José R. Cepeda Borrero, Gary Gutiérrez Renta, Vivien Mattei Colón

(para ver el video de esta ponencia)

Insurgencia es definida por la Real Academia Española como “levantamiento contra la autoridad” o como “el grupo que protagoniza una insurgencia.”

 En su artículo “Manual de Contrainsurgencia 3-24” Gilberto López y Rivas nos dice: “insurgencia es una lucha político-militar organizada y prolongada ideada para debilitar el control y la legitimidad de un gobierno establecido, de una fuerza ocupante o de otra autoridad política, mientras se incrementa el control insurgente”. Otra definición de insurgencia afirma que ésta es “típicamente una forma de guerra interna, una que ocurre primariamente dentro de un Estado, no entre estados, y una que contiene al menos ciertos elementos de guerra civil.”

De hecho cuando miramos los numerosos ejemplos de que nos envió el organizador de este Coloquio de los hechos en el norte de África, Oriente Medio y Latinoamérica, no nos queda menos que concluir que la definición que López alegadamente toma de un manual de Contrainsurgencia del gobierno de los Estados Unidos es acertada al añadir el elemento de violencia armada representado por la guerra.

Sin embargo en el contexto social que esos mismos artículos reflejan nos parece que el Manual se queda corto en definir el concepto al dejar fuera las causas de la “insurgencia”.  Esas causas, en todos los casos, que consideramos tienen su raíz en graves problemas sociales consecuencias directas de las abismales desigualdades presentes en todas esas sociedades.

Puesto en este contexto sociológico más amplio nos queda por ver si sería posible clasificar como insurgentes movimientos sociales que promueven cambios desde la base hacía arriba.  Como lo propone el sociólogo español Manuel Castell cambios en la forma de operar desde la comunidad que subvierten el orden establecido.

A continuación les propongo el siguiente ejemplo a partir del “orden establecido”.

La principal isla de nuestro archipiélago borincano de solo100 x 35 millas, posee más de 14 mil kilómetros de carretera según los datos del DTOP.   

Está organizada de manera tal que la mayoría de la población depende para su transportación diaria del vehículo privado.  Es decir, que nuestra fuerza trabajadora se ve obligada a subvencionar económicamente a las grandes compañías automotrices del mundo, así como a las petroleras, y otras industrias que convergen en el automóvil. 

A esto hay que sumarle el costo del tiempo que cada obrero invierte, sin ser remunerado por el patrono, en transportarse diariamente. Según los números calculados por el portal cibernético de la Universidad de Puerto Rico, tendenciaspr.com, 89% de los trabajadores viaja en su propio vehículo lo que elevaba el costo de este tiempo a más de dos millones de dólares cada mañana   al precio de la gasolina en el 2005.

A este costo en tiempo, hay que sumarle los costos directos de esa organización social basada en el vehículo privado. Es decir, se tiene que sumar el valor de los 3.1 millones de vehículos de motor que hay en la isla. Cifra que implica una proporción de tan solo 1.2 habitantes por vehículo.  Le añadimos también los millones de dólares gastados en gasolina, aceite, neumáticos, todos estos contaminantes producidos y distribuidos por compañías extranjeras.  Este gasto, según el economista Santos Negron Díaz    sobrepasan los 5 mil quinientos millones de dólares anuales que termina en las arcas de las grandes compañías petroleras.

Esta organización no es productos de la casualidad.  Entre 1888 y 1957 Puerto Rico contó con un sistema ferroviario que circulaba por los pueblos costeros alrededor de toda la Isla.  A eso se le sumaba, los tranvías en los principales centros urbanos, y una extensa red de carros públicos que servía los pueblos del interior de la Isla y además servían de alternativa para viajar desde las cabeceras de distrito al Área Metropolitana de San Juan.

La historia del final de las operaciones del ferrocarril en 1947 no puede ser más reveladora.  

Según “Wikipedia”, fuente postmoderna y libre validada durante la sesión de apertura del 7mo Coloquio por el Dr. Daniel Nina, cuando la Isla cambio su economía mayormente agrícola por una de tipo industrial, y los gobiernos de los EEUU y Puerto Rico, comenzaron a invertir fuertemente en infraestructura de carreteras y autopistas, el negocio del ferrocarril pronto colapsó.  El sistema se perdió cuando la “American Railroad Co.” radicó la quiebra en 1947.  En un esfuerzo por salvar el sistema, los antiguos empleados reorganizaron la empresa y formaron la “Puerto Rican Railroad and Transport Co.” sirviendo como accionistas.  Pero para entonces  el sistema ya no podía competir con el creciente número de automóviles, camiones y autobuses en la Isla.  El viaje de pasajeros cesó en 1953, mientras que el servicio comercial (principalmente la industria de la caña de azúcar) continuó operaciones hasta 1957.

