Nacido en Lares durante la década del 1980, José  Luis Torres Nolasco es el más joven de una familia que por generaciones ha trabajado la tierra en la montaña, pero que hoy se dedica al cultivo de frutos menores en el amenazado valle costero de Salinas y Santa Isabel.

Al  igual que sus tíos y su abuelo, quienes batallaron con los abayardes para recoger la roja fresa del café en los montes de Lares -y siguiendo el ejemplo de su padre, que se mudó al valle costero tras años de trabajar los montes del Pueblo del Gigante Dormido- José lucha contra el embate de las fuerzas sociales y económicas que cada día reducen el espacio físico y social de la agricultura.

Manejar la especulación por parte de los desarrolladores de urbanizaciones en las tierras del Valle Costero del Sur, maniobrar una burocracia que muchas veces da trato preferencial a las multinacionales que ocupan las mejores tierras para la cosecha y sobrevivir la desleal competencia de productos agrícolas extranjeros que inundan el mercado local, son solo una parte de la vida diaria de este joven graduado del Recinto Universitario de Mayagüez.

“Yo crecí en la tierra”, comentó con cierta nostalgia, mientras inspeccionaba con la ternura de un padre los pimientos que todavía crecen en sus plantas.

Para “Joe”, como le llaman sus amigos, la agricultura en el País puede resurgir si los agricultores redefinen sus formas de operar y se ajustan a los tiempos.

“Esto tiene potencial” continuó diciendo mientras su cara reflejaba la sabiduría ancestral que heredó de sus antepasados.

El joven agrónomo explica que la organización en cooperativas de producción y distribución -como las que tienen en el estado norteamericano de California o en Costa Rica- es una de las opciones para salvar la producción agrícola.

Esta idea es la misma utilizada por las villas pesqueras, donde los pescadores son dueños de los centros y se compran ellos mismos lo pescado.

Estos centros, a su vez, mercadean la pesca y reparten las ganancias. Es decir el pescador gana al vender el pescado y al dividir la ganancia de la cooperativa.

Pero el modelo de cooperativa no es el único, aclara de inmediato.

Se podrían desarrollar consorcios en el que los agricultores compren y vendan en conjunto, de tal manera que bajen los costos y maximicen las ganancias, explicó José, ahora con cara de niño travieso.

De igual forma, el joven empresario asegura que la agricultura tiene que encontrar la forma de volver a  enraizarse en la comunidad puertorriqueña.

Es decir, que los consumidores conozcan y atesoren lo que son productos frescos del País.

Al escucharlo hablar es fácil caer en el error de calificarle como un soñador que ve el futuro agrícola desde lo que la profesora Vivien Mattei llama “el optimismo mágico”.

Nada más lejos de la verdad. Lo que tiene se lo ha ganado trabajando.

Se levanta antes de salir el sol y a las 12:00 del mediodía ya ha cumplido un día entero de trabajo, que incluye manejar los tractores, abonar, preparar los terrenos, ayudar en la cosecha y llevar la contabilidad.

Pero esto es solo una tercera parte de su día.

Al mediodía cambia las botas de trabajo por la corbata y la chaqueta para tomar clases de Derecho en la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico.

Sí, como lo leyó, José también es estudiante de Leyes.

Así que entre la siembra, las clases y las asignaciones, duerme alrededor de cuatro horas al día. Bueno, eso si los “panas” de la Universidad no tienen algún rumbón, pues “no todo en la vida puede ser trabajo”, sentencia con picardía.

A pesar de todos los planes y sueños que tiene en torno a la agricultura, el hombre pragmático que también vive en él sabe que tiene que tener un plan alterno, por si esto de la agricultura no le “da para pagar las cuentas”.

Sin embargo, asegura que aún cuando tenga que recurrir al Derecho y las leyes para ganarse la vida, jamás dejará de sembrar.

“Aunque sea un cantito de terreno, pues desde que me monté en un tractor cuando apenas era ado-lecente, estoy claro que esto de ser agricultor es lo mío”, asegura.

Así las cosas, cuando usted viaje por la Autopista Luis A. Ferré y observe hacia el Sur a unos obreros trabajando la tierra, recuerde que tal vez uno de esos puede ser José Torres Nolasco: el Quijote de 27 años que apuesta a la agricultura pues, si bien no puede vivir de lo que está haciendo, tampoco puede vivir sin hacerlo.

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