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Narcotráfico: ya está bueno de simulaciones

Publicado: martes, 20 de septiembre de 2011

Gary Gutiérrez/Especial para CLARIDAD

La llamada guerra contra el terrorismo, pero que en realidad es la guerra de ocupación de Afganistán y de Irak, es para muchos el conflicto bélico más largo en la historia de los Estados Unidos.

Nada más lejos de la verdad.
La lucha militar más larga en la historia estadounidense, comenzó en 1969 y hasta el día de hoy continúa desarrollándose a nivel global en diversos frentes de batalla.

Por décadas, efectivos castrenses tanto norteamericanos como de sus países aliados y de sus colonias, desarrollan un juego de “gato y ratón” en escenarios tan diversos como las selvas y altiplanos latinoamericanos o del sur asiático, las favelas brasileñas, los guetos urbanos en Los Ángeles, Nueva York o Miami, en los caseríos en Puerto Rico y en las calles de las ciudades mexicanas, dominicanas o colombianas.

Un juego en el que por los pasados 40 años, solamente el gobierno estadounidense gastó entre 600 a 750 mil millones de dólares según la fuente que se utilice. Esto sin contar la “inversión” que los países “aliados” se ven obligados a gastar en esta lucha por el propio Estados Unidos,.
A lo anterior se le tiene que sumar también, que esa llamada guerra tiene su costo en sangre, sobre todo sangre joven en sus etapas más productivas.La conflagración a que se hace referencia la llaman, “La Guerra contra las Drogas” y como todas las guerras sus principales víctimas son los pobres.

La misma comenzó como secuela de la guerra de Vietnam, cuando cientos de miles de jóvenes -que fueron enviados a Indochina para defender los intereses capitalistas estadounidenses- se expusieron a exóticas plantas psicoactivadoras.Para aquel mocerío, mayormente pobre que se vio forzado a participar en una guerra que no tenía sentido para ellos, las plantas como la marihuana y el opio rápidamente proveyeron espacios donde refugiarse de los horrores del combate.

Al regresar del horror que es siempre la guerra, estos jóvenes trajeron consigo a todos los confines de la nación americana los hábitos aprendidos. En poco tiempo el uso de estas plantas para alterar la conciencia se convirtió en bandera de los movimientos que rechazaban la guerra y que repudiaban el “orden” social que creaba la necesidad de esa beligerancia.

A ese movimiento se le llamó, la contracultura y el mismo se convirtió en un problema de imagen para la republicana administración de turno en la Casa Blanca dirigida por Richard Nixon. Para el horror de los “ciudadanos de bien” y respetuosos de la “ley y el orden”, lo que antes eran unas exóticas costumbres de sociedades incivilizadas, poco a poco corrompía el escenario cultural americano y atentaba contra el estilo de vida del hombre, blanco, rico y heterosexual que se vende como la forma de vida americana -The American Way of Life- .

Ignorando las recomendaciones de sus asesores salubristas y legales, la administración Nixon sucumbió a las presiones de los empresarios morales conservadores que, promoviendo el “pánico moral” en torno a esas costumbres “salvajes”, exigieron respuestas de “mano dura” y ‘cero tolerancia”.

De esa manera, la prohibición se convirtió en la política pública y la dependencia física o emocional a las adictivas sustancias de estas plantas se convirtió en un problema policiaco y no de salud.

El adicto pasó de ser un enfermo, a ser un criminal y la artesanal producción y distribución de estas plantas y sustancias pasó a ser una empresa capitalista multinacional productora de obscenas cantidades de riqueza.

Cuarenta y tantos años después, ninguno de los tres objetivos de esa política pública, la eliminación de la producción, la reducción del uso y la rehabilitación de los narcodependientes se ha logrado.

Ante esta situación y reconociendo el fracaso de las políticas punitivas, algunos países comienzan a buscar alternativas salubristas para manejar la situación, mientras que en otras regiones surgen esfuerzos como la Comisión Latinoamericana sobre Droga y Democracia, organización no gubernamental que promueve un cambio de paradigma regional sobre el tema.

Incluso en medio de la insanidad que domina la discusión sobre el uso de sustancias en el propio Estados Unidos surgen voces como las del pragmático pensador David Kennedy, para quien la búsqueda de alternativas a la política antidrogas americana aparenta ser una obsesión.