Aunque no encontramos evidencia que el cambio en la política pública de un sistema colectivo al vehículo privado fuera producto de un plan organizado por las compañías automotrices, organizaciones no gubernamentales como “Transportation Alternatives” de la ciudad de Nueva York, han documentado que procesos similares en los Estados Unidos sí fueron producto de las gestiones directas de las grandes empresas, quienes se ocuparon de ubicar personal en puestos burocráticos claves de los gobiernos locales a través de los EEUU para que impulsaran y viabilizaran el cambio en el paradigma de transportación. 

En este contexto, nos preguntamos si ¿el surgimiento de movimientos de activistas de bicicletas conocidos como la Masa Crítica, en San Francisco en 1992 que pronto se extendió a través de los Estados Unidos, y otros países incluyendo Puerto Rico, constituye un nuevo tipo de insurgencia social?

Una insurgencia que fomenta un estilo de vida independiente del construido por estos intereses automotrices y petroleros.  Liberando así al ciudadano de la definición de mero consumidor y productor de ingresos para estas empresas.

Una insurgencia que se levanta contra el “orden establecido” de consumo desmedido, el automóvil privado como símbolo de la capacidad de consumo y por lo tanto de éxito social.

El orden establecido  es el resultado de los procesos históricos de naturaleza política, económica o social.  Orden que hoy día es impulsado por los amos de los mercados neoliberales para beneficio de sus codiciosos intereses.

Nos decían ayer en la discusión tras las primeras dos ponencias, los compañeros Nina y Rivera Lugo que el derecho moderno ha creado “estados corporativos” es decir lugares donde los derechos son muy básicos por lo general relacionados con los procesos económicos de producción y consumo y que más allá de eso el derecho solo puede ser producido y ejercido por los grupos de poder.

Para algunos criminólogos culturales, acercamiento criminológico posmoderno, los sectores marginados usan el crimen o la desviación como una forma de redefinirse, como una resistencia inconsciente o un empoderamiento ilusorio ante la sociedad que lo excluye. 

Para otros sectores sociales con un poco más de conciencia política se plantean, maneras creativas de buscar el cambio siendo el cambio que proponen o quieren.

Según las definiciones político militares de la insurgencia, esta se nos presenta como una forma incómoda o “dura” de promover cambios sociales.  El acto de pedalear por nuestras ciudades aunque puede resultar en alguna incomodidad frente al movernos en automóviles, pero es en comparación una táctica muy cómoda de  insurgencia. Lo que nos lleva a preguntarnos ¿por cómoda deja ser insurgente nuestra acción? y ¿al percibirse como cómoda puede resultar efectiva en atraer más participación?

También cabe preguntarnos si ¿al percibirse como cómoda, segura o poco peligrosa puede atraer participantes con menor conciencia política del alcance de los cambios que se buscan pero que en la medida de su participación pueden ir ganando conciencia?

Para contextualizar mejor estas preguntas, veámoslas  desde los ojos de una de estas ciudadanas para quien su bicicleta es una herramienta de lucha y autodefinición:

“En la jerga del boricua, coger calle se entiende como una acción de aprender de lo vulgar y cotidiano.

Para aquel instruido formalmente en los libros, representa el reto de probar sus teorías en la realidad.

El término, que algunos también lo asocian con irse de juerga, se ve como un atributo positivo, una oportunidad de curtirse la piel en la brega real.

Para los que disfrutamos de correr bicicleta, coger calle es un ritual para reclamar nuestro espacio urbano. Es enfrentarnos a la brea con toda nuestra vulnerabilidad y conciencia para percibir la ciudad de una forma más íntima.

Llevo cogiendo calle varios años con un colectivo anárquico de ciclistas urbanos que surgió de una broma de pasillo y terminó llamándose ‘Energía Roja y Negra’.

Este experimento que ha probado su efectividad en la divulgación mediática y su influencia en la política pública de transportación alterna, me ha enseñado mucho más que el tamaño de los rotos de la Avenida Hostos o los variados olores de mi Ciudad Señorial.

Cada corrida mensual de masa crítica es una enseñanza callejera de temas profundos sobre la organización de nuestra sociedad, sobre la solidaridad, sobre compartir responsabilidad del rumbo con cualquiera que se atreva a proponer una buena ruta.

No tenemos líder. Tampoco agenda, pero sí propósitos claros y definidos. Eso no siempre es fácil de explicar cuando nos convocan a reuniones y esperan que exista una estructura de poder convencional.

No ha sido necesario. No hay celos ni competencia, ni siquiera en quién corre adelante.

Entre los ciclistas hay de diversas edades, ideologías, profesiones y oficios. En la masa somos eso mismo, una masa retando nuestro individualismo para hacer un acto de solidaridad en el que nos va la vida.

Y no se trata de una frase cursi si consideramos los riesgos de cruzar una avenida principal en la noche. Pero también es una metáfora de la cual aprendemos cada último viernes de mes.

