ir buscar la carta de buena conducta, los análisis médico, comprar una ropa que aparente y tener la suerte de que me toque una solicitud, pues hay veces que hay dos o tres espacios para trabajar y solo dan cien solicitudes. O puedo ir donde el “bichote” que me conoce del barrio y me deja bregar un par de horas o me fía un poco de material para que me defienda vendiéndolo. Por supuesto no se trata de glorificar al narcotraficante. El de él es un negocio violento que genera una cultura de violenta en las comunidades que ocupa o controla. Sobre todo cuando la cultura de la sociedad en que se instala es ya una violenta, como en el caso de Puerto Rico que, como se expuso anteriormente, se caracteriza por la violencia colonial, machista y neo-liberal.

Claro está, usted debe estar pensando que al hacer estas acciones y ocupar esos espacios, lejos de resistir, nuestro pueblo termina reproduciendo paralelamente los mismos males que les agobian.

¿Acaso al criminalizarse, no terminan, tanto el “bichote” como la comunidad, reproduciendo las mismas estructuras de explotación del sistema capitalista? Peor aún, ¿no acaba asumiendo la etiqueta que el sistema le impone por ser pobre y emprendedor?

La contestación probablemente es “sí”. Los sectores que resisten de esas maneras probablemente terminen reproduciendo las propias estructuras que los marginan. De igual forma, pueden terminar interpretando el papel asignado a ellos por el poder y desplegando la etiqueta a la que, por pobres, ese poder les impone. Recuerden que lo de contestario, no necesariamente implica que sea consciente.

Ahora bien, validando el cuestionamiento, cabría entonces preguntarse si acaso no se pudiera hace la misma crítica a los modelos revolucionarios que durante el siglo XX surgieron como alternativas políticas contestarias, para terminar reproduciendo estructuras de poder igualmente represivas.

Así las cosas, podemos partir entonces del concepto “carnavalización del crimen” del británico Mike Presdee y preguntarnos cómo esa acción contestaria de insertarse en el narcotráfico para no ocupar el lugar de pobreza asignado por la sociedad, no constituye para muchos un problema, sino la solución a “su problema” de exclusión y marginación socio-económica.

El concepto de carnavalización, es decir del crimen como ritual de inversión surge de los trabajos de Jack Katz, quien es su libro Seductions Of Crime: Moral And Sensual Attractions In Doing Evil expone la atracción que siente el ser humano cuando experimentar el placer y el sentido de poder producto de aquello que le es prohibido. Basado en esta teoría, explica el también el británico Mike Presdee en el ya clásico Cultural Criminology and the Carnaval of Crime, cómo la transgresión a la norma se acompaña de un grado de satisfacción y empoderamiento. Al integrar esta noción de seducción de lo prohibido al concepto antropológico de ritual de inversión, Presdee creó el término carnavalización del crimen para explicar como aquella persona que se concibe a sí misma como excluida y marginada utilizará la desviación, con mayor o menor grado de violencia, como vehículo para empoderarse y sentirse en control de su existencia. Para ilustrar el concepto se puede mirar al obrero que tras todo el día de reprimir impulsos de contestar con violenta a los abuso de su patrono, llega a su casa, donde siente que es el poder. Allí desata su furia contra su compañera o sus hijos a quienes construye como individuos subordinados a el. Es decir, usa la agresión contra aquéllos que construye como más débiles para ilusoriamente sentirse empoderado. De igual forma se puede apuntar a los jóvenes que mediante el grafiti se empoderan y “hacen suyas” las paredes de una sociedad que los excluye. Por supuesto, desde esta perspectiva también es fácil entender al joven que nace y se cría en un sector marginado y que para salir de esa marginación se integra al mundo de la droga en búsqueda de riquezas, pero sobre todo de respeto.

Mirando desde estas perspectivas la organización social en Puerto Rico, se pudiera inferir entonces que la misma es una receta para el desastre. Por un lado, un sistema colonial, machista y capitalista excluyente que produce frustración que lleva a la violencia, y por otro, un sistema que mediante leyes draconianas que criminalizan el narcotráfico crean un lucrativo espacio económico, que aunque ilegal, es sumamente lucrativo para decenas de miles de jóvenes varones, que en su edad más productiva se encuentran excluidos de otras alternativas legales.

Mientras esto ocurre, desde su “racionalidad adversativa”, el gobierno responde afirmando y ampliando las mismas respuestas punitivas y represivas que vienen fallando por décadas para hacer frente al narcotráfico. Unas medidas que solo logran encarcelar a miles de jóvenes, quienes tras ser procesados por el sistema salen unos años más tardes con mayor prestigio callejero y más conocimiento del negocio.

