Del ‘jíbaro bueno’ al ‘derecho al celular’

Por Gary Gutiérrez
Publicado orginalmente en la Perla Del Sur http://bit.ly/cWyaMT

 

“En momentos históricos difíciles para la fe, el jíbaro bueno de esta tierra llevaba, y lleva aún colgado de su cuello, el rosario de la Virgen María. Era la identificación de su fe”.

Con esas palabras pronunciadas por Juan Pablo II durante su visita a Puerto Rico en 1984, el fallecido obispo de Roma enfatizaba indirectamente la ilusoria imagen de un campesino dócil, respetuoso y humilde.

Esa misma es la imagen que de nuestros antepasados nos construyen y nos venden las escuelas, las campañas turísticas y los medios de comunicación.

Sin embargo, al escuchar ese discurso de “jíbaro bueno” me tengo que preguntar cómo es posible que una sociedad que tiene esos cimientos, tenga los niveles de violencia, soberbia y agresividad que hoy experimenta la Isla.

Partiendo de esa interrogante, lo lógico es preguntar también si ese “jíbaro bueno” realmente existió. Si como sociedad somos producto de la humildad y docilidad de las clases campesinas o si lo que somos es el producto de la frustración resultante del látigo del mayoral, de la explotación económica por parte de compañías extranjeras y locales o del más sofisticado sistema colonial visto en la historia.

Cuando se mira a las nuevas tendencias criminológicas, algunos estudiosos apuntan a que parte de la desviación social y la violencia pueden ser el resultado de la toma de conciencia por parte de los sectores explotados de la marginación a que son sometidos.

En las sociedades capitalistas de la modernidad tardía como la nuestra, explican estos académicos, se da un proceso de inclusión y exclusión social que no experimentó el llamado “jíbaro bueno”. Aquel mítico campesino que se sabía explotado y punto.

Su construcción social no incluía, como ahora se le impone a los sectores marginados, la necesidad de tener símbolos de opulencia y riquezas.

Tal vez por esta razón, a ese “jíbaro bueno” le fue más fácil refugiarse en la religión, la botella y en el propio trabajo como forma de reprimir la frustración producto de su marginación.

Justificaba y sobrellevaba así su infortunio que definía como parte de la vida que le tocó vivir.

Sin embargo en la actualidad la realidad es otra y para el joven o la joven que hoy se crían en una de esas comunidades marginadas, que eufemísticamente llamamos “especiales”, la realidad es diferente.

Su existencia, a diferencia de la del “jibaro bueno”, es producto de una forma de exclusión social que -además de castrarlo económicamente y condenarlo a una vida entre el desempleo y los empleos chatarra si tiene “suerte”- le impone otras cargas.

A diferencia de sus antepasados, a estos jóvenes se les “vendió” y “compraron” la idea de que no son explotados y que tienen derecho a los símbolos de la opulencia y éxitos del sistema.

Así las cosas, enormes sectores populares en nuestra Isla aparentan definir su vida en una lucha constante entre la realidad de su exclusión económica y la ilusión de su inclusión en el consumo de los símbolos de validez y poder.

A diferencia del “jibaro bueno”, estos seres compran el cuento de que “tienes derecho a un celular”, como decía una campaña publicitaria años atrás.

Ese proceso de inclusión y exclusión social que define a los sectores marginados en el Puerto Rico del Siglo XXI, se complementa con un proceso político paralelo para dar vida a una cultura de sobrevivencia del más fuerte o violento.

El sistema colonial que impera en la Isla se organiza para dar la impresión de inclusión mediante la participación electoral, mientras la verdadera toma de decisiones se produce entre los sectores de poder económico y financieros, de los cuales el pueblo está excluido.

El resultado es también una sociedad donde la inclusión electoral cumple con la apariencia democrática, mientras excluye al pueblo de los procesos en los que verdaderamente se decide el futuro económico y político del país.

Partiendo de esta “bulimia social”, como los sociólogos llaman a este proceso de “inclusión” y “exclusión” característico de nuestra sociedad, es fácil ver la diferencia entre el “jíbaro bueno” y los actuales sectores marginados, compuestos de guerrilleros urbanos que buscan la manera de alcanzar los símbolos sociales de riqueza.

El “jíbaro bueno” se sabía oprimido, estaba claro que no pertenecía y que no iba a pertenecer a los sectores más acomodados de la sociedad.

Tal vez por eso reprimía su violencia en espera de mejores tiempos o de la justicia divina prometida por los representantes de aquel carpintero que dijo, “bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”.

Para los marginados en el Puerto Rico de hoy el “reino de los cielos” es un concepto lejano e impertinente de su existencia que no les ayuda a comprar la ilusoria inclusión social que venden las megatiendas y los centros comerciales.

Una inclusión social que define con la tenencia de la más reciente tecnología celular, el más poderoso de los carros, la última moda en ropa o calzado de la marca adecuada o con el osito original o copiado.

Símbolos que requieren y proyectan una capacidad económica que para mucho sólo es alcanzable mediante actividades criminalizadas como la venta de drogas.

Ya que, según los criminólogos, la desviación, la violencia social y la criminalidad son herramientas utilizadas por los sectores marginados para ilusoriamente hacer frente al sistema que los oprime.

Digo ilusoriamente, pues lo que hacen realmente cuando se criminalizan es cumplir con la etiqueta que el sistema les impone para controlarlos socialmente.

Por tanto, a nadie debe sorprender que se registre un aumento en la violencia social y en la criminalidad como resultado de la polarización social, producto de las nuevas medidas neoliberales impuestas por los políticos de turno.

Dos más dos son cuatro. De igual forma, la exclusión económica sumada a la inclusión consumista produce una cultura de violencia y criminalidad.

Aquellos que impulsan y defienden las medidas económicas neoliberales en Puerto Rico refuerzan ese binomio de inclusión y exclusión, por lo que no pueden esperar que merme la criminalidad.

Tan simple como eso.

(El autor es criminólogo y profesor universitario. Para preguntas o comentarios puede escribir a garygutierrez@aol.com Esta dirección electrónica esta protegida contra spambots. Es necesario activar Javascript para visualizarla )

Anuncios