La pantalla como campo de guerra

Por Gary Gutiérrez

Partiendo de lo explicado por la Profesora Mattei, el estudio de los medios masivos de comunicación  parece revelarse como indispensable para los que quieran estudiar y entender el conflicto “poder/disidencia” que aparenta desarrollase en la Isla.

Al mirar las manifestaciones de este conflicto bajo el crisol de la llamada Criminología Cultural, que presta especial atención a la construcción del orden y las resistencias a ese orden, el estudio de cómo los medios de comunicación definen  los que la sociedad llama  “lo criminal” es más importante que el estudio de las propias desviaciones ya que en esta sociedad contemporánea mediáticamente definida presentada por Mattei, las imágenes del crimen y de la llamada justicia criminal terminan convirtiéndose en una realidad tan concreta como los propios hechos criminales y las acciones para combatirlas o reprimirlas.

Incluso, estudiosos como Keith Hayward, unos de los gurús de la Criminología cultural,  enfatizan en la necesidad de que los interesados en lo desviado desarrollemos nuevos paradigmas que integren una especial  atención visual al análisis tanto de la representación y el estilo, como a la forma en que la cultura visual  de nuestra época, impactan el comportamiento individual y colectivo así como la construcción de las realidades que hace la sociedad.

De igual forma el estudioso del cine Mojid Yar, explica que los medios de comunicación son cada vez más pertinente en los dominios de la criminología. Yar dramatiza esta importancia explicando como esos medios crean y reproducen la forma en que se definen y comparten colectiva y socialmente el entendimiento de lo que es desviado o criminal, de la justicia y el castigo de lo que es el orden y la disidencia.

Si se toma la anterior como correcto, entonces,  de esas representaciones mediáticas surgen las definiciones de la desviación, el crimen y por tanto la disidencia, así como de los aparatos de control y represión del Estado. De igual forma, estos aparatos represivos se alzan como empresas culturales productoras de definiciones simbólicas resultantes de las relaciones de poder desarrolladas como parte de la interrelación entre ellas y los disidentes o desviados.

Parecería entonces, que los  medios de comunicación en el siglo XXI se van transformando  en campos de batalla donde, sobre todo la imagen más que la palabra,  se establece como el arma de ataque y conquista en medio de una contienda donde lo que está en juego es quien influye más en eso que los pueblos llamarán realidad. En esta época, al mirar cualquier enfrentamiento entre el orden y sus detractores,  se observa como ambos lados en las manifestaciones, protestas o enfrentamientos entre disidentes y los aparatos represivos del Estado, dedican recursos para que, armados de cámaras de todo tipo,  se documente su lado de la historia y su vez se produzcan “realidades” que en cuestión de segundos son “feisbuqueadas”, “tuitiadas”, subidas a “you tube” o “blogeadas” para ser consumida por el mundo entero.

Por supuesto, la invitación de estos académicos  para incluir el estudio de los medios de comunicación entre los parámetros académicos de la criminología, no es necesariamente algo nuevo.  Trabajos como los de Hayward y Yarsí entre otros, lo que apuntan es a un mayor uso y a un examen más profundo y amplio que los tradicionalmente los criminólogos daban a la influencia de los medios de comunicación.

Por décadas, sociólogos y criminólogos que integraban los medios de comunicación de masa  a sus estudios, se acercaban a sus objetos de analisis, es decir a las películas, reportajes, series televisivas, etc.,  desde la perspectiva conocida como “análisis de contenido”.  Este método se enfoca en la recolección y análisis de data, regularmente cuantitativa,  en el contenido del producto cultural estudiado. El mismo es muy criticado por los criminólogos críticos, pues se les hace la misma crítica que los criminólogos culturales hacen contra  todos los estudios cuantitativos. Según estos detractores, tanto el análisis de contexto como cualquier método cuantitativo terminan siendo solo retratos estadísticos de instantes que deben ser más cuestionados que aceptados como verdad. Además de que pueden crear una falsa impresión de imparcialidad académica.

Por otra parte, los académicos y criminólogos marxistas, quienes parten de que “los productos culturales encarnan las verdades y los valores que legitiman y reproducen los intereses y el poder de la clase dominante”  también aplican su acercamiento metodológico de luchas de clases al estudio de las expresiones culturales o artísticas constructoras de la realidad. Para ellos lo importante en el análisis de un producto cultural es precisamente descubrir como el mismo produce una representación de la ideología dominante y como el espectador consume y adopta esa ideología.

Por supuesto, como en todo el quehacer académico, ninguna visión es completamente homogénea,  Entre estas tendencias marxistas se dividen en varias visiones. Por ejemplo, los que consideran los  productos de la cultura popular como una visión corrupta por los intereses del capital y la clase dirigente. Otros institucionalizan esa visión y acusan a los medios de masa de ser parte de un aparato ideológico que induce a la conformidad y al sometimiento voluntario de los sectores populares a la construcción de la realidad que producen los dueños del capital con el objetivo de adelantar sus intereses de clase. De igual forma están otros marxistas que ven  que el proceso de legitimación de poder político como un terreno disputado en la sociedad  y por tanto, además de la producción ideológica que empuja los intereses del poder económico, la sociedad produce discursos contestatarios como alternativas críticas a las verdades construidas por la clase dominante.

