“Fast Food” mas allá del hambuerguer…

Publicado originalmente en  marzo 19, 2008 by Cucharón Boricua| Deja un comentario

Buenas tardes, bienvenido a “Burger whatever”. ¿Está listo para ordenar?

Son las 1:30 de la tarde, tras maniobrar por el laberinto que maximiza el espacio para entrar al estacionamiento y para  pasar por la ventanilla de “Drive through”, me encuentro por primera vez como en 7 años sentado frente a un letrero iluminado que despliega fotos y un menú.

Mi sobrina quien, en sus 19 años probablemente ha visitado estos negocios cientos de miles de veces y quien es la razon por la que me encuetnro en esta fila de carros, no sabe que pedir.

Tras varios intentos de la mecanizada empleada, quien está siempre presionada por el reloj que cuenta el tiempo entre la llegada del vehiculo al rotulo y la salida del negocio, mi sobrina pide lo mismo de siempre.

Un combo numero 347 y unos “Cheesy algo”. ¿Cheesy qué? Pregunto cándidamente ante los confundidos ojos de mi sobrina.

¿Qué tu no sabes que son los “cheesy…” Ave María tío, responde la incrédula adolescente con el tono de voz de un inquisidor que acaba de escuchar a un agnóstico confesar que no cree en la virginidad de María.

“Tienes que probarlo, son bien buenos” fue su respuesta y su mandato.

Minutos más tarde, mi boca era victima de un atentado de terrorismo culinario. Una esfera de empanado que al morder, revela un líquido pastoso y pedazos que aparentan ser papas dos o tres grados más caliente que el plasma de cualquier volcán.

¡HORROR!

¿Qué diabólica mente pudo concebir semejante cosa y mucho menos llamarle comida? Estoy seguro que la experiencia de obligar a un ser humano a consumir semejante bocadillo debe estar prohibida por algún tratado internacional.

Tras recobrar mi compostura y tratando de ser “cool” miré a mi sobrina quien con cara de de gato recién rascado me pregunto; ¿verdad que son buenos?

 

La realidad gastronómica postmoderna: 

Si se fuera a buscar un símbolo que defina el paisaje urbano en el Puerto Rico del siglo XXI, los letreros de estás multinacionales de comida debe ser una de las primeras alternativas a observar.

Lo mismo en el norte que en el sur, en pueblos grandes o pequeños, tanto las carreteras en la periferia, como en las calles de sus centros urbanos los brillantes rótulos con logos  reconocibles en todo el globo son ya una constante.

Son símbolos de la posmodernidad gastronómica que también definen lo que hemos llegado a ser gastronómicamente hablando.

Emblemas que de inmediato disparan imágenes mentales de sus productos preempacados que esperan ser engullidos por los hijos de la sociedad del automóvil.

No importa donde uno se encuentre, la misma hamburguesa, el mismo taco o las mismas piezas de pollo esperan por aquellos que superaron su condición de ciudadanos siendo ahora definidos solo como consumidores.

A esos negocios se les conoce como los “Fast Food” o “fasfú” en puertorriqueño.

 Luz más allá de los letreros:

Sin embargo el término de comida rápida no tiene que ser sinónimo con “comida chatarra” precocinada de forma industrial por los empleados del “rey”, “el payaso” o “el coronel”. Al contrario, esos solo se adueñaron y ultrajaron el concepto.

Todas las culturas tienen su versión de comida rápida diseñada para aquellos que trabajan y no tienen mucho tiempo. Por supuesto que la culinaria boricua no se queda atrás.

Desde los puestos más tradicionales de frituras y domplines rellenos, hasta los carritos de “hot dogs” en la calle, nuestra cultura ofrece una enorme variedad de delicias preparadas diariamente.

Verdadera “comida rápida”, confeccionadas frente a usted, por gente de carne y hueso, no por “asociados” explotados por una anónima corporación cuya única cara es un muñeco grotesco.

Gente que después de dos o tres visitas ya saben el refresco que usted bebe, que le pregunta por la familia, que comparte con usted los logros y penurias de la vida diaria.

Personas  que le hace sentir como un ser humano y no como un “visitante”. Que no responde a su pedido ofreciendo una lista interminable y prediseñada de los productos que usted “pudo haber olvidado” pedir.

En fin, seres humanos que le pueden despachar la comida como usted la pida, aun cuando no hay una tecla en su máquina que contemple esa opción.

Por supuesto, en la era posindustrial, la ideología nos condiciona a mirar a estos negocios con sospechas, sobre todo por la higiene.

“¿Sabrá Dios los gérmenes y bacterias que hay en ese chinchorro?” preguntan los que prefieren el ambiente supuestamente antiséptico y estéril de los “limpios” negocios de cadena.

Hay gérmenes, bacterias y virus peores que los que atacan al cuerpo. Hay algunos que atacan el espíritu de comunidad, de lo que somos como colectividad.

Esa infección social que en el siglo XXI, aparenta venir en combo agrandado y con una orden extra de “cheesy whatever”.

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