El Mall, ciudad de mentira y consumo

Por Gary Gutiérrez

 

 La escena no puede ser más ancestral.

Gente reunida en torno a un espacio comunal, los viejossentados en los bancos conversan y miran las jóvenes pasar, mientras que los comercios llevan acabo su actividad regular.

Los adolescentes “janguean” en corrillos impresionando al sexo opuesto con sus mejores ropas.

Los niños corren entre los adultos o pelean con sus madres para que le compren sus antojos.

Si bien esta es una imagen ancestral que describe cualquier plaza de cualquier pueblo o ciudad, en cualquier época de la historia, en esta ocasión no lo es.

En nuestra época esta imagen lo que describe es lo que ahora se llama un centro comercial, que los hay en prácticamente cualquier ciudad del mundo.

“El Mall” o “Plaza” como regularmente y hasta cariñosamente se les llaman a estas nuevas instituciones, no es otra cosa que una copia artificial de lo que hasta la década de los años 70 eran las ciudades y sus centros urbanos.

Allí “hay de todo”, “lo encuentras todo” y es “un mundo a tu alcance”.

Es un espacio donde la gente se puede mover libre y seguros, donde no hay que correr de una tienda a otra con cuatro pares de ojos en todas las direcciones para evitar ser atropellados. Hasta los niños pueden correr si ese temor.

Pero también es un espacio donde el público es vigilado desde las esquinas por las siempre presentes “cámaras de seguridad”, claro para su conveniencia y paz mental.

 En Puerto Rico, como en otras partes del mundo, estos espacios ya suplantaron la plaza pública como el lugares para reunirse, “janguea” y ser pueblo.

 Pero a diferencia de la plaza pública, este nuevo espacio no surge como producto natural de las relaciones interpersonales de la gente. Su origen es parte de la popularización de los carros y del surgimiento de la cultura del suburbio en los Estados Unidos durante el final de la década del 1950 y principio de los 60

“El Mall” tiene su origen en la necesidad de vender, en la búsqueda de alternativas para promover el consumo y en una visión de la gente como “mercancía” que puede ser vendida a las grandes cadenas.

 Si, ‘mercancía”… cuando Gap, Macy’s o Wallmart alquilan un espacio en el centro comercial, lo que están comprando es acceso a ese público que cambió la plaza o el parque del barrio por “el mall” como sitio de “jangueo”.    

Producto añadido, voluntario o no, de esa redefinición de la gente como fuerza consumidora, es una nueva cultura cada vez más global donde los grandes internacionales acaparan y los pequeños locales desaparecen. Donde los valores de la cultura pop suplantan la forma de vida individual de cada sociedad.

De esa forma, “el mall” produce estos grupos definidos de consumidores donde todos los niños de menos de 5 años se visten de unas tiendas especificas, los de 5 a 13 de las otra, y así sucesivamente.

Desde los góticos hasta los cacos, todos encuentran su espacio en esta nueva, artificial y sanitaria replica a escala de ciudad.

Claro, no es para todo el mundo, solo aquellos  que pueden pagarlo encontran en “los moles” un espacio seguro y abierto para reunirse y recrearse.

No obstante, el que la ciudadanía vea al centro comercial como el  espacio comunal para reunión y recreación es un indicio de que la cuidad no anda bien, sentenció durante su reciente visita a Ponce el pasado alcalde de Bogota, Enrique Peñalosa.

El ahora “Director de la Fundación Por el País que Queremos” viajo el pasado marzo a Ponce para compartir su experiencia rescatando el espacio urbano en Bogota y para promover su teoría de que las ciudades deben ser construidas y redifundas para los seres humanos y no para los carros.

El también profesor universitario explicó que la gente tiene que refugiarse en los centros comerciales, no por que lo prefieran, sino porque los espacios públicos que por mas de 5 mil años estaban concebidos y desarrollados en tornos a los seres humanos ahora están organizados en torno a los carros y otros vehículos de motor.

Otros pensadores van mas lejos y explican como en su desesperación por rescatar los centros urbanos, los políticos invierten millones y millones de dólares en “decorar”, no rehabilitar, los centros urbanos para que se parezcan mas a los centros comerciales.

Sin embargo, como parece haber ocurrido en Ponce, el dinero invertido en esas remodelaciones estéticas y superficiales se pierde a la larga, pues estos proyectos siguen reproduciendo una organización social hostil para los peatones. Es decir se sigue construyendo para los carros y no para la gente.

En su ponencia ante los ponceños, Peñalosa explicó que una ciudad no es un buen sitio para vivir si no provee facilidades para que los ancianos y los niños se muevan en ella con seguridad y disfrutando de sus áreas comunales.

Peñalosa no pudo retratar mejor las ciudades boricuas. Parece que si no se le presta oídos, eventualmente en vez de que cada municipio tenga un centro comercial, cada centro comercial  tendrá un municipio.

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