¡Lo interesante no es lo importante! 

Las siete y algo de la mañana… y el radio despertador lleva 45 minutos tratando de sacarme de la cama.

Finalmente, comienzo a tomar conciencia y a prestar atención a la voz de viejos amigos que todavía tienen la responsabilidad de llenar el tiempo matutino en varias estaciones radiales de noticias.

Cambio de emisora en busca de otras voces familiares, que como es usual están inmersas discutiendo lo que un periódico definió como importante.

De repente me percato que el tiempo se ha detenido en un “deja vú” mediático que se extiende a días, semanas, meses, años.

Los específicos son diferentes, cambian los nombres y las direcciones, pero -en esencia- las noticias son las mismas.

La policíaca que involucra a un menor inocente como víctima, la mujer inmolada ante el altar doméstico de la cultura de violencia que arropa el país y la discusión enajenante de quién ocupará un puesto político, sin ningún poder que no sea el de repartir fondos públicos.

Aún cuando el itinerario mediático incluya cosas que pueden ser trascendentes, como la huelga en la gubernamental Universidad de Puerto Rico, la cobertura no gira en torno a los verdaderos problemas del centro docente.

Gira en torno a lo dramático, lo entretenido.

Lo que se destaca es la confrontación física, el insulto, la expectativa de violencia.

Todo lo anterior es filtrado a través de los intereses y capacidades de unos cronistas que muchas veces parecen más interesados en su participación que en el suceso que reportan.

Para completar, comentaristas, analistas y prohombres -pues la mayoría son varones- comentan los incidentes reportados y explican cómo el suceso demuestra que su visión de mundo es la correcta.

De igual forma, el tiempo radial restante se llena con llamadas de personas que, sin ser testigo de nada, opinan sobre situaciones que no vivieron y que sólo conocen por lo que oyeron en la emisora que más representa su ideología.

Así las cosas, el país camina su historia sin discutir o tomar conciencia de sus verdaderos problemas.

Mientras perdemos el tiempo en discutir quién será el próximo alcalde de algún pueblo, nuestra economía se adentra en un proceso donde unos pocos cada día tienen más, mientras la inmensa mayoría ve sus recursos mermar.

Poco se habla de la necesidad de modificar este sistema donde sólo el 40 por ciento de la sociedad trabaja. Mucho menos se discute que -de esa cifra- la inmensa mayoría labora en empleos chatarras que no alcanzan para que una familia viva dignamente.

Menos aún se examina la organización social que, por falta de un sistema de transportación masiva, nos obliga a pagar más de un tercio de nuestros raquíticos ingresos para subvencionar a las manufactureras de autos, financieras, aseguradoras y gasolineras.

Mucho menos se discute la hipocresía de un sistema que despide empleados de servicio en el gobierno, alegando que el gobierno es muy grande, mientras aumenta el derroche de dinero en asesores de boberías y ciencias innecesarias.

Por supuesto, jamás veremos en los medios cómo los bancos, las compañías de seguros y los sectores de inversión cambian unilateralmente las leyes y reglamentos que los regulan.

No. La Prensa del país no tiene tiempo para esas cosas.

Están ocupados en quién logra dar primero con la noticia del esperado arresto o quién dirige un municipio autónomo en una colonia sin autonomía.

En resumen, mientras debato si vale la pena levantarme de la cama, pienso que si no comenzamos a exigir que los medios dejen de cubrir lo entretenido y que comiencen a informarnos lo importante, seremos -al final- tan culpables como ellos.

(El autor es criminólogo y profesor universitario. Para preguntas o comentarios puede escribir a

garygutierrezpr@aol.com

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