Viaje histórico de reflexiones éticas y morales surgidas de la película:

“Serving in Silence”

La historia de Margarethe Cammermeyer

Por:  Gary Gutiérrez

25 de Junio de 2003

Al momento de que escribo este trabajo, Puerto Rico es escenario de un debate social en torno a la deseabilidad de mantener criminalizadas las prácticas sexuales no reproductivas, como hasta ahora establece el Código Penal vigente en la isla.

Bajo la bandera de la moral, organizaciones con base mayormente en iglesias cristianas, responde al llamado de conservadores, como Milton Picón de Morality in  Media, Ángel Sánchez de Pro-Vida y el reverendo fundamentalista Jorge Rashckie quienes tratan de hacer presión para que el nuevo Código Penal de Puerto Rico mantenga disposiciones  en contra del sexo oral o anal entre adultos consintientes. Las prohibiciones legales contra estas prácticas catalogadas como “antinaturales” se encuentran en el Código penal de la Isla caribeña desde el 1902. Por otra parte, el centenario estatuto es atacado por sectores liberales compuesto tanto por las llamadas organizaciones “gay”, al igual que por grupos internacionales como Amnistía Internacional y la Unión para las Libertades Civiles que catalogan la prohibición como anacrónica, discriminatoria o simplemente inaplicable en la práctica. En la historia reciente de la isla no se ha condenado a nadie por la práctica voluntaria de la sodomía. Incluso en los pasados años, activistas homosexuales acudieron voluntariamente al departamento de Justicia de Puerto Rico y frente a un fiscal, admitieron públicamente que practican la sodomía voluntaria, exigiendo así ser arrestados. En ninguno de los casos el Estado procedió legalmente.  La discusión se avivó esta semana (17 de junio de 2003) cuando los medios de información  de todo el mundo destacaron la decisión mediante la cual el gobierno canadiense reconocerá los matrimonios legales entre parejas del mismo sexo. Este tipo de unión conyugal en  Puerto Rico no es legal por virtud del artículo 68 del código civil que establece que “El matrimonio es una institución civil que procede de un contrato civil en virtud del cual un hombre y una mujer se obligan mutuamente a ser esposo y esposa, y a cumplir el uno para con el otro los deberes que la ley les impone.”  La inclusión detallada de que el matrimonio es solo entre hombres y mujeres fue considerada por estos mismos sectores conservadores antes mencionados como un logro en 1999 cuando se aprobó la revisión del código.  En medio del clima de discusión sobre la sexualidad y la intimidad de los ciudadanos adultos en Puerto Rico me cae en las manos, no de forma providencial pero si como una casualidad muy curiosa, la película  “Serving in Silence: la historia de Margarethe Cammermeyer” Así las cosas, ante la discusión que arropa al país y el coincidencial encuentro con el filme que gira en torno al controvertible tema, me pareció adecuado utilizar los  mismos para cumplir con la obligación impuesta por la clase Dimensiones Éticas de asuntos Contemporáneos, curso que me pide que analice desde la perspectiva moral y ética una producción cinematográfica, La película, que esta basada en la vida real, “Serving in Silence : la historia de Margarethe Cammermeyer”  nos presenta la historia de la teniente coronel de la reserva del ejercito de los Estados Unidos de América, Margarethe Cammermeyer, quien en la última década del siglo veinte fue separada de su cargo militar cuando en una entrevista oficial se negó a mentir sobre sus preferencias sexuales. En medio de una entrevista para aumentar su nivel de confiabilidad en materia de asuntos sensitivos de seguridad, la oficial, quien había servido como enfermera militar por más de veinte y dos años, contesto directamente a la pregunta sobre su moralidad.   “¿En algún momento ha realizado actos de inmoralidad?” pregunto el oficial entrevistador.“¿Qué se define como inmoralidad?” pregunto la veterana oficial y madre de cuatro hijos adolescentes. “Ahhhh, cosas como uso excesivo de alcohol, drogas, depravación sexual, homosexualidad. Usted sabe, cosas como esas” respondió rutinariamente el técnico. “Soy lesbiana” añadió entonces de forma directa y firme la coronel Cammermeyer.   