Lo confieso, de pedagogía se muy poco.

Así que lejos de adentrarme en ese laberinto por donde se pasearon gigantes como Illich y Freire, ante las preguntas sobre el rol del profesor o profesora, o sobre cuáles estrategias son más o menos adecuadas para ayudar a los jóvenes en la universidad, prefiero buscar contestaciones en terrenos más conocidos para mí.

Ese terreno es el estudio de la desviación, específicamente desde la Criminología Cultural. Es decir el saber criminológico de distinguido colegas como Jock Young, Jeff Ferrel, Keith Hayward, quienes explican que para poder entender la mente del desviado o criminal, se debe uno poner en el sitio del desviado o criminal. Es decir, acercarse al criminal etnográficamente como un antropólogo que se adentra en la intimidad de una cultura desconocida, para desde su interior entender la forma en que esos individuos ven el mundo, cómo lo manejan y qué estrategias desarrollan para sobreviven.

De esta manera, conociendo la forma en que esos individuos desviados entienden este mundo posmoderno o de modernidad tardía, según los criminólogos culturales, no solo se puede entender el por qué se comportan como se comportan, sino que además se puede ver cómo en muchos caso, la sociedad no les dejó otra alternativa que no fuera la desviación.

De este modo, y tomando prestada la etenografía como herramienta, antes de tratar de enseñar a estos jóvenes unos saberes que muchos, por sus carencias y deficiencias educativas, ven como innecesarios, aburridos o totalmente impertinente a sus vidas, me parece que lo primero que uno debe hacer es tratar de entender su visión de mundo.

Es decir, desvestirme de mis prejuicios y concepciones productos de mi cómoda vida de clase media y tratar de sentir cómo se ve la sociedad desde la marginación social, económica o sentimental que viven muchos de nuestros y nuestras estudiantes. Es concebir lo que es pasarse el día con una bolsa de Doritos y un refresco, pues los dos o tres pesitos que tenía se fueron en la gasolina para llegar a la universidad. De igual manera, es sentir el terror que implica el que me asignen a leer una novela para una clase cuando en mi casa nunca vi un libro.

Peor aún, es sufrir el aburrimiento de tener que leer, novelas que tratan de cosas tan ajenas a mi realidad como es la vida en cañaverales o el amor prohibido de alguna pareja en la edad media.

Solo calzando esos zapatos y mirando el mundo desde esas experiencias, el o la educadora puede traducir el saber de sus disciplinas a un lenguaje con el que los y las estudiantes tengan resonancia, que les haga sentido y que tenga vigencia en su vida. Más importante aún, solo partiendo de un profundo conocimiento de ese mundo que habitan esos jóvenes, puede la academia hilvanar un discurso que verdaderamente les explique el mundo que ellos y ellas experimentan día a día en su comunidad.

Repito, no soy pedagogo, pero me parece que si se logra construir un discurso que a los y las estudiantes les haga resonancia, un saber empaquetado en una literatura que les hable de sus comunidades disfuncionales, de familias que como las de ellos y ellas experimentan mil problemas cada día, se logrará ese despertar de la necesidad de saber más.

Regresando a la criminología para usarla de ejemplo de esto que trato de explicar. Muchos de nuestros estudiantes vienen de sectores marginados donde la criminalidad, la violencia o por lo menos el narcotráfico, no solo son parte de la cotidianidad, en algunos casos son las actividades que definen la forma de vida.

¿Cómo voy a lograr despertar el interés de ese o esa joven en el saber criminológico, si el pensamiento o teoría que utilizo para explicarle parte de visiones ilusorias producto de idealistas pensadores del siglo XVIII o el XIX? ¿Cómo puedo despertar el interés de un joven, si mi explicación parte de un juicio moralista que desde el principio del siglo XX condena la única actividad económica que funciona en su comunidad y que posiblemente emplee parte de su familia?

Para lograr ganarme la mente de esos y esas jóvenes, me parece que lo primero que debo hacer es acercarme a ellos sin juzgarles, como el etnólogo. De esta forma, una vez yo entienda el miedo que en su comunidad se siente por la policía, conciba yo la desconfianza que tienen frente a las agencias de gobierno o sepa lo que es ser discriminado para un trabajo por ser de esa comunidad, puedo estar listo para ayudarles a que busquen explicaciones al fenómeno de la criminalidad. Pero es buscar explicaciones que estén basadas en el maridaje entre el saber criminológico y la experiencia comunitaria y que les permita encontrar tanto explicaciones a esa criminalidad, como posibles soluciones o formas de manejar la misma.

En mi corta vida en el salón de clase tuve una experiencia que me demostró que cuando uno les habla a los estudiantes desde su realidad, estos responden. Hace uno o dos años atrás, mientras explicaba en clase una teoría de la criminología crítica que apunta a como la marginación económica junto a las falsas necesidades de consumo pueden crear las condiciones para que muchos de nuestros jóvenes varones vean el narcotráfico como alternativa para subsistir, un estudiante se acercó para decirme que esa teoría “era verdad”. Pues, en su caso, como no encontraba otro trabajo, para poder subsistir y pagarse lo necesario para estudiar, el tenía que trabajar en un punto de drogas los fines de semana.

La honestidad y confianza de su comentario produjo una larga conversación de pasillo que me permitió aprender muchísimo sobre el tema que se supone debía ser yo quien enseñara. Luego de aquel encuentro, el joven terminó mi curso, está por terminar su grado y lo último que supe fue que dejó la calle y trabaja en construcción, donde por supuesto gana menos pero está más seguro.

En fin, para mí lo más importante de esa experiencia es que desde ese día, parece que ese joven descubrió que la universidad no era solo un sitio para “hacer el tiempo”. Me parece que luego de aquella clase y de su honesto comentario, el joven descubrió que en los salones universitarios podía encontrar posibles explicaciones a las situaciones que conformaban su vida e incluso hasta pueda desarrollar algunos instrumentos para manejar las mismas.

Honestamente no sé si lo aquí expresado contesta o no la pregunta que convoca a este escrito, no obstante es la única respuesta que tengo y con toda honestidad es mi aspiración y pasión como académico y educador.
Es decir, tratar de conocer mis estudiantes.

Gary Gutiérrez
2 de octubre 2012
————————
* Este título refrasea el usado por John Muncie en su ensayo: Descriminalizando la Criminología

Anuncios