He aprendido que coger calle es enfrentarse a riesgos y a salir de la comodidad. Me da el tiempo para apreciar lo que usualmente me es invisible.

Representa una oportunidad de agruparnos con un solo rumbo, tan unidos como para paralizar a aquellos que nos quieren atropellar.

Coger calle me ha enseñado la personalidad de cada barrio y lo necesario que es contar con ellos. También a valorar y reutilizar lo que otros han descartado como basura.

Pero sobre todo, he aprendido que hay que coger calle para experimentar al otro, aquel que desde un monitor o desde el cristal del automóvil se ve ajeno, distante… distinto.

Esas corridas callejeras, que cada vez procuro sean más frecuentes, son también una oportunidad para meditar en movimiento; reflexionar sobre esas enseñanzas y cómo aplicarlas a actividades más trascendentales.

Si por un momento pudiéramos pensar en organizaciones de todo tipo, de producción o comunitarias, de gobierno o de iglesia, que no necesitaran caudillo…

…Si pudiéramos sentirnos todos solidarios para paralizar las acciones de un gobierno o un poder económico aplastante.

…Si pudiéramos movernos en un mismo rumbo, sin protagonismos.

…Si los intelectuales pudieran escuchar al más humilde del barrio y no solo presumieran que pueden mejorarlo.

…Si nos detuviéramos a mirar alrededor de donde nos movemos e identificar cuántos recursos a veces hay, incluyendo los humanos, y no los sabemos apreciar.

Coger calle es necesario para percibir ese otro país que tenemos en potencia y aplastamos cada día en el pavimento con nuestros ajetreos y competencias por llegar primero.

No es solo la calle para la protesta incidental a la que vamos, pero no vemos al lado.  Es la calle de todos los días. Esa donde la brea caliente solo le duele a los que no disfrutan de privilegios.

Es en la calle donde aprendemos a ser sociedad. Ya es hora de que muchos cojan su dosis.”

Repetimos la pregunta: ¿puede la cotidiana acción de usar la bicicleta para moverte en la ciudad ser un acto de insurgencia?

Hace dos años, en este mismo salón, el compañero Carlos Rivera Lugo nos ilustró en torno al hecho de que no puede haber resistencia pacífica, pues el poder siempre define como violento a todo aquel que se le oponga activamente, aun cuando esta oposición consista en dejarse agredir.

En ese sentido y aplicando la misma lógica, ¿no podríamos inferir que tanto las compañías de petróleo, como las industrias automovilista y financiera, sectores muy  influyente en el gobierno de los Estados Unidos, pudieran ver como peligroso el acto de moverte de en bicicleta, pues minimiza el consumo de los productos que ellos venden?  ¿No lo verán como un atentado contra el orden social que ellos construyeron para su beneficio?  Más aun, ¿no sería lógico pensar que esos intereses económicos en el sistema capitalista pudieran ver acciones cotidianas como correr bicicleta, producir de forma sustentable tu propia energía, cosechar parte de tus alimentos en un huerto casero o sencillamente el vivir de forma simple alejado del consumismo, como una forma peligrosa de insurgencia que atenta contra hegemonía económica?

Otra línea de preguntas puede ser ¿Se trata de estrategia o de táctica? La estrategia es el enfoque general que usarás para alcanzar el objetivo.  Si definimos la insurgencia como el propósito de cambiar el estatus de las cosas, la táctica serían las actividades específicas para comunicar esa intención de insurgencia.

Con estas preguntas llegamos a este foro.

No queremos cerrar nuestra ponencia sin destacar que en resumen las tácticas de Energía Roja y Negra cumplen con los mismos elementos que Daniel Nina señalaba ayer que incluyó la huelga de la UPR.

  • Movimiento estructurado NO tradicional
  • Movimiento sin liderato fijo
  • Movimiento donde la asamblea de discusión es permanente
  • Movimiento plural en sus tácticas y participantes
  • Movimiento altamente digitalizado, con fuerte presencia “on-line”
  • Movimiento que no es moderno – tiene inicio, pero no tiene final ni feliz, ni infeliz (Nina 2011)

No llegamos hasta este foro para explicar o enseñar.  Solo venimos en búsqueda de  respuestas a una interrogante surgida tras leer los documentos circulados por el compañero Daniel y reiteradas tras escuchar sus ponencias.

¿Acaso Energía Roja y Negra, con su simple mensaje de pedalear hacia un mundo mejor, esa broma de pasillo convertida en experimento callejero sin ninguna estructura u organización formal, pudiera ser una forma de Insurgencia?

Es decir, ¿nos desconectaremos de la agenda del capital creando nuestra autonomía paralela a la del Estado como nos invitó Raúl Zibechi esta mañana? 

Paz y Pedal, la verdadera revolución, no puede ser motorizada.

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