Publicado originalmente en  marzo 4, 2008 by Cucharón Boricua| 5 comentarios

En tiempos en que la alta cocina es cada vez más compleja, llena de aromáticos, hierbas y múltiples ingredientes, hay ocasiones en que se desea regresar a lo básico.

En esos momento nada como la cocina tradicional, la de abuela. Esos platos que en inglés le llaman “confort food” y que nos remontan a la niñez.

Probablemente el viejo Freud tiene una explicación “kinki” para ese apetito por las  delicias del pasado.

En realidad no importa, lo importante es que esas amenidades nos hacen felices, nos llevan, como dice Silvio Rodríguez, ese lugar donde guardamos “raíces y luceros”.

Este fin de semana fue uno de esos viajes por la autopista de la nostalgia culinaria.

Nostalgia que para los boricuas de pura cepa “tiene” que ser frito. Ya lo dicen los sureños estadounidenses, “si se puede hervir, hornear o grillar; por qué no freírlo”.

Todo comenzó sábado en la mañana. Después del café expresso,  las opciones se desplegaron sobre la mesa, avena con canela hecha en casa o frituras de las de Bélgica, en Ponce.

Unos 15 minutos más tardes, la amarilla luz de la vitrina revelaba los objetos del deseo: un cono de jamón de cocinar, un domplín, una alcapurria y para bajarlo un jugo de china grande.

Estas delicias son el producto y orgullo de un negocio que ni siquiera tiene rotulo, pero que desde la década de los 70 sirve a sus clientes desde la calle Cruz casi esq. Gran Vía.

Definitivamente uno de los secretos culinarios de la Cuidad Señorial. No necesita rotulo, en Ponce, los que conocen, saben donde está.

Tras ese desayuno de campeones y las tareas típicas de los sábados, la llamada de unas amistades puso en movimiento la segunda conspiración del fin de semana.

Como decía El Padrino, “una oferta que no se podía rechazar”. La invitación giraba en torno una batea de “arrayaitos fritos” en la Fonda de Ángelo en Santa Isabel.

Parecía que el eclipse lunar de la pasada semana despertó necesidades psicológicas por el colesterol.

¿Quién sabe?

El punto es que a eso de las una de la tarde nos enfrentamos a las tarea impuesta. Doce “arrayaos” acompañados de cervezas que servirían de entrada al almuerzo de los cuatro que compartíamos la mesa.

Sin embargo, los planes cambiaron tan pronto probamos el primer peje. “Olvídate de pedir otra cosas. “Ordena otra docena y que la acompañen con tostones.” sentenció uno de los comensales, descartando el conejo en tamarindo o el plato de codorniz que anunciaba la pizarra del menú.

La simpleza del pescado frito sazonado con adobo tradicional no tiene comparación y atestigua el nivel de técnica culinaria de Chef Ángelo.

Estos pescados fritos son la suma de múltiples texturas que comienza con la crocante piel, luego da paso a la delicada carne blanca de los pequeños peces. A la experiencia sensorial se le suma la textura crujiente del rabito que puede ser descrita como un “chip” de pescado.

Por supuesto, tras comerse el cuerpo y el rabo, solo queda la cabecita del peje, que para los más atrevidos representa toda una gama de experiencias sensoriales adicionales.

Si usted visita la Fonda de Ángelo, debe probar las delicias del menú, pero asegúrese de probar los “arrayaitos fritos”. Claro está,  puede que termine solo comiendo los pescaditos.

Sobrevivido el exceso decadente del sábado, el domingo se suponía que fuera una oportunidad para la prudencia.

Sin embargo el destino tenía otra charada preparada. Otra llamada telefónica de un amigo, puso en curso una secuencia de acciones que culminaron cuando el grupo de amistades se apoderó de una mesa en el Star Light de Güigüi en Adjuntas.

Si uno habla de cosas fritas, el Star Light de Güigüi es la “Meca”.

El  plato insignia es el chuletón de cerdo que sale con más de 20 tostones.  Si, leyó bien, más de 20 tostones.

El chuletón de cerdo, que algunos llaman chuleta Kan Kan, es uno de eso platos que se ponen de moda y que el éxito mata la calidad. En muchos sitios esta delicia porcina termia siendo un gortesco pedazo reseco de carne maltratada en aceite viejo.

Sin embargo, a pesar de la gran cantidad de patrocinadores, en el Star Light de Güigüi el plato se presenta con sus mejores galas. La carne jugosa y dorada, se complementa con la tirita de manteca que sostiene el crocante cuerito que define esta delicia.

Así las cosas, el fin de semana fue uno de exceso decadente que en algún momento le dejará ganancia al cardiólogo. Mientras tanto, fue como “visitar un lugar donde guardo raices y lucero”.

No importa lo que diga Freud, ni el futuro viaje al cardiólogo… Life is good.

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