Crimen, Violencia y Exclusión en el Caribe

(Cuarta Parte)

http://www.elpostantillano.com/justiciasocial.htm#827549080

Por: José Raúl Cepeda Borrero 29/12/11

Las dos columnas anteriores proponían la necesidad de estudiar los patrones históricos que fundamentan el aspecto con frecuencia violento del crimen en el contexto de nuestra cultura boricua y posiblemente caribeña. 

Los patrones de la raíz de la violencia que identificamos fueron el colonialismo, el machismo patriarcal y el capitalismo neoliberal; y propusimos que posiblemente son afines a diversos países de la región.  Nos reiteramos en que estos patrones son violentos en sí mismos y por lo tanto productores de violencia y más importante de exclusión de grandes sectores sociales de los beneficios que esa sociedad produce.

Hoy queremos proponer que miremos a los mecanismos de control que operan en nuestras sociedades caribeñas.  Me resultaría sumamente interesante un estudio comparativo de las estrategias empleadas por los cuerpos policiacos y de seguridad de los países vecinos de la región.

Me pregunto, ¿hasta qué punto llega la influencia de la política pública prohibicionista contra el crimen originada en los EEUU?

Pienso que esa política prohibicionista, que falló tan estrepitosamente en su intento de regular el alcohol en la década del 30 en los propios Estados Unidos, es ahora tan responsable de la violencia criminal que padecemos como lo fue entonces en aquel contexto.  Solo debemos echar una mirada al libro “Historia Elemental de las Drogas” (2000) del español, Antonio Escohotado, para darnos cuenta de cómo la historia se repite al pie de la letra.

Un tema que deberíamos estudiar es que tanto las fuerzas policiacas de nuestros países reproducen los patrones del mayoral.  Los países del Caribe comparten un pasado agrícola de monocultivos principalmente el de la caña de azúcar.  En este contexto la figura del “mayoral” o capataz, resalta porque aunque con frecuencia provenía de los mismos estratos sociales que los demás trabajadores con la misma frecuencia se asocia su figura con un ejercicio desmedido de la fuerza o del poder que no poseía.

El 2011 nos deja en Puerto Rico, con un informe que nuestra metrópoli hace de la Policía local donde se destaca como uno de los principales problemas el abuso de la fuerza.  Igual que el legendario mayoral de la música tropical autóctona, como lo estudia Daniel Nina en un artículo publicado en la Revista del Colegio de Abogados de Puerto Rico (2006).

Otro aspecto del mencionado informe acerca de la Policía de Puerto Rico que llama la  atención y que sería interesante comparar con las actuaciones de las fuerzas policiacas de los países vecinos, es lo referente a la corrupción tanto directa, en su función como agentes del orden público, como indirecta cuando los agentes son arrestados por actos delictivos en su esfera privada.  El caso de Hilton Cordero en Puerto Rico es un ejemplo de esto último.

En estos casos la figura que viene a la mente es el recién acuñado “Síndrome del Inquisidor” que describe Gary Gutierrez, inspirado en la novela de Lorenzo Silva “El Blog del Inquisidor” (2008), donde el agente o funcionario del orden público ejerce su cargo con extrema severidad en busca de purificarse de sus propias culpas, por sus actos socialmente desviados, haciendo que otros se purifiquen de sus afrentas al orden social que el agente representa.

Ambas propuestas culturales merecen ser estudiadas más a fondo y de considerarse la prevalencia de este tipo de actitudes entre las agencias de seguridad de países que comparten trasfondos históricos agrícolas y conflictos entre el cristianismo oficial y las “supersticiones” de las religiones indígenas y africanas.

En la última columna de la serie espero poder proponer miradas alternativas a partir de trabajos recientes sobre justicia social, economía solidaria y los derechos económicos, sociales y culturales que propenden a la inclusión.

http://www.elpostantillano.com/justiciasocial.htm#827549080

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