El patidifuso burócrata, todavía sin superar su sorpresa, le preguntó, pero ¿Cómo que es lesbiana? ¿Usted mantiene  relaciones sexuales con mujeres?; a lo que Cammermeyer contesta: “Soy lesbiana. El lesbianismo es una orientación emocional por la que naturalmente me atrae hacia las mujeres. No tiene que implicar actividad sexual”. Con esas declaraciones la Teniente Coronel Margarethe Cammermeyer, se ponía de frente a la organización que sirvió por mas de 22 años y en la que salvo miles de vidas mientras arriesgaba la propia sirviendo como enfermera en los hospitales móviles de los campos de batalla en Vietnam. Una labor que llevó a cabo de forma eficiente, profesional y valientemente; al punto que le valió la condecoración conocida como la Estrella de Bronce. Al ver la película no puedo dejar de preguntarme cuan ético o moral es el que a una persona adulta y con capacidad de consentir, se le persiga por expresar su sexualidad de forma honesta y sin dañar a terceros. Esta misma interrogante me surge al mirar la discusión en torno a la criminalización de una práctica sexual o de otra.   Me surgen interrogantes como: ¿Qué nos da el derecho de entrar en la intimidad de la gente y de decirles como gozar de sus cuerpos? ¿Por qué el Estado moderno, cuya aspiración es garantizar el mayor grado de libertad a sus ciudadanos, debe dictarle pautas sobre comportamientos íntimo a los adultos con capacidad de consentir?  En pos de respuestas, me sumergí en las profundas aguas del pensamiento humano y busqué en la economía, la política, la antropología, la historia e incluso en la propia religión y en la mitología con la esperanza de encontrar contestaciones o por lo menos explicaciones sobre los orígenes de estos prejuicios Interesentemente encontré que las relaciones sexuales entre parejas del mismo sexo  han estado presentes en todas las sociedades, pero a su vez siempre han tenido algún tipo de control social o moral. En realidad las mismas nunca han estado fuera del escrutinio.   Tomando las culturas clásicas del mediterráneo podemos ver que tanto los egipcios, como los griego y por ende los romanos, veían el sexo entre hombres adultos y jóvenes estudiantes como una practica normal. Claro está, la práctica se justificaba de diferentes maneras, pero en esencia se puede inferir que era meramente recreativa. Platón, idealizaba estas relaciones entre maestros adultos y estudiantes jóvenes como la mas pura expresión del amor y la belleza. Recordemos que para los griegos, la máxima expresión de la belleza natural era el cuerpo masculino desnudo.  Por su parte, Aristóteles, planteaba una visión más pragmática de la actividad sexual entre varones, exponiendo su valor para el disfrute sexual sin peligro de reproducción.   En la Grecia antigua los estudiantes desempeñaban el papel pasivo o femenino en los juegos sexuales con sus maestros quienes, obviamente, ocupaban el rol masculino o activo. Este tipo de arreglo se daba también en el oriente, sobre todo entre las castas militares. Esta liberación  del carácter reproductivo del sexo, es precisamente por la cual los antiguos veían como abominable que pasada su etapa de formación académica un joven mantuviera su carácter “pasivo” en las prácticas homosexuales. Al terminar su entrenamiento académico formal se esperaba que el joven se casara y utilizara la sexualidad en su matrimonio para reproducirse. Partiendo de lo anterior podemos ver que la razón para utilizar o condenar la practica homosexual no era una de carácter religioso o moral, sino económica. La regla moral, surge en estas sociedades agrícolas por la necesidad de reproducirse para la producción. En un sistema social jerarquerizado desde la familia como unidad básica de producción económica, no se pueden dar lujo de no tener descendencia.   Mientras eso pasaba en la mayoría de los Estados mediterráneos unas tribus beduinas se constituían en una nación y se autoproclamaban como el  “pueblo escogido por Dios”.   