¿Realmente queremos y procuramos la paz?

Por Gary Gutiérrez

“Si quieres paz, lucha por la justicia”.

Este mensaje del desaparecido Papa católico Pablo VI no puede ser más necesario en el Puerto Rico de hoy, el país donde a diario se reporta más de una muerte violenta y donde la violencia y el atropello parecen ser la norma y no la desviación.

Una Isla donde la violencia social es tan cotidiana que hasta los medios de comunicación la siguen como si fuera una competencia deportiva más.

Son ellos los que a diario mantienen una tabla de anotaciones que documenta una morbosa competencia entre los buenos y los malos.

Por supuesto, sólo las expresiones más dramáticas llegan a ser documentadas, mientras en la invisibilidad quedan mi-llones de instancias donde los puertorriqueños expresamos esa misma violencia.

Violencia invisible que incluye palabrotas al conductor que no nos cedió el paso, el insulto a la cajera que llamamos deficiente y el pescozón al niño a quien no educamos, pero de quien esperamos buena conducta.

Por supuesto, nuestra violencia también incluye expresiones más sutiles, pero igual o más agresivas que las mencionadas.

La exclusión de buenas oportunidades económicas, la imposición de falsas necesidades a sectores excluidos, los empleos chatarra, la falta de valor a la dignidad de los que no tienen o pueden comprar, las verjas que separan a los ricos, los clubes y sectores exclusivos de los pobres, los marginados y los excluidos son solo ejemplos de esa “otra violencia”.

Por supuesto, la mayor violencia, aun cuando no se defina como tal, es la política pública que con nuestro apoyo electoral ha imperado por décadas en la Isla.

Una política que se basa en apoyar a los sectores más poderosos de la sociedad, pretendiendo que ellos repartan más tarde su bonanza económica. Eso también es violencia.

El imponer la carga del costo de la crisis a los sectores más débiles y pobres, como cuando se despiden miles de empleados para balancear los presupuestos, también es violencia.

El desarrollo de mega proyectos para beneficiar a los sectores industriales y financieros, en menos cabo del bienestar ecológico, social y económico de la mayoría, es violencia.

Pero sobre todo, desatar la represión policial contra aquellos que se levantan contra el sistema -durante un levantamiento consciente como cuando se protesta políticamente o incons-ciente como cuando se cae en criminalidad- eso sí es violencia.

En fin, cuando nos enfrentamos a problemas complejos como la violencia social, las soluciones simplistas -como más policías o el discurso de los valores con que ahora viene el gobierno- sencillamente no resuelven nada.

Al contrario, la historia ha comprobado que terminan creando más problemas. ¿Qué mejor ejemplo que la prohibición de las drogas?

Por ello, si bien está comprobado que cuando de violencia se trata estos discursos simplistas no funcionan, tal vez las propuestas que sí pueden funcionar son aquellas verdaderamente simples en su profundidad.

Profundamente simples como la de Pablo VI, “si quieres paz lucha por la justicia”.

Ahora, la pregunta es ¿realmente queremos paz?

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