Por: Gary Gutiérrez

publicado originalmente en southcoastpr.com

Pasaste las Navidades, sobreviviste el Año Nuevo y a fuerza de “tarjetazo” cumpliste con el Día de Reyes… pero ya el comercio vibra con los colores rojo y blanco del Día de San Valentín.

Otro día en el que hay que regalar a los que se aman, a los que se suponen que se amen o a los que simplemente se quieren impresionar, cualquiera que sea el caso.

Claro esta, el 14 de febrero no solo es el “Día del Amor” o “Día de los Enamorados”, ahora es el “Día de la Amistad”. Es decir, la lista de gente a la que se supone se le regale es aún mayor.

Tanto ha crecido esta festividad que es la segunda temporada de ventas mas importante del año para el comercio. Solo la temporada navideña genera más ganancias.

No está mal para una celebración que comenzó durante los primeros años del Imperio Romano, con una fiesta que se llamó La Lupercalia o la “celebración” del Lobo.

Todos los 15 de febrero, los varones romanos acudían a celebrar un sangriento ritual de fertilidad al Lupercal, lugar donde según la tradición, los fundadores de Roma, Rómulo y Remo fueron amamantados por una loba.

Toda la festividad era bastante grotesca para la sensibilidad del siglo XXI. Sacrificaban animales y con su piel todavía ensangrentada fabricaban correas con las que los sacerdotes azotaban a los fieles. Según la creencia, los azotes curaban la infertilidad.

Volviendo al “Día de los Enamorados”, para la naciente Iglesia Católica, este ritual pagano presentaba un problema, así que como era uso y costumbre, el Papa lo prohibió.

No obstante, una cosa es la ley y otra la trampa y muy pocos le hicieron caso al Papado al continuar celebrando su ritual. Alguien se percató que el día 14 de febrero, víspera de la Lupercalia era el día en que, desde mediados del siglo I, el Papa Gelasio había separado para recordar el martirio de Valentín.

Este era un cura de la iglesia primita que fue condenado a muerte por casar a jóvenes sin que estos cumplieran con el requisito romano de servir en el ejército. En el Imperio, para poder casarse legalmente, tenía que haber terminado el servicio militar. De esa manera, Roma evitaba tener que cargar con viudas y huérfanos dejados por los veteranos muertos en batalla.

Así las cosas, los romanos, sagaces en las artes de buscarle la vuelta a las regulaciones, encontraron una forma de celebrar la Lupercalia debajo de la cotona del cura.

Comenzaban la fiesta el 14 en la noche y decían que celebraban la festividad de San Valentín, defensor de los enamorados que buscaban casarse. Todo muy canónico.

Durante la edad media, los franceses y los británicos civilizaron un poco la festividad con el intercambio de regalos.

Por supuesto, fue en los Estados Unidos donde se dieron cuenta de que la festividad tenía potencial y que era una excelente excusa para buscarse un peso.

En 1840, con la imprenta y un servicio postal bastante confiable y accesible a las masas, una estadounidense de nombre Esther A. Howland comenzó a producir y vender en masa tarjetas postales con motivo del Día de San Valentín.

Interesantemente, los dibujos de estas tarjetas no incluían la imagen del ya desplazado cura católico, Valentín, de principios de la Iglesia. Ahora, la imagen de un niño con alas que carga arco y flechas y a quien se relaciona con Cupido, parece ser “el logo” oficial de la festividad.

Probablemente el adolescente, burlón y entrampador Cupido se revuelca en el Olimpo al ver su varonil y viril imagen reducida a un rechonchote bebecito alado. Bueno que remedio, igual suerte corrieron los valientes querubines que según los hebreos, guardan la entrada al perdido Edén, pero eso es otra historia…

El punto es que aquí estamos a principios del siglo XXI gastando recursos en esta peculiar deformación de un ritual en el que los hombres buscaban aumentar su virilidad y su oportunidad de reproducirse a fuerza de latigazos.

Mirándolo bien, para los varones de hoy que buscan esa oportunidad, la idea de gastar en flores y chocolates es definitivamente una mejor alternativa.

Feliz Día de los Enamorados.

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