Esta nueva nación, que eventualmente se convirtió en lo que hoy conocemos como los hebreos, enfatizaba como un valor primordial el distinguirse de las otras sociedades. Desde su visión etnocéntrica, para los padres del pueblo hebreo, era necesario dejar claro que ellos eran diferentes e incluso superiores al resto de las naciones.   Los hebreos parecen ser el primer pueblo mediterráneo que deja claramente establecida su repudio a la sodomía. Su libro sagrado, la Biblia Hebrea, hace varias referencias a los actos sexuales entre personas del mismo sexo. En el libro de Levítico los forjadores de la cultura hebrea ponen en boca de su dios: “No te echarás con varón como con mujer; es abominación”. Además del mandato anterior, las escrituras hebreas, a las que ellos reconocen como inspiración divina, mencionan de forma negativa en varias ocasiones a los sodomitas, termino utilizado para los practicantes del sexo anal, no necesariamente entre parejas de varones. En el primer libro de Reyes dice: “También expulsó de la tierra a los sodomitas de cultos paganos, y quitó todos los ídolos que sus padres habían hecho.”   Sodomita es el gentilicio de los residentes de Sodoma, una de las ciudades que el poderoso dios de los hebreos destruyo por apartarse de sus enseñanzas. No obstante, la alegadas depravaciones que llevaron a Sodoma a su destrucción no fueron solo de índole sexual, por lo que el uso del termino no deja claro si se refiere solamente a practicantes de un tipo específico de sexualidad o simplemente a cualquiera que se haya alejado de las enseñanzas hebreas. Estudiando el contexto en que se da el repudio a la actividad sexual entre varones, se pudiera inferir que la prohibición a los actos sexuales no reproductivos era mas una forma de reafirmación nacional que una violación de índole moral.   A esa función de reafirmación nacional que tendría en esa sociedad etnocéntrica las prohibiciones de las actividades que identificaban a sus pueblos vecinos, se le tiene que sumar también el factor económico de la necesidad de mano de obra. El sistema de organización social y económica de los hebreos, se basaba en una estructura patriarcal de pastoreo simple también centrada en la familia como unidad básica, donde los hijos eran necesarios como fuerza de trabajo. Es lógico entonces que se viera como inadecuada cualquier actividad sexual que no llevara a la reproducción.   De esta manera, poco a poco, vamos descubriendo en las culturas que nos influenciaron, las bases para nuestra intolerancia en torno a las prácticas sexuales no reproductivas. Pero, si bien el mundo clásico nos abre las puertas a unas explicaciones de nuestros prejuicios, es en la Edad Media donde encontramos las verdaderas bases de nuestra intolerancia. En esa época obscurantista, la intolerancia tomó un carácter de persecución legal, religiosa y moralista sin precedentes. La ideología moral del Medio Evo se baso y se caracterizo por su profundo valor religioso que se basaban en las enseñanzas de un rabino hebreo llamado Jesús de Nazarea a quien sus seguidores reconocieron o convirtieron en el Dios mismo. Las enseñanzas de Jesús dominaron el mundo romano de los primeros siglos de nuestra era,  imponiendo su visión ética sobre la familia  y la organización social. Este grupo heredó de sus ancestros religiosos, los hebreos, la visión de pueblo escogido y separado. Por tanto no es de extrañar que los cristianos primitivos repudiaran el acto sexual no reproductivo como una forma de establecer sus diferencias con relación al llamado mundo pagano.   Este repudio a las prácticas sexuales no reproductivas, en la que se encontraba la sodomía, tuvo como consecuencia, probablemente sin planificación alguna, el crecimiento acelerado de las comunidades cristianas.   Según el libro “The Rise of Christianity” de la autoría de Rodney Stark;  el éxito del cristianismo se debió en gran escala a las prácticas morales y sanitarias que su ideología religiosa le imponía.   Entonces no es de extrañar que por evolución natural, los cristianos justificaran como moral aquellas costumbres que le fueron utilitarias y exitosas, al tiempo que condenaran los hábitos que estuvieran en contra de su experiencia. No obstante, con el tiempo los cristianos dejaron de ser un grupo de comunidades marginales para convertirse en una institución tan poderosa como el imperio romano mismo; fue entonces cuando se generó la necesidad de imponer y defender su fe a punta de fuego y espada.   