Por Gary Gutiérrez


          Hace una década, llegó a este recinto un joven adolecente cargando en sus hombros un enorme bulto que, además de exagerar su estatura física proporcionalmente inversa a su talento, contenía las herramientas del oficio que ya había decido ejercer.

          Aquel maletín de cambas, típico de los fotoperiodistas de la época, contenía cámaras, lentes, metros de luz, rollos de película.  Si rollos, es decir aquellas tirillas de celuloide que los fotógrafos usaban antes de la maravilla digital.

          No obstante en aquel maletín, el joven sin percatarse aún, traía también un bagaje de conocimiento y destrezas que le permitían dominar su arte.  En aquella maleta venían decenas de años  de experiencia y conocimiento que los maestros Miller y Ramírez,  confiaron a su padre Tony en los talleres que la Santa de la Playa había auspiciado en el sector Tabaiba. Conocimientos que su padre pasó durante el diario compartir.

          Entre el contenido de aquel bulto de campaña se encontraba además  una sensibilidad natural  a la luz y sus cambios que nuestro joven amigo heredó de su padre, el fotógrafo más perceptivo en términos de iluminación  que  he visto en mis casi cuarenta años de vida profesional. Lo que natura no da, Salamanca no presta, dice el dicho español. 

          Por tanto, abrogarse la Universidad Interamericana la formación como fotógrafo de nuestro joven comunicador sería faltar a la verdad.

          Sin embargo, no sería menos cierto decir que, fue en esta institución donde aquel adoleciente se forjó como comunicador, donde se pulió para convertirse en el narrador visual que es hoy en día.

En estos salones, aprendiendo las artes de lenguaje escrito y oral, daba forma a su narrativa visual. Se expuso a otras disciplinas que complementaron las herramientas  en aquel bulto que ya era su constante compañero.

Al mirar el trabajo de este joven comunicador, recuerdo unos pasajes de un viejo libro de fotoperiodismo que se cruzó en mi camino para el mediado de la década del 1980. El libro se titula Photojournalism, the visual approach y fue escrito por Frank P. Hoy de la Walter Cronkite School of Journalism and Telecomunication.

En el cuarto capítulo de esa publicación, Hoy describe la forma en que trabajaba su amigo y fotógrafo del New York Time, George Tames.  La verdad que como no encuentro  mejores palabras para detallar como nuestro joven comunicador se desenvuelve en su trabajo, usaré las del veterano profesor.

Traducidas libremente nos dice: Él nunca dejaba de moverse, mirando constantemente por fotografías. Despacio, con dos cámaras 35 milímetros en las manos, listas para disparar, circula por el salón en busca de oportunidades fotográficas. Se mueve constante, pero lenta y conscientemente. Pero su desenvolvimiento casual es engañoso. Porque  él, como todo buen fotoperiodista, siempre está al acecho de esa foto que resuma la historia. Como persona visual, el sabe que el sujeto debe ser observado y explorado en todos sus detalles, para así producir la imagen que realmente reporte el evento noticioso. Él siempre estaba en búsqueda de esa imagen excelente que pudiera estar esperándolo aún en las más rutinarias de las asignaciones. Veinte años más tarde, hago mía estas palabras, para describir al autor de las imágenes que hoy nos observan desde las paredes.

Compañeros, ante ustedes, una pequeña muestra del prolífero trabajo fotográfico de uno de los nuestros, el maestro Ramón “tonito” Zayas.

 

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