Para leer todo el escrito publicado en 80grados.net

Por: Gary Gutiérrez

Recientemente, mientras buscaba refugio en el internet, tratando de escapar de la gritería que caracteriza la prensa corporativa de la Isla, me crucé con un artículo publicado en la revista digital AlterNet.org y que algunos compañeros y compañeras compartieron por las redes sociales.

Bajo el título de 8 Reasons Young Americans Don’t Fight Back: How the U.S. Crushed Youth Resistance, el psicólogo clínico Bruce E. Levine presenta las razones por las cuales en los Estados Unidos no se dan los mismos movimientos contestatarios que en otras partes del globo, se levantan contra la “corporatocracia” que explota a los jóvenes y los condena a empleos chatarras.

Explica el escrito que las élites económicas que controlan los Estados Unidos son sumamente efectivas rompiéndole a la juventud estadounidense el espíritu de lucha que caracteriza a los jóvenes y que en otras etapas históricas, así como en otros países, sirve de bujía para encender los motores de cambios.

Las deudas por préstamos estudiantiles, la medicación de la inconformidad, la educación para el sometimiento y no para la libertad, el autoritarismo institucional de la educación, la burla de la intelectualidad, la cotidianidad de la sociedad de vigilancia, la televisión y el fundamentalismo religioso y consumista son detalladas por Levine como las estrategias que la “corporatocracia” utiliza para controlar a los jóvenes estadounidenses y así evitar que en ellos surja la conciencia y el entendimiento en torno a la necesidad de luchar por un orden social más justo.

Según leía el escrito, mi mente olvidaba que allí se hablaba de los jóvenes estadounidenses.

Con cada uno de esos enunciados, muy bien se pudiera estar hablando de Puerto Rico y describiendo el por qué nuestra población no se levanta contra el orden neoliberal que nos impone un grupo de “guainabitos” que controla el país y que pretende hacer cartel en los Estados Unidos a costa del deterioro económico de las grandes masas en Puerto Rico.

Si se toma como correcto que los altos niveles de deuda son fuerzas pacificadoras, como bien explica Levine, ya se va revelando una de las razones por las que los puertorriqueños no nos levantamos como lo hicieron los británicos.

Según publica el portal tendenciaspr.org, la Junta de Planificación de la Isla reportó en el 2009 que los puertorriqueños debemos sobre 22 mil millones de dólares. Es decir, unos 59 mil dólares por cada habitante.

Sobre el segundo punto, la medicación de la inconformidad, no cabe duda de que el proceso que Levine apunta para los Estados Unidos se reproduce en Puerto Rico. Claro, estos datos son más difíciles de corroborar en Puerto Rico pues desde la privatización de los servicios de salud, hace más de una década, en la Isla no se recogen estadísticas.

Sin embargo, al consultar especialistas, estos apuntan que los usos de sustancias, legales o ilegales, para controlar los estados anímicos y escapar del malestar social son altos en la isla.

Cuando se habla de que el sistema educativo está diseñado por generar complacencia y no para la democracia, en Puerto Rico no solo se habla de la escuela. Todo el aparato ideológico de la isla, las iglesias, los medios de comunicación, las organizaciones comunales y por supuesto las escuelas reproducen y diseminan la idea de sometimiento a la ley y al orden como forma de navegar el sistema. Estas instituciones nos enseñan que es importante que nos preocupemos y que cortésmente debatamos las ideas, pero que es ilegítimo tomar acción directa cuando no se nos escucha.

Esas mismas instituciones que nos dirigen a ser un pueblo que no causa fricciones, especialmente la escuela, nos convocan mediante el miedo y la represión a ser respetuosos ante la autoridad.

La tiranía impuesta en el sistema educativo por las pruebas estandarizadas que obligan a los maestros a reproducir la ideología de sometimiento al poder de Puerto Rico parece extenderse a otros sectores de la vida social.

Los Códigos de Orden Público, los reglamentos de los residenciales públicos, la imposición de toques de queda y la reglamentación de formas “adecuadas” de recreación para los jóvenes, entre otras, aparentan ser expresiones de esa visión que busca imponer la conformidad como la forma socialmente adecuada de vivir.

Como si los ejemplos antes citados no fuera suficientes para darnos cuenta de cuán castrada está la capacidad de indignación de los puertorriqueños, se tiene que sumar al análisis el poco valor que el País parece dar al desarrollo intelectual y la forma en que se burlan en la opinión pública de cualquier planteamiento crítico. Incluso, para muchos sectores de la isla, calificarte de intelectual es una forma de insultarte.

El desarrollo intelectual queda en un segundo plano cuando el sistema educativo y sobre todo el universitario, se ve forzado mediante reglamentación de índole económica, a convertirse en un mero adiestramiento vocacional y no en una oportunidad de desarrollo de la capacidad de pensar críticamente.

Por supuesto, sin capacidad de pensar críticamente, son muy pocos los que se percatan del estado de vigilancia en que vivimos los boricuas.

De esta manera, compramos el cuento de que la policía y demás órganos represivos del Estado están para servir y proteger a los ciudadanos y no para vigilar y controlar a los que no puedan esperar pacientemente por la oportunidad de conseguir un “trabajito” o una “ayudita”.

De igual forma, sin capacidad de pensar críticamente, es fácil que el pueblo se embelese frente a la televisión, disfrutando de una infantil y embrutecedora programación basada en la ridiculizar, creando grotescas y carnavalescas caricaturas de los sectores marginados del país.

Por supuesto, al mirar la televisión también es fácil entender el escapismo que implica ocupar la mente en los banales problemas personales y cotidianos de las celebridades.

Finalmente, como Levine apunta en el caso de los jóvenes estadounidenses, el fundamentalismo que aparenta dominar el mundo religioso se une a las falsas necesidades de consumo creadas por la publicidad para poner los últimos dos clavos al féretro de nuestra capacidad de indignación.

Como señala el sicólogo, la religión no sólo es el opio de las masas que apuntó Karl Marx, es también una excelente herramienta de pacificación. A cambio del diezmo, miles de puertorriqueños compramos esperanza y desarrollamos lo que la profesora Vivien Mattei llama “el optimismo mágico”. Aquello que nos permite sobrevivir las penurias mientras esperamos la “salvación” de los justos

De esta manera, las enseñanzas de aquel rabino rebelde que según nos dicen hace dos mil años enfrento al Templo por corrupto y a Roma por explotadora, muta y se convierte en un mensaje de sumisión al poder que se autoproclama portavoz de dios en la tierra.

Por otra parte, junto al escape y domesticación de los fármacos, existe la televisión y los fundamentalistas religiosos, o para cuando los anteriores fallan, siempre nos queda Plaza, que al fin y al cabo “lo tiene todo”.

El comprar o la aspiración de comprar encarecidas baratijas, nos hace sentir que pertenecemos, que disfrutamos de los beneficios del sistema injusto que en realidad nos excluye de la ganancia que produce.

Al terminar de leer el escrito de Bruce Levine no sólo entiendo el por qué los jóvenes estadounidenses no se rebelan. Sin ser su intención, el sicólogo me contestó la centenaria pero vigente pregunta que se le atribuye a don Emeterio Betances: ¿Y qué les pasa a los puertorriqueños que no se rebelan?

Anuncios