A estas fallidas respuestas punitivas, la pasada administración le añadió la conservadora visión republicana de una “sociedad de ley y orden” basada en los valores del blanco, varón, propietario, alargadamente heterosexual y cristiano que se construyó en la década del 1950 como el “sueño americano”. Una visión que basado en el pensamiento que dio forma a los grupos de temperancia al principio del siglo pasado en los Estados Unidos y que parten de la premisa que mantener el orden en una sociedad está por sobre todas las consideraciones incluyendo la justicia y los derechos. Es decir una visión para la cual el desviado, sea por usar drogas o venderla o sea porque protesta en la universidad, tienen que ser reprimido a la obediencia a como de lugar. ¿Acaso no recuerda aquello de “sacarlos a patadas”? Esa fue la mentalidad que generó leyes que, bajo amenaza de tres años de cárcel, reducen la libertad de expresión a los espacios donde no molesten a la gente decentes o el desarrollo del capital. De paso, leyes que el actual gobierno ni ha, ni aparenta derogar.

Por supuesto, como prueban las décadas de prohibición, esta conservadora visión punitiva no logró reducir el narcotráfico y mucho menos la violencia. Al contrario, al momento, la droga es más abundante, más barata, deja más ganancia y los carteles que la mueven son mas poderosos y ricos que hace cuarenta años. De la violencia no es necesario abundar mucho, con solo mirar un periódico se sabe cual es el resultado de estas leyes prohibicionistas.

A todas luces, esta visión punitiva no logra controlar la violencia ni el narcotráfico.

Sin embargo, lo que si aparenta lograr esta visión, impuesta por Fortuño y mantenida por Alejandro García Padilla, es llenar las arcas del complejo industrial correccional metiendo gente presa, comprando cámaras y tecnología de vigilancia, así como gastando en equipos especializados y tácticos para las fuerzas represivas del Estado.

El otro resultado de estas iniciativas punitivas es que las mismas, no controlan la criminalidad, pero sí ganan elecciones.

Si miramos las pasadas elecciones, las mismas aparentan haber sido un concurso de simpatías para con los sectores conservadores. Después de todos, esos son los sectores que todavía se mueven a votar en masa. Por un lado, el linea dura de Luis Fortuño con su discurso de mano dura y valores de ley y orden, y por el otro, el moderado Alejandro García Padilla cuya propuesta “moderada” era la mano inteligente que incluyen mantener la ley y orden mediante la movilización de los militares del país. Este cuadro electoral antes descrito, aparenta haber salido de los trabajos del estadounidense Jonathan Simon. En su libro: Governing through Crime, Simon explica que desde la década del 1960 en los Estados Unidos la llamada clase media se siente amenazada, pero no por los poderosos que cada día le imponen más responsabilidad fiscal, sino amenazada por los sectores sub-proletarios a quienes construyen como viciosos, vividores y criminales. Es por esta razón, que para ganarse el voto de esa clase media que es la que más participación electoral tiene, los políticos tienen que proyectarse como intolerantes frente a ese lumpen que se niega a vivir como las “personas decentes” y que no trabaja porque no quiere, pues prefiere “la vida fácil del narcotráfico”.

Al traer la teoría de Simon a la realidad puertorriqueña aquí descrita, es fácil explicar porque los políticos buscan mediante la criminalización de la pobreza sub-proletaria, congraciarse con esa masa de trabajadores pobres que en Puerto Rico se ven a sí mismos como clase media. Es decir que la mayoría de las propuestas políticas en torno a la criminalidad y al narcotráfico, sobre todo por parte de los dos partidos de masas que controlan el proceso electoral, no van dirigidas a controlar la violencia, el narcotráfico y mucho menos la criminalidad, sino va dirigido a ganar el juego de sillas musicales que parece ser la política puertorriqueña.

Así las cosas, mi hipótesis se pudiera ampliar para incluir, no solo que la violencia y el narcotráfico que hoy se vive en el País es el producto no intencionado del ordenamiento socio-económico antes detallado, y que esta violencia y narcotráfico se pudiera mirar como un discurso contestatario de los sectores excluidos por ese proceso colonial y neo-liberal; sino que los puertorriqueños reafirmamos electoralmente el excluyente proceso cada vez que vamos a las elecciones

En ese sentido parecería que todos, unos por acción y otros por omisión, somos responsables por la insanidad que vivimos.

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