¿Y todavía se lo preguntan?

Letras por: Gary Gutiérrez

 

Hace menos de dos meses miles de jóvenes desfilaron vestidos de toga y birrete frente a sus padres, profesores y ejecutivos universitarios, alguno de los últimos todavía académicos.

            Llenos de sueños, recogieron sus diplomas y medallas mientras en sus mentes, las preocupaciones comunes de los estudiantes, exámenes, trabajos para entregar, notas desaparecían para dar paso a nuevas ansiedades.

            La angustia por las notas ahora se transforma en la ranciedad de buscar empleo. Armados con sus diplomas,  se sumergen en los clasificados con la esperanza de que allí encontraran el nirvana que le permitirá el consumir los productos preempacados en prefecta reproducción industrial.

            Algunos pocos, bien pocos, encontraran trabajo en alguna industria o empresa probablemente por que conoce a alguien que lo recomendó.

            Otros con la suerte y las palas necesarias, encontraran un puestito en el gobierno donde devengarán un poco más que lo requerido para estar sobre el limite de pobreza de los Estados Unidos.

Casi ninguno considerará emprender su propio negocio. Después de todo, pasaron por lo menos  4 años en la universidad y probablemente nadie le habló de esa posibilidad.

Lo primero que estos afortunados que consiguieron un espacio para “ganarse la vida” harán es comprar a crédito un carro,  cuyo pagaré se unirá a la obligación del préstamo estudiantil que usaron para sobrevivir y desperdiciar mi entras la beca le pago los estudios.

Sumadas estas responsabilidades se darán cuanta que el ansiado cheque de nómina, no le da para las mencionadas obligaciones y para pagar el alquiler de un apartamento o casa, por lo que se quedarán viviendo con sus padres.

Algunos pocos seguirán tomando préstamos y estudiaran la maestría con la esperanza de tener mejor suerte en la próxima ronda de “buenos empleos”. Mientras se conformaran con uno, dos o tres trabajos diferente que al sumar, no le paga suficiente para ser contado como un verdadero empleo.

El resto de aquellos orgullosos graduandos, se unirán al ejército de desempleados formados por aquellos que aun no terminan la universidad, los que no la terminaran nunca, los que no la empezaron o los que ni siquiera terminaron la escuela superior.

            Este ejército es en realidad un enorme tanque de “recursos humanos” reciclables que llena la necesidad del comercio al detal que copiando los patrones de los negocios de comida rápida, prefiere renovar su fuerza laboral cada 6 meses en vez de pagar lo que un empleado diestro merece.

            Para estos afortunados “asociados”, como eufemísticamente ahora se les llama a estos obreros, la situación no es mucho mejor que la de los jornaleros que dejaban su pellejo bajo el régimen de la libreta.

            En tiempo bueno como Navidades tendrán el privilegio de trabajar casi 40 horas, cosa de que no se le tenga que pagar beneficios que el sistema reserva para los empleados, perdón, asociados de tiempo completo.

            Al igual que el jornalero, durante el tiempo muerto estos jóvenes, mucho de ellos con hijos y con la responsabilidad económica de pagar las necesidades de la modernidad, es decir el carrito y el celular, absolverán los costos de producción tomando reducciones de hasta un 90 por ciento de las horas. Es decir, hay muchachos a quienes les dan 7 horas de trabajo divididas en 5 días.

            Claro está el que se niegue o proteste descubrirá que en menos de una semana puede dejar de ser asociado de esa multinacional que se lleva de la isla millones de dólares al año, aún cuando se las arregle para ni siquiera pagar el bono de Navidad.

Por otra parte, si a esta situación se le suma que el ganarse y mantener el respeto de los panas y el corillo es la principal preocupación para cualquier joven, no importa si es hombre o mujer, caco, gótico, roquero, tequi o nerd.

Esta necesidad es conocida y utilizada por los buitres del mercadeo que utilizan la publicidad -el arte de crear necesidades- para venderle sueños e ilusiones empaquetados en plástico, microchips y ofertas de combos agrandados.

            Sueños que la mayoría de los jóvenes, profesionales, universitarios o desempleados no tienen posibilidad de alcanzar sin venderle el alma a las financieras, empresas de tarjetas de crédito o a los bancos que les prestan aun cuando saben que nunca podrán terminar de pagar.

            Ante esta realidad, ¿como es posible que todavía la sociedad se pregunte por qué los jóvenes prefieren laborar en industrias ilegales como el narcotráfico?

La pregunta realmente deber ser ¿Cómo es que todavía hay quienes deciden resistir, mantener sus valores, seguir luchando, aun cuando sea trabajando pa’l Ingles?

           

 

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