We few, we happy few, we band of brothers;
For he to-day that sheds his blood with me
Shall be my brother;
St. Crispen’s Day Speech
Shakespeare’s HENRY V
C. 1599
 
La tarde corría normal en el antiguo local de Rambla Bike, aderezadas por la testosterona, las actividades usuales de un bici centro se llevaban a cabo entre chistes coloraos, insinuaciones sexistas y por supuestos cuentos sobre rutas, bicicletas y componentes.Jorgito, dueño de Rambla Bike, líder y guerrero de fin de semana, discutía con algún “roadie” la siempre necesaria reducción de gramos en alguna parte de su bicicleta producto de más de cien años de ingeniería industrial y de costo tan obsceno que es mejor no mencionar. Mientras, en el sacrosanto espacio trasero, Orlando se las buscaba haciendo alguna reparación menor en otra bicicleta.

De repente, como caballero andante que regresa del campo batalla para inclinarse ante Santiago de Compostela, me encontré parado en el umbral de aquel mítico espacio por donde cientos otros pasaron en las mismas circunstancias.

Goma delantera en la mano derecha y vendaje de yeso en la izquierda, cuatro puntos en la barbilla, sabrosos calmantes químicos en el sistema, complementaban la enorme mancha de sangre que desplegaba en mi pecho como si fuera un corazón purpura.

El silencio era elocuente. A menos de un año incursionando en el mundo del ciclismo mi iniciación había concluido.

No importaba que solo fuera un simple “commueter” y no un “roadie”, “mountain biker” o “bmxisero” , había derramado sangre, los dioses estaban satisfechos.

De inmediato, los ciclistas “hard core” que se encontraban allí me dieron la bienvenida.

Como hermanos sobrevivientes del campo de batallas, todos presentaron sus respetos contando sus propias sangrientas experiencia y escuchando reverentemente a la mía.

“Mano, yo no sé qué carajo paso venia pedaleando por Flambollanes en mi confiable y nada agresiva KHS Commuter “Town & Country” cuando de repente, mi cara dio en el suelo” comencé a contar cuando fui interrumpido por un coro de voces con horror en la entonación.

“La alcantarilla de Flambollanes”, “mano esa esta cabrona”, “to’ el mundo se ha caído en esa”, “mira la cicatriz que yo tengo por culpa de esa hija de puta” fueron algunos de los floridos comentarios solidarios que siguieron.

Por supuesto tuve que dar detalles del asunto, como llego la policía y como me cocieron la barbilla. Además tuve que descubrir el vendaje de la barbilla y zacear la morbosidad de todos mostrando mis puntos.

Ahora en la distancia, ya no recuerdo el dolor, la incomodidad del yeso y los mal ratos médicos, todo eso quedo atrás.

Lo que nunca olvidaré fue la experiencia de estar parado allí en aquella puerta y ser recibido como un igual, aun cuando solo soy un ciclista commuter.

Ese día me sentí que era recibido como un hermano ciclista. Pues como dijo Shakespeare, aquel que derrame su sangre junto a mí, es mi hermano.

Paz y pedal hasta la victoria, la verdadera revolución podrá ser sangrienta, pero jamás será motorizada.

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