Por Gary Gutiérrez
Especial para La Perla del Sur

“La vida es hermosa”.

Esta frase resume la visión del mundo de Kurt Legner, un caribeño que por error nació en Alemania y que desde hace más de 30 años vive en Puerto Rico.

Esa frase es el norte en la vida de este romántico empedernido que construye sueños en el barrio Anón de Ponce.

Allí, seis cuerdas de terreno encarnan un mágico espacio donde, además de desarrollar un pequeño proyecto de cabañas para alquiler, comparte la buena conversación y, sobre todo, vive la pasión por los vinos, la comida y cultiva el café que estimula y acompaña la mesa.

Inspirado por lo visto en la Hacienda Buena Vista de Ponce y en medio de una crisis económica en la industria del acero donde trabajaba, hace 14 años este nórdico soñador decidió incursionar en el negocio agrícola del café.

En el barrio Anón, seis cuerdas de terreno encarnan un mágico espacio donde se vive la pasión por los vinos y se cultiva el café que estimula y acompaña la mesa.

Sin experiencia alguna, adquirió el terreno y con ayuda del gobierno comenzó el experimento que hoy produce alrededor de 50 quintales de café al año y que se distribuye al mundo -vía internet- bajo el nombre de Café Pomarrosa.

En un futuro, los Legner esperan desarrollar un “Coffee Bar” que sirva de centro de distribución a su café en el Viejo San Juan.

“La idea es un mostrador como los que se ve en Europa, donde la gente se detenga unos minutos, ordene su café y siga camino”, explicó Sebastián Legner, hijo de Kurt, barista aficionado y apasionado del negro zumo.

 Innata distinción

La marca del café, que también es el nombre de la finca, Hacienda Pomarrosa, no sólo identifica el producto con la Isla, sino que sirve de reconocimiento a los árboles que resguardaron los delicados arbustos de café durante el paso del huracán Georges, años atrás.

Tras más de una década, la pequeña empresa cafetalera no es menos quijotesca que cuando comenzó, según explica Legner. Sin embargo, sus esfuerzos ya son reconocidos por el gobierno, ya que en el año 2006 se le reconoció como la finca más eco-amigable del Sur de la Isla.

No es para menos. En la actualidad la operación funciona con agua del sector que tras ser usada en el proceso de limpieza de los granos se deposita en pozas donde se evapora, dejando los sedimentos para ser utilizados como abono.

De igual forma, la plantación no se trata con químicos y el control de plagas se le deja a la población de gallos y gallinas que rondan libremente entre los arbustos. También, en el proceso ayudan los lagartijos que se comen las plagas y las abejas que se encargan de la polinización.

El resto del trabajo lo hace Legner con su familia y diez empleados que complementan la operación en los meses de cosecha.

 Refugio en la montaña

Como una forma de diversificar y sacar más provecho de las seis cuerdas, en la actualidad se desarrolla un proyecto de ecoturismo que ya cuenta con dos cabañas para rentar a adultos que necesitan un espacio para descansar, alejados del trajín de la vida urbana.

Cada cabaña cuenta con un cuarto privado amueblado con una hermosa cama de pilares, su baño y un balcón en donde se puede observar el lento fluir del tiempo que caracteriza la vida frugal. 

Por supuesto, la hamaca está incluida, así como los desayunos y otras comidas que los visitantes quieran añadir a sus paquetes.

Si bien las cabañas son cómodas y acogedoras y la plantación de café con su torrefacción artesanal es maravillosa, el verdadero corazón de este utópico proyecto es una terraza abierta que sirve de salón comedor y que comparte estructura con la cocina.

Digno punto de encuentro

Allí el tiempo toma una dimensión especial: los olores de las comidas confeccionadas por Legner, así como los aromas del café preparado por su hijo Sebastián, adormecen los sentidos y promueven la conversación.

Pero no se llame a engaño. El origen nórdico del anfitrión de esta finca no es impedimento para que por su mesa no pasen deliciosos manjares boricuas. 

Prueba de esto es un potaje de garbanzos con patas de cerdo con que el alemán sorprendió a La Perla del Sur durante su visita.

El espeso caldo evocaba la sazón de las abuelas boricuas.

Repleto de culantro, recao, hojas de laurel, ponientito, ajo y por supuesto, servido con arroz blanco, este guiso es una digna representación de la tradición culinaria puertorriqueña.

Para dar el toque de gracia, el sustancioso cocido se acompañó con tostones de panapén, fritos a la perfección y sazonados con una pizca de sal.

Como si la comida no fuera suficiente razón para sentarse en torno a la mesa, la conversación dirigida por Legner no es menos exquisita.

La situación de la alimentación mundial, la familia moderna y el efecto social de la tecnología fueron sólo algunos de los temas que entrelazó, formando así un tapiz que toma forma según el almuerzo avanza.

Por supuesto, a la hora del postre y con un sabroso pan de guineo con nueces servido, el tema del café retomó un papel central en la conversación.

La situación del café en el país parece estar en una disyuntiva entre la producción industrial para consumo del público y el producto artesanal que pueda competir con los grandes centros de café del mundo.

Durante la conversación quedó clara la necesidad de un programa gubernamental que establezca una denominación de origen, instituyendo parámetros de calidad y mercadeo para el negro zumo. Como se hace con el ron de Puerto Rico.

De esta forma, las torrefactoras artesanales pudieran competir en el mercado internacional e incluso hacer compromisos de ventas de su producción por adelantado, facilitando el financiamiento, aclaró Legner.

De igual forma, con una denominación de origen controlada, posicionar el café gourmet boricua en los eventos internacionales pudiera ser más fácil y efectivo.

En resumen, visitar la Hacienda Pomarrosa en el barrio Anón, es comprobar que sí, “la vida es hermosa”.

Pero también es descubrir que la misma es más hermosa con un buen café, una buena terraza y, sobre todo, con una amena conversación.

(Más información en cafepomarrosa.com y 787-844-3541)

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