Por Gary Gutiérrez / Publicado originalmente en el Cucharón Boricua

Cuando los “baby Boomers” boricuas se criaban, la Semana Santa tenía dos características básicas: las películas bíblicas en la tele y el escabeche de pesca’o.

Ya el jueves por la mañana, la programación regular de la televisión privada o pública cambiaba totalmente.

Las producciones de Paquito Cordero, Luis Vigoroux y Tommy Muñiz cedían su espacio a clásicos como Quo Vadis, Ben Hur, Los Diez Mandamientos, Éxodus y por supuesto Marcelino, Pan y Vino.

Por otro lado, desde el miércoles se comenzaba a bajar la velocidad y solo se hacia lo necesario.

Esto incluía ir al colmado en busca de la mejor sierra pa’l escabeche.

En esos días antes del Jueves Santo, la sección de pescado en los mercados no era un lugar para novatos.  “Down Town Fallujah” es un paseo por el parque en comparación.

Escuadrones de mujeres mayores y jóvenes en una guerra campal por el mejor ejemplar de sierra congelada y por conseguir la cantidad necesaria para que durara hasta el domingo.

Por supuesto, el ritual de preparación de estos alimentos también tenía un componente hombruno.

Los hombres regularmente estaban a cargo de la preparación de la ensalada de carrucho y pulpo que también se consumía en estas fechas.

Estos mariscos se conseguían porque el “viejo” tenía un amigo que era familia de alguien que  conocía a un tipo, que tenía un amigo pescador que se los guardaba.

Para esta ensalada, el pulpo y el carrucho se ponían a hervir por separado en agua con sal el miércoles en la tarde o el jueves por la mañana temprano.

Mientras estos ablandaban, se preparaba en un cubilete una vinagreta que consistía de aceite de oliva, un poquito de vinagre, sal, pimienta molida, pimientos verdes, cebolla, tomates, aceitunas rellenas, pepinillo y un chililín de pique criollo. Todo picadito al punto de que prácticamente no se reconocieran los ingredientes.

Cuando los mariscos estaban tiernos, el pulpo se cortaba en pedacitos pequeños y el carrucho se pasaba por un moledor de carnes.

Luego ambas delicias marinas se incorporaban a la vinagreta mezclándolo todo y se dejaba marinar.

Para el pescado el procedimiento era similar, pero tenía que comenzar el miércoles.  Las ruedas de sierra se lavaban en limón y se freían aceite. Luego se incorporaban al escabeche previamente preparado.

A diferencia de la vinagreta para la ensalada de mariscos, el escabeche hay que cocerle antes de usarlo.

Para preparar este aderezo se cuecen por más de una hora a fuego bajo aceite de oliva, vinagre, sal y pimienta en granos, con hojas de laurel y mucha cebolla en ruedas. La resultante vinagreta se deja enfriar antes de incorporarla con el pescado.

Cuando todo el pescado está cubierto por esta salsa, se deja marinar por lo menos de un día para el otro.

En fin, tras horas de trabajo y una montaña de trastes solo comparable con el mismo Górgota, tanto el pescado como la ensalada de mariscos, terminaban en un enorme jarrón de cristal y tapa de rosca sobre el mostrador de la cocina,

De ahí pa’bajo eso era lo único que había hasta el domingo y se comían con pan o con galletas si uno llegaba tarde.

Pasado el tiempo, la Semana Santa y sus rituales cambiaron. Ya casi nadie reduce la velocidad, la televisión no cambia sustancialmente su programación y comer pescado o marisco ya no es una norma estricta.

Examinar si esos cambios son o no negativos, es problemas de los sociólogos, filósofos o teólogos.

Sin embargo, lo que sí es una pena es que ya casi nadie sabe lo que es el placer de sentarse en la noche del Sábado de Gloria a ver el mar partirse en dos frente a Moisés, mientras se disfruta de un pedazo pan relleno con sierra en escabeche que se preparó el Miércoles Santo.

Feliz Pascua de Resurrección.

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