En medio de ese ambiente, germinó silvestremente el germen de la intolerancia que mencionamos como características la Edad Medias.   Durante esa época, se vio al hombre como esclavo de sus pasiones y en constante lucha por liberarse de los apetitos de la carne. Los líderes religiosos entendían que los humanos debían protegerse de las tentaciones pues su naturaleza pecaminosa no se podría controlar. En ese cuadro, aquellos que gozaban del sexo no reproductivo se veían como elementos pervertidores que mediante sus encantos podían corromper a los de limpió corazón. Aquí notamos la inclusión de un nuevo elemento que pudiera explicar las intolerancias que los sectores conservadores de hoy profesan en contra de las relaciones sexuales no reproductivas, el miedo. Ese temor a ser corrompido a su vez genero ignorancia en torno a los temas prohibidos, lo que a su vez produjo más miedo.   Ese miedo creó en la sociedad del Medio Evo la necesidad de protegerse de aquellos que podían corromperla. Por esa razón, todo el que era diferente se veía como un enemigo espiritual que debía  ser salvado o destruido para que Dios se apiadara de su alma.   La brutal persecución tuvo como máxima expresión la Santa Inquisición, institución que utilizando métodos de persuasión  efectivos, convencían a los desviados a regresar a la fe y a purgar sus pecados en la hoguera. Así las cosas vemos como el miedo se apodera de las preocupaciones sociales, económicas y políticas que hacían las prácticas sexuales no reproductivas una opción no favorable para las sociedades agrícolas, convirtiendo estos actos en acciones irracionalmente inaceptables.   Interesantemente las razones que tenían las culturas clásicas, hebrea y cristiana primitiva  para repudiar o perseguir a los que practican sexo no reproductivo desaparecieron con la Revolución Industrial y la redefinición de las estructuras de trabajo.  Este nuevo sistema de producción saca a la familia de su rol  económico primario y dejo libre a los individuos de la  necesidad financiera de tener descendencia. Al contrario, en el nuevo orden esta descendencia se convirtió, en algunos casos, en una carga que aumentaba la necesidad de producir recursos de sobrevivencia.   No es de extrañarnos entonces que pasada esta época, surgiera el homosexualismo como alternativas de vida. Liberados de la obligación de reproducirse aquellos que disfrutaban con parejas del mismo sexo se vieron libres de expresar su sexualidad, generando así su propio estilo de vida y sin necesidad de tener relaciones sexuales heterosexuales para la reproducción.                                    Aquí ya se puede ver claramente las raíces de la controversia legal y social que se desata en Puerto Rico en torno a las prácticas sexuales y a la intimidad. Además se dejan ver las bases ideológicas y morales que dan paso al  proceso legal contra la teniente coronel Margarethe Cammermeyer.   En ambos casos, el miedo contra lo que es diferente o corrompedor que se genero en la Edad Media choca con los espacios de liberación sexual que trajo el sistema de producción de la era industrial. Es aquí donde radica lo anti-ético y e inmoral de la discriminación que sufrió la coronel Cammermeyer.   El que personas que cargan en sus espaldas miedos fundados en la ignorancia de hace mas de  600 años utilicen valores morales basado en esos mismos miedos para juzgar la calidad de personas o citaciones productos de la realidad tecnológica actual, no puede ser menos que inmoral y anti-ético, pues viola el principal valor secular de nuestros tiempos: el derecho de que cada persona mayor de edad y con capacidad de consentir pueda buscar su felicidad de acuerdo a su conciencia siempre y cuando no le  haga mal a los demás.  Esos mismos miedos centenarios pretenden hoy, en pleno siglo 21, que las leyes nos dicten la forma en que podemos disfrutar de nuestros cuerpos…  Consentir a es eso sería la mayor de las inmoralidades. Gary Gutiérrez; 25 de Junio de 2003

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