Los detractores de estas visiones, acusan a los marxistas de ser inflexibles al clasificar los productos culturales en categorías cerradas como “tradicionales” o “críticos”. Es decir que los marxistas tienden a ver los contenidos ideológicos de los productos culturales como si no tuvieran matices. Otra de las críticas que se hacen contra los marxistas es que ellos asumen que en los productos culturales siempre hay un significado escondido, representado o textual, limitándose el trabajo del investigador a encontrarlo y denunciarlo.

Según explica Mojid Yar, regularmente los investigadores sociales que se basan en las teorías marxistas, terminan dejando fuera de su análisis la capacidad del espectador para construir él mismo un significado del producto cultural observado, independiente de los intereses del que produce  la obra.

Precisamente, es esta exclusión de la capacidad decodificadora de la audiencia apuntada por Yar, es lo que diferencia a los marxistas de los llamados pensadores postmodernos. Si entrar en la discusión que es lo “postmoderno”, para efecto de este trabajo se refiere a aquellos pensadores que después de la mitad del siglo XX cuestionaron las definiciones concretas de la modernidad. Es decir, la sociedad según estos pensadores, dejó de ver como sólidas unas estructuras que ahora se revelan como fluidas y cambiantes.

Aplicando esta visión que llamamos postmoderna al análisis de los productos mediáticos como el cine, Yar explica como los criminólogos culturales parten de esa visión de fluidez las definiciones de lo criminal, para tratar de descubrir el significado de las representaciones populares de lo criminal o desviado desde el punto de vista del espectador o del que consume el producto cultural y no necesariamente de las intenciones ideológicas de aquellos que producen el mensaje. Es decir, desde esta perspectiva atrás quedan las definiciones concretas de las representaciones de lo criminal, lo desviado o la disidencia, porque se hace imposible atribuirle a estos conceptos significados específicos. Se pudiera decir que entonces, el símbolo se resuelve de forma diferente en cada espectador.

Así las cosas, parece que en la llamada postmodernidad, cuando viene al estudio de la representación mediática de lo desviado, criminal o disidente, la función la criminología  cultural es buscar entender como cada espectador, desde su realidad, decodifica e interpreta el significado de cada producto cultural que aborda esos temas.

Aplicando lo antes discutido al proceso de represión y disidencia en el estado neoliberal, tema central que nos ocupa hoy, aparentan desarrollarse más preguntas que respuestas. En la actualidad, los medios tradicionales de comunicación en la isla, es decir los periódicos y los noticieros de radio y televisión, diariamente reportan los enfrentamientos entre los estudiantes que paralizan con sus protestas la gubernamental Universidad de Puerto Rico.

A partir del surgimiento del periodismo moderno, manera de cubrir estos conflictos en los medios tradicionales, parece convertirse en un campo de batalla por el favor del público espectador.  Al parecer las imágenes dramáticas, el análisis y las opiniones  de los representantes tanto del Estado, así como de los disidentes,  surgen como estrategias y armas ideológicas que cada lado trata de usa de acuerdo a sus recursos e influencias.  Partiendo de esta perspectiva postmoderna,  se pudiera inferir que en ese cambiante y fluido proceso, el pueblo terminará construyendo sus definiciones de lo que es “orden”, de lo que es “disidencia”, de lo que son los “derechos”, de lo que  es la “represión”, de lo que es “justicia”, etc. De esta manera terminará decidiendo a qué bando de la controversia dará su apoyo.

En este Siglo 21, este conflicto por influenciar las construcciones del público se adentran en una nueva frontera: el ciberespacio. Un vistazo a las llamadas redes sociales como Facebook, Twitter o You Tube entre otras, revelan todo un universo de representaciones construidas por aquellos que se suponen son invisibles y que por lo tanto no deben tener acceso a los medios de comunicación de masas tradicionales.

¿Cuál  será el resultado simbólico de esa nueva  capacidad de auto representarse la disidencia?  ¿Qué significa que  esos grupos disidentes tengan la capacidad de comunicar  en directo desde cualquier teléfono móvil su mensaje al mundo?

¿Son estos nuevos espacios instrumentos de balance o terminaran reproduciendo de forma más sofisticada las mismas etiquetas que se construyen desde el poder y se reproducen los medios tradicionales?

¿Cómo las estructuras represivas gubernamentales manejan  este nuevo universo virtual?

Las anteriores son solo algunas de las interrogantes que surgen al mirar las múltiples representaciones que a diario, surgen, se reproducen, cambian, mutan o desaparecen en medio del también cambiante campo de batalla ideológico que son los medios de comunicación.

Invitamos a que hoy se incluyan estás preguntas a las discusión, pues en realidad quién sabe si lo que estamos discutiendo aquí es la represión, la disidencia y el Estado neoliberal o si en realidad lo que discutiremos es solo la representación mediática resultante de esas batallas. Paz

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