Por: Gary Gutiérrez

La rutina mañanera de utilizar Twitter para echarle un vistazo al quehacer noticioso mundial me llevó a una carta en contra de la posible legalización del mercado de las drogas publicada por la publicación dominicana en línea, el Listindirario.com[1].

El escrito es una respuesta de una ciudadana a la iniciativa del presidente guatemalteco, Otto Pérez Molina, quien buscando alternativas a la violencia que produce el narcotráfico, tanto en los países productores como en los que sirven de puente para la distribución, hizo un llamado para que los países latinoamericanos revisaran las políticas prohibicionistas en busca de alternativas que ayuden a manejar y reducir los daños antes señalados.

Desde su primer párrafo, el escrito se presenta como una recolección y reproducción de datos erróneos, falacias y medias verdades que desde el final del siglo XIX empujan y sostienen el “pánico moral” que sirvió de base para que en siglo XX se ilegalizaran unas sustancias que coexisten con la humanidad desde siempre.

En su exposición, la autora comienza señalando la posibilidad de que “fuerzas poderosas con marcado interés en este espinoso tema” estén detrás de esta iniciativa abolicionista.

Obviamente este señalamiento es producto de la mal información característico de las discusiones sobre este tema.

Si algo se ve claro al estudiar la historia de la prohibición de las drogas, es que el manejo legal de estas sustancias, sobre todo las campañas de temperancia que llevaron a las prohibiciones, siempre fueron y son el producto de intereses ideológicos, xenofóbicos y económicos que no tenían ni tienen nada que ver con los efectos y peligros del uso o abuso de las mismas.

Es demagogia hacer ver como si fueran los sectores que hoy buscan cambiar la forma leguleya como se manejan las sustancias, los que manipulan la información y empujan intereses paralelos.

La realidad histórica apunta a lo contrario.

De igual forma la carta cuestiona si quienes empujan las reformas y cambios de paradigmas “han dimensionado las consecuencias a las que se expone una sociedad como la nuestra, que no alcanza asimilar siquiera la razón de ser de este debate”.

La respuesta tiene que ser, preguntar si los empresarios morales que hoy todavía insisten en la insanidad de la prohibición, no ponderan la dimensión del costo que hoy pagamos en dólares y sangre por la prohibición.

Como parte de su defensa a la fracasada prohibición, la autora pregunta: “¿qué sería de nuestra juventud si esta propuesta tomara cuerpo y se materializara de la noche a la mañana? ¿Es que acaso se consume menos alcohol o tabaco por el hecho de que sean legales? Son muchas interrogantes, la mayoría de ellas sin respuestas. ¿Por qué no se invierten más recursos, energías y esfuerzos en campañas en contra del consumo de las drogas?”

El escrito no contesta las mismas, pues las respuestas a las tres preguntas pudieran servir de base a la propuesta de legalización de las llamadas drogas que hoy nos llega desde Guatemala.

Es precisamente bajo la prohibición y no bajo la despenalización que nuestra juventud, en especial los varones, dejan sus vidas en la cárcel o desangradas en las calles.

Hoy día, bajo el régimen prohibicionista los jóvenes menores, no tan sólo tienen más acceso a consumir las sustancias, se les hace más fácil entrar en el negocio de distribuirla o venderla.

Sobre la segunda pregunta, la respuesta es sí, a nuestros jóvenes se les hace más difícil consumir las drogas legalizadas como el alcohol y la nicotina que usar las sustancias prohibidas. De hecho, en el propio escrito, la autora admite más adelante que es mediante educación, y no prohibición, que se lograron reducciones en el uso del tabaco.

“Ha quedado demostrado que en los países donde se han llevado a cabo campañas de educación sobre el daño que ocasiona el tabaco, el consumo se ha reducido. Mientras haya consumo, habrá quien esté dispuesto a proveer, de eso no hay dudas. Hay que tomar en cuenta también que el muy lucrativo negocio de las drogas se rige por la ley de la oferta y la demanda” estipula el escrito.

Por otra parte, el escrito demuestra desinformación al exponer que “(l)a experiencia de Portugal, citando sólo un ejemplo, nos demuestra que el consumo no ha disminuido, sino que, por el contrario, los jóvenes pasan más tiempo en hogares y centros de reclusión y rehabilitación”. La política de tolerancia desarrollada en el Portugal ha logrado reducir la violencia y los daños colaterales como el traspaso de enfermedades contagiosas. De igual forma reportan que el uso de estas sustancias no ha disminuido, pero tampoco ha crecido como en los países prohibicionista. Más importante aún, reportan un aumento en la edad de los usuarios, lo que implica que los jóvenes comienzan más tarde a usar drogas. Por último añado que Portugal reporta menos usuarios de drogas blandas como la marihuana dan el brinco a sustancias más potentes o fuertes.

La ciudadana termina diciendo: “Como madre, como ciudadana, me niego, me niego rotundamente a esta propuesta. Busquemos otra alternativa, porque legalizar las drogas en un país donde el consumo crece de manera alarmante, insisto, no es ni será nunca la mejor opción.”

Como académico y estudioso del tema le digo respetuosamente que como madre y ciudadana es importante educarse, para evitar endosar agendas moralistas y fallidas que le cuestan la vida a nuestros jóvenes. Al fin y al cabo, “donde el consumo crece de manera alarmante” es bajo la prohibición que los empresarios morales nos imponen.


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