Los experimentos y proyectos de Kennedy, cuya delgada apariencia física evoca más una barra de “bikers” que al salón del prestigioso John Jay College donde enseña o a las agencias con las que colabora en el Departamento de Justicia Federal, demuestran que otra visión es posible.

Su acercamiento etnográfico al crimen y su estudio callejero de la situación de las drogas en las comunidades estadounidenses le permite un entendimiento de este llamado problema desde la perspectiva de los actores, tanto la de los usuarios y vendedores como la de los agentes que los persiguen.

De esta manera Kennedy se aproxima al mundo de las drogas sin los prejuicios moralistas que desde el 1905 –cuando se pasó la primera ley federal contra una droga, The Philippine Opium Act– caracteriza la política pública estadounidense.

Sin esa obsesión moralista es fácil de entender cómo la actual política pública reproduce en los agentes policíacos la condena de Sísifo, personaje de Homero sentenciado por la eternidad a subir una enorme piedra cuesta arriba, sólo para que al final el peñón volviera a rodar hasta el mismo lugar donde estaba originalmente.

De esa misma forma, por más de 40 años, los protocolos antidrogas imponen a los policías la estrategia de infiltrar, documentar y arrestar narcotraficantes.

Esta táctica sólo logra condenar a los agentes a constantemente comenzar desde el principio una y otra vez, pues no bien ellos terminan una intervención, ya otro grupo ocupa el espacio del mercado que se queda sin atender. Además de que una vez cumplidas sus sentencias la mayoría de los arrestados regresaban al ilegalizado negocio para ganarse la vida.Al igual que en el mito de Sísifo, el resultado de ese proceso es un ejercicio en futilidad que sólo da la apariencia de que se hace algo.

En fin que esa política termina siendo sólo una costosa simulación donde todos juegan su rol y de donde tanto las autoridades como los traficantes generan su sustento económico. Partiendo de las observaciones de ese ejercicio en futilidad que es el perseguir y encarcelar sin ningún resultado real, Kennedy desarrolló estrategias noveles que sí dieron otros efectos. Uno de éstos, el experimento del 2004 en High Point, Carolina del Norte en Estados Unidos.

En esa ocasión Kennedy, con la ayuda de la Policía, la comunidad y los líderes religiosos, logró romper el círculo vicioso confrontando a los traficantes investigados con la prueba que permitiría encarcelarlos por muchos años.

Al presentarles la prueba, el experimento permitía ofrecer a los imputados la opción de enfrentar el proceso criminal en la corte o de participar de un proyecto de reinserción comunitario desarrollando negocios legítimos o entrenándose en oficios legales con ayuda de tutores y auspiciadores.

En cuatro años la estrategia no sólo eliminó, por lo menos de la vista pública y de las esquinas, los puntos de drogas sino que la violencia callejera y social en la comunidad disminuyó en más de un 57 por ciento.

Como si lo anterior no fuera suficiente estímulo para mirar estas iniciativas como viables, tras los primeros 48 meses, las relaciones entre la Policía y la comunidad en High Point reportaron estar en su mejor momento, con una notable reducción de querellas por abuso de poder o policiaco.

Desde entonces, el proyecto se repitió en decenas de ciudades con el auspicio y financiamiento del Departamento de Justicia Federal. El ejemplo más dramático entre esas ciudades tiene que ser Nashville, en el estado norteamericano de Tennessee, donde en 2009, tras implementar el experimento se reportó una disminución de un 91 por ciento de la actividad criminal y de la prostitución callejera.

De igual forma, ciudades como Atlanta y Seattle usaron la filosofía que dio paso a este ejercicio para crear y desarrollar sus propios programas.

En resumen que mientras los pichones de burócratas neoconservadores locales gastan millones de dólares en Puerto Rico para mantener la “simulación” de que son “duros” con el crimen, sus costosas políticas sólo tienen como resultado, más drogas en las calles y mejores márgenes de ganancias en la venta de las mismas.

Colateralmente, esa farfullería gubernamental de “mano dura” es la que produce los niveles de violencia social y callejera que ahogan al país, así como de la frustración policiaca que en parte da paso a la corrupción y los excesos de violencias que el gobierno federal señalo tras una investigación del Departamento de Justicia.

En el momento histórico en que vivimos como pueblo, o nos liberamos y como demuestra Kennedy comenzamos a buscar nuevas forma de ver y mirar la criminalidad y las drogas o como Sísifo continuaremos condenado eternamente a seguir subiendo la piedra dando la impresión de que bregamos con el asunto.

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