Por Gary Gutiérrez

 

            Si se le preguntara a cualquier persona en el mundo de las comunicaciones; ¿cuál es la clave del éxito de una producción?,  es posible que entre las respuestas se encuentre el término anglo “timing”.  Aún cuando no tiene traducción directa,  el concepto implica estar en el momento adecuado en el lugar indicado.

 

            Un buen “timing”  parece ser el caso de la publicación del escrito Policing Morality, Mano Dura Stylee: The case of Underground Rap and reggae In Puerto Rico in the mid-1990s, de la Dra. Raquel Z. Rivera. 

 

El trabajo de Rivera,  se desarrolló  en 1998 y resurge ahora, 10 años más tarde,  cuando el gobierno colonial de la Isla anuncia que se propone regresar a las  mismas técnicas punitivas y represivas que en la década de los 90s fallaron como respuesta al crimen y que en cierta medida se recogen en este artículo. 

 

Precisamente esas políticas  y los excesos represivos que pueden alcanzar las mismas,  son la base de este excelente escrito, que documenta y analiza el proceso mediante el cual se intentó  criminalizar la expresión artística y la estética de un sector de la juventud puertorriqueña.

 

Al leer el escrito, de inmediato viene a la mente los trabajos de un grupo de sociólogos que se hacen llamar criminólogos culturales y que desde la década de los 90s estudian el crimen como producto y productor de cultura.  Esta visión criminológica es una tendencia que agrupa una amalgama de teorías sociológicas, entre las que se destacan el interaccionismo simbólico, el postmodernismo, y a la que se le unen los anarquistas, los neo marxistas, las feministas y demás críticos de la dominación legal y la injusticia social.

 

Según uno de sus fundadores, el Dr. Jeff Ferrel, la criminología Cultural no busca sintetizar  estas teorías  o métodos, sino que más bien pretende una conversación crítica entre estas visiones en búsqueda de la exploración de la cultura y la criminalidad.  Estos criminólogos prestan atención a la variedad de culturas, aceptadas o criminalizadas, así como a la gama de significados y al control de las mismas por parte del Estado.

 

Se enfoca además en las construcciones mediáticas, tanto de las acciones desviadas como de los controles sociales para las mismas. De igual forma observa los símbolos de la sociedad urbana contemporánea y los patrones de inequidad y control social así como los miedos creados en torno a estos.  En resumen, la criminología cultural parte de la premisa que la sociedad no criminaliza  los comportamientos por las acciones mismas, lo que realmente  se criminaliza es el “significado simbólico” de esas acciones.

 

Ante la cercanía entre las visiones de estos criminólogos  y la forma en que la Dra. Rivera aborda el tema de la persecución y censura del Rap underground,  parece lógico que usemos la misma como punto de partida para comentar el escrito.

 

El trabajo es una excelente documentación del proceso de creación y difusión de lo que el británico Stan Cohen llamó el “pánico moral”.   La descripción del proceso de construcción de los músicos underground como desviados y el intento de reconstruir los mismos como criminales,  es magistralmente desarrollado y constituye, a mi juicio,  un trabajo que todo estudiante de criminología debe leer. 

 

El  proceso que Rivera recoge en su escrito recuerda la forma en que en la década del 1930, otros empresarios morales construyeron la imagen “endemoniada” de los fumadores de marihuana. En aquella época, se la adjudico al cannabis las mismas propiedades de fomentar la violencia y la lujuria que según nos documenta Rivera, se le adjudicó en el 1990 al Rap y al Reggaetón. El resultado de aquel proceso de 1930 es la funesta criminalización de la planta y el costo económico millonario y de sangre, que todavía produce la misma.

 

Partiendo de lo completo del escrito, que incluye los conflictos en torno a la libertad de expresión, la violencia entre los jóvenes, la construcción del marginado como criminal, lo que más me interesó como criminólogo cultural,  es la explicación sobre la persecución de esta forma de expresión. Rivera demuestra que la misma no se trataba de la prohibición del  lenguaje, llamado vulgar, grosero, hostil o fuerte, ni mucho menos se trataba del acecho del contenido sexual de las letras de estas canciones. 

                          

Su construcción como acto desviado, no explica la Dra.,  se produjo cuando esta producción artística de los sectores sociales y racialmente marginados,  comenzó a desbordándose a las capas más altas de la sociedad.  Es decir ese discurso contestario de joven pobre, marginado, negro de caserío, que reconstruye y define poco a poco una nueva visón estética, es comprado poco a poco por los blanquitos,  que ahora llamamos guainabitos.

 

De esta forma Rivera nos recuerda que el rap underground solo fue percibido como un problema, hasta que no salió de los sectores marginados y comenzó a popularizarse entre los sectores jóvenes de clases más privilegiadas.

 

Interesantemente, un proceso similar se dio con las sustancias psicoactivadoras durante la década del 1960, cuando los jóvenes que regresaban del conflicto en indochina, sacaron a la llamadas drogas de los guetos urbanos y la popularizaron en los sectores de clase media americana. Como el rap underground, para el “establishment”, las drogas se vieron con un problema,  cuando las mismas se popularizaron entre los jóvenes de sectores pudientes y no mientras eran costumbres de los negros en el gueto.

 

Este proceso antes descrito es al que los criminólogos culturales nos referimos cuando decimos que una acción se criminaliza solo cuando el significado de la misma se ve como peligrosa al sistema.

 

Es decir,  que no es la acción sino su sino su carga simbólica lo que se prohíbe. Mientras el underground o las drogas, se quedaban en la marginación del caserío o le gueto, al sistema no le preocupaba. A contrario, se podría decir que estas acción afirmaban la visión de que las razas marginadas son más débiles y más propensa a los vicios.

 

Pero,  tan pronto el pegajoso ritmo o la droga pasa al llamado “main stream”,  se convierten en símbolos de la influencia de esa cultura marginal sobre la cultura dominante.  Esto, por supuesto, siempre es visto con recelo por parte de los últimos.

 

Por otra parte, sobre cómo la cultura dominada o marginada responde a la represión y persecución, la criminología cultural explica que ante esta situiación, los jóvenes de esos sectores marginados terminan adoptando esa misma estética, incluso la exageran,  como forma de contestar simbólicamente al sistema.   Ferrell en su libro  Criminologia Cultural  dice,  “los estilos de las subculturas son para efecto de las autoridades, tanto una causa como efecto de la criminalidad; mientras que para los grupos marginados estos son símbolos de resistencia e invitación a que los controlen”

 

En fin que el proceso descrito en este ensayo por la Dra. Raquel Z. Rivera, demuestra lo complejo que puede ser el choque estético y cultural entre los diversos grupos sociales. De igual forma deja claro lo burdo, simplista e irracional que puede ser la respuesta represiva del Estado ante estos conflictos. Sobre todo cuando el proceso está exacerbado por empresarios morales que levantan portaestandartes de intolerancia ante cualquier diversidad.

 

Por suerte en el caso descrito por la Dra. Rivera, los tribunales pusieron coto a la ridiculez de la persecución.  Sin embargo no siempre se ha corrido la misma suerte.  Por ejemplo, la construcción del uso de sustancias psicoactivadoras como un problema policiaco y no médico es producto de un proceso casi idéntico al descrito por la Dra Rivera, con la diferencia de que en el caso de las drogas, los tribunales “compraron” la definición y a casi un siglo del asunto, seguimos pagando el precio en sangre derramada en las calles.

 

Dra. Rivera, termino dándole las gracias por el recordatorio que su escrito nos trae,  el mismo no podía llegar en mejor momento